miércoles, 30 de diciembre de 2009

INSURRECCIÓN

Recuerdo que aquel, fue un invierno muy frío. Frío en el mercurio y en mi alma. Se acerca Noche Vieja y aún me estremezco recordando la de aquel año.
A Maribel la conocí en una boda. Un evento precioso y civil, lleno de encanto y celebrado en un monasterio abandonado (pero debidamente restaurado). Como estaba en medio del campo, los novios alquilaron un autobús para llevarnos a los invitados hasta allí y luego volver. Durante la jornada nos fuimos conociendo y el regreso en el bus nos lo pasamos enrollándonos.
Ella era 7 años mayor que yo, con la carrera casi acabada (la misma que yo estudiaba y sigo estudiando) y el futuro profesional por delante. Por eso y otros motivos me mentalicé, o lo intenté, de que aquello no llegaría muy lejos. Pero ella me gustaba.
Pasaron los días y nos volvimos a ver. Incluso después de su viaje de una semana a Holanda. Yo ya no le daba esperanzas al asunto. Pensaba que conocería gente interesante con la que hacer cosas interesantes y se olvidaría de mí. Pero no fue así.
Aquel curso para mi fue un desastre. Me enfrentaba a asignaturas en las que estaba a dos velas, acababa de dejar de fumar y mi tío Manolo, mi padrino, se estaba muriendo de cáncer. Sentía una presión encima terrible y una impotencia peor aún. Fui sobrellevando la situación unas semanas. Pero terminé por caer.
Lo mío con Maribel seguía adelante, pero sin nombre. Nuestro primer encuentro en la cama me fascinó. Empezaba a sentirme pillado por ella.
Pero las cosas me iban mal. Estaba cada vez más nervioso y jodido. La situación se me iba de las manos. Tardé en recuperarme de los efectos secundarios provocados por dejar el tabaco. Mi tío cada día estaba peor, entrando y saliendo del hospital. Tenía 55 años y un cáncer de colon que se le había extendido al hígado, pulmón y demás órganos. Admito que no tuve la entereza suficiente y viví atormentado por ello. Me sentía muy frustrado de ver como me estancaba en los estudios. Pero además, ella lo percibió y comenzó a alejarse de mí. Las Navidades estaban encima y sabía que iban a ser duras. Yo no quería pedirla matrimonio ni limitar su libertad. Solo me bastaba con un poco de cariño y una voz amiga. Pero ella no quiso. Qué le íbamos a hacer. Lo que más me dolió fue que se evadía de quedar conmigo y los msn me los contestaba dos días después. Estaba en su derecho de hacerlo. Aunque si es un chico el que lo hace, es un cabrón. Si es una chica, es que es moderna y sofisticada. Fui deprimiéndome poco a poco.
Yo no quería tirar la toalla y me hice el propósito de, en aquellos días navideños, aprovechar para estudiar y ponerme al día en las asignaturas. No fui capaz. Cuando llegó Noche vieja, yo no tenía plan. Ella se había ido a su pueblo y de todas maneras mis planes ya no eran los suyos. Mis amigos tenían sus propias historias. Me volví a hacer el firme propósito de tomarme aquella noche como otra cualquiera y al día siguiente, con la fresca, enfrentarme a los apuntes; me hundí.
Ni me arrepiento ni volvería a hacerlo. Tras cenar con mi padre y regresar a mi casa en soledad, pensando en la felicidad que impregnaba al personal, mi corazón se envenenó. Me sentía muy impotente. No sabía que le había molestado o sentado mal. O simplemente le había dejado de gustar. Sentía una inseguridad aplastante. Veía en mi a la peor mierda que había sobre la Tierra. Y mi ego se encargaba de restregármelo. Busqué consuelo en una botella de whisky. Me la calcé casi entera y a morro. Vomité toda aquella cena, que mi padre había preparado con esmero y amor. Faltó poco para quedarme inconsciente y ahogarme con mi propio vómito. Una muerte roquera donde las haya.
Días después ella se empeñó en que quedásemos. Gilipollas de mi, accedí. Parece ser que necesitaba excusarse por no contestar mis mensajes o tratarme como un leproso. Las palabras se las podía haber metido por el culo, pero no tuve cojones a decírselo. Se justificó en que yo había llevado la relación más lejos de lo que para ella era una simple amistad especial. Y una mierda. Ella también tiró de la cuerda en su momento. Y si quería echar marcha atrás, no tenía nada más que haberlo dicho. Aquí cada uno es libre como el viento. Pero la incertidumbre es una hoja afilada y muy oxidada.
Yo la necesite, pero solo encontré silencio. El silencio es la voz del frío. El invierno seguía adelante y los días contaban. Mi tío fue degradándose más y más. Un día ingresó en el hospital para no volver a salir más. Cada vez estaba más esquelético. Su aparato digestivo había dejado de funcionar. Entre delirios de morfina decía que Dios y mi difunta abuela iban a buscarle. Una fría noche de sábado, exhaló su último aliento.
El rencor a los demás y uno mismo es una pesada bola de hierro que se arrastra. No merece la pena. No merece la pena el desconsuelo que tuve con Maribel o el castigo que me dediqué a mi mismo pensando que la podría haber sentado mal. Nada importa. Ni Yo ni ella.
Dame mi alma y déjame en paz. Hay una canción de El Último de la Fila que resume todo lo dicho.



sábado, 12 de diciembre de 2009

TRIBUNAL




Desde luego, el destino es caprichoso, muy caprichoso. Cuando esta mañana estaba a punto de salir por la puerta, me di cuenta que me dejaba documentos necesarios para el trabajo que estoy desempeñando como becario en el departamento de Física de mi escuela. Total, que a encender otra vez el ordenador y volcar papeles electrónicos en ese pequeño y simpático disco duro que es el pen drive. La operación no duró mucho, pero como ya iba con la hora pegada me retrasé unos 10 minutos. Escopetado salí a pillar el Metro. Al poco de llegar al andén, el convoy irrumpió en la estación cargado de gente. Me acomodé como pude y saqué el libro que ando leyéndome cuando viajo en el Metro: Los Metales Nocturnos de Francisco Umbral. Y como por arte de magia, al llegar a Tribunal y cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, entró Ana en mi mismo coche y por la misma puerta. Hacía mucho que no nos veíamos y reconociéndonos al instante, se acercó para darme dos besos. En lo poco que duró el trayecto hasta Sol, me contó para donde y hablamos lo que pudimos de nuestras vidas. Con cariño y felicitaciones por su trabajo me despedí de ella en las taquillas (robóticas y metálicas) del Cercanías de Sol. La encontré muy guapa y no se cuando volveré a verla en persona. El destino decidirá.
El 7 de febrero de 1997 para mí, fue una fecha grande. Era mi primer año de instituto y llevaba tiempo (toda la vida) con ganas de escapar de los confines de mi barrio en lo que a ocio de fin de semana se refería. Estaba cansado del tribalismo y la endogamia cultural que se cocían los personajes, compañeros del colegio, con los que me juntaba hasta entonces. Quería conocer y experimentar la noche madrileña, de la que tanto me había hablado mi hermano. El caso es que fui haciendo colegas nuevos y llegado el momento, mi amigo Tino me invitó a pasarme un sábado por el parque de Barceló, junto al Metro de Tribunal. El no iba a estar por motivos familiares, pero me convenció de que iba a haber gente del Fortuny con la que trabar conversación y cachondeó. También se pasaría por allí mi Edu el Negro. Llegó el momento, el día y la hora. Me arreglé aunque no en exceso y pillé el Metro, como lo hice hoy, pero para bajarme en Tribunal. Ya cuando el tren descendía la rampa que hay entre la citada estación y Bilbao, comencé a estar nervioso. No era miedo, era emoción. Era la primera vez que salía de verdad (así lo he considerado siempre), sólo y dispuesto a buscarme el plan. El coche iba hasta arriba de gente y una vez apeado, me dispuse a subir las escaleras mecánicas de salida al parque de Barceló. Aquellas escaleras también fueron una primera vez, ya que nunca había ascendido o descendido por ella, pero que conocía de mis viajes infantiles a casa de mis tíos en Móstoles, siempre preguntándome a donde conducían. Aquel día lo supe.
El parque de Barceló estaba atestado de gente, pero había buen rollo. No tardé en dar con compañeros del instituto, en concreto con Marco Krahe. Un tío cojonudo que me recibió sonriente. Me presentó a sus colegas y no tarde en ir perdiendo la vergüenza. Lo de Barceló no llegaba a ser un botellón como tal, o nunca lo llegué a vivir como tal. El alcohol y los porros eran un complemento y yo chupaba de la litrona y no ella de mí.
Cuando ya estaba relajado, sonriente y de buen pisto, mi mirada se cruzó con la de una chica. A la vez nos presentamos y auto confirmamos que éramos compañeros de institución. Se llamaba Ana Beatriz y fue una de mis primeras amigas. La verdad es que nuestra relación no fue muy profunda, pero fue.
Aquel día simboliza un punto de inflexión en mi vida, con todo aquello que lo compuso: Ana Beatriz, Marco Krahe, el viaje bajo tierra, las escaleras mecánicas de Tribunal, los litros de cerveza, el puro que me fumé, etc. Que asocie aquello a un cambio de signo en la derivada segunda, de la función que viene siendo mi vida, radica en el propio hecho del cambio. Se plasmó el paso del colegio a otra instancia superior. Con ilusiones (algún día estudiar ingeniería industrial) y luchas (en los días de diario tenía que utilizar un aparato ortopédico para curarme la espalda) hacia frente a la vida. Quería ser adulto. Quería dejar atrás lo vivido hasta entonces. Nunca me dio pena dejar el colegio y siempre lo vi como lo mejor que me podía haber pasado. Deseaba conocer gente y experimentar. Lamentablemente, con el paso del tiempo y la sazón de una seria de circunstancias, toda aquella ilusión, de luz y amor propio, se fue apagando. Cuantas veces me he acordado de aquello, de aquel parque y de Ana Beatriz. Creo que llegué a estar enamorado de ella un tiempo (pero poco y con poca intensidad).
Ahora, cuando voy camino de cumplir los 27 y el peso de los años me abate muchos días, vuelvo a sentir aquella sensación. Me sorprende a mi mismo e instintivamente intento negarlo, pero siento otra vez aquel hormigueo. Aquella fuerza visceral, de lucha y triunfo. Triunfo a golpe de esfuerzo y humildad. Tenía buenos motivos para ser humilde. Ya hablaré en otro momento de aquel aparato ortopédico, que lejos de odiarlo, como pensaba entonces que lo recordaría siempre, lo recuerdo con admiración. Admiración hacia mi mismo. Entonces tenía 15 años para 16 y a primera vista parece que todo ha cambiado mucho. Aunque hay cosas que no tanto y otras que, incluso, parece que vuelven del pasado. Aunque sea de una forma fugaz, como Ana Beatriz esta mañana. Además, mi amigo Andrés me comentó el otro día, que tiene planes de irse a vivir a Malasaña. Se que es una tontería, pero aquel gusanillo, urbanita y nocturno, vuelve a crecer en mi. Hasta fantaseo yo también con irme a vivir a un cuchitril por aquellas calles, con mil defectos y mil encantos ocultos bajo las farolas. La llamada de la bohemia y el placer.
Deseo volver a ver y saludar, en persona, a Ana, que ya no es Ana Beatriz. Cosas de fama y tele, me imagino. Deseo volver a levantarme cada mañana, dispuesto a ventilarme montañas de apuntes, salir por la noche, escuchar música (conocida y desconocida), conocer gente (incluidas mujeres), comprar ropa y fetiches en el rastro, …, volver a vivir. Otro dato de aquello: me gustaba mogollón Queen.


sábado, 5 de diciembre de 2009

CUANDO FUI SOLDADO II

Guste o no guste, la violencia forma parte de la vida. La naturaleza, en su injusta anatomía, se rige por actos de guerra. Depredadores y presas viven el arte de huir y cazar. También de la defensa y la ofensa. Los machos de una misma especie combaten por la supremacía de la manada y las hembras tres cuartos de lo mismo. Es una de esas cosas, que a mí, no me gusta de este mundo. En la concepción que tengo sobre el cielo, no está la guerra. Siempre me lo imagino como una gran orgía (sin condón, por supuesto) aderezada por la compañía de todos quienes han sido mis amigos y colegas, libres de toda culpa y mala leche, en un macro botellón, eterno y sin resacas ni enfermedades venéreas. This could be heaven for everyone cantaba Freddie Mercury con el billete de ida en la mano, esperando al último tren de su vida. Mucha razón tenía. Las personas toman el fruto prohibido. Violencia para aprovecharse de los demás y sentirse poderosos. El árbol prohibido da las manzanas del dolor. Suculento camino corto que provoca la expulsión del Edén. Hasta el momento es el sentido metafórico que he conseguido sacarle a la historia de Adán y Eva, a parte de que la mujer es mala y el hombre gilipollas.
De las peleas en el colegio recuerdo con amargura aquellas que no llegaron a ejecutarse. Considero que aguanté demasiados desagravios y ofensas sin levantar la mano. Me daba miedo hacerlo y me causaba dolor verme en aquella situación. Aunque también llegué a provocar situaciones parecidas. Ninguno estamos exentos de culpa. Otra vez la Biblia.
El otro día evocaba junto con mi amigo Andrés, la época en que salíamos de farra por Moncloa y el personaje clásico del malote. Tipos que salían cada fin de semana, engalanados para el combate. Con novia o sin ella alardeaban de fuerza, física y visual, buscando con la mirada candidatos para sus duelos de puños y patadas. Tipejos que sentían la necesidad de agredir por tan solo una supuesta mala mirada a él o no tan mala a su hembra. Toda una tribu de tribus, que merece ríos de tinta a parte. Ni a mi amigo, ni a mi, se nos pasaba por la cabeza andar por la calle con tales planes. Lo nuestro era un buen botellón y a tomar copas por los Bajos de Argüelles (durante una época). Aunque a mis coleguillas del barrio, de los que me faltó tiempo para dejar de verles, si les motivaba ese estereotipo del bakala desfasado, alucinado y cocainómano. Allá cada uno con sus mitos. Es cierto que el tiempo nos ha ido poniendo a cada uno en su sitio y yo ahora no me cambiaba el pellejo por el de ninguno de aquellos artistas. El éxtasis y la nieve han ido haciendo estragos y ya, compañeros míos del colegio, no valen ni para una mala sodomía. Y mira que nos lo avisaron.
Camino y caminaré con entre violencia. Más que la que había antes y menos de la que hay en muchos lugares. Estoicismo e inteligencia para evitar lo absurdo.



sábado, 21 de noviembre de 2009

CUANDO FUI SOLDADO


Hace más de 10 años que sucedió y muchas veces (tampoco demasiadas) he pensado en la estupidez que supuso, pero tampoco me he arrepentido.
No recuerdo bien si fue a la salida del instituto o en el parque del barrio, cuando un colega (me parece que Rafa) me habló del desagravio que unos mendas habían perpetrado contra los nuestros y que se estaba planeando tener movida. Me dio a entender que se contaba conmigo para ir a la guerra. Yo le di algunas vueltas a la cabeza e incluso no llegué a confirmar mi asistencia. Pero si me enteré bien del sitio, día y hora.
Llegado el momento, asumí mi destino, como un acto de vasallaje. Con estoicidad me preparé para el evento. Unos vaqueros, camiseta, sudadera y un plumas del estilo Verlac, el cual creí apropiado por lo mullidito de las plumas, consciente de que me podía caer alguna hostia. De calzado, me puse unas botas de montaña de mi hermano, duras y pesadas, ideales para dar patadas. Aunque para tal menester lo mejor siempre son unas Dr. Martens con punta de acero. Entonces estábamos en casa muy paupérrimos y no tenia para esos caprichos. Por último, busqué y busqué por cajones hasta que di con un llavín de metal, el cual, empuñado podía servir como arma. Habíamos terminado de comer y le dije a mi madre que me bajaba a dar una vuelta. Resignado descendí los escalones de mi edificio, de mi castillo. Mientras caminaba hacia el parque, no paraba de imaginarme como se sucederían los acontecimientos. Sentía miedo y no quería hacer daño a nadie. El motivo de la bronca era una auténtica gilipollez. Tres miradas malas y una burla, según me contaban los propios vejados. Tal vez sería también una cuestión de territorialidad y demostración de poder.
Mis colegas celebraron verme aparecer, con abrazos y halagos. Junto con ellos, había refuerzos. Un menda del instituto se había traído un bate de béisbol camuflado en la manga de su ALPHA Industries además de un amigo suyo que con el tiempo resultó ser retrasado mental. Otro aportaba un lebrel, mezcla entre pastor alemán y chucho común. Era un perro nacido para el combate. Había más gente pero ya no los recuerdo. Mientras lo porros rulaban, se fijaban los objetivos y la estrategia. Se manejaban informaciones sobre la ubicación de los infames enemigos; a unas pocas calles de donde nos encontrábamos. Intenté calmar los ánimos, pero no tuve éxito. Decididos, partimos hacia la batalla, bajo la bendición de Marte.
Poco antes de llegar, mi nerviosismo iba en aumento. Sentía por dentro un frío desconsolado. Le pregunté Rafa si iba armado y me dijo que no. Le ofrecí mi llavín de metal y con agradecimiento lo cogió. Creo que pretendí despojarme de él.
No tuvimos que andar demasiado. En una callejuela dimos con tres chicos y sus hembras (parte del botín en las guerras). Les rodeamos y mi mente se quedó en blanco. Ya no había vuelta atrás y cuando llegase el momento de cargar contra el contrario, ira y fuego. Los nobles subnormales que capitaneaban mi milicia se encararon con ellos y preguntaron por sus oficiales. Aquellos chavales mantuvieron el tipo, afirmaron no tener mucha idea de que pasaba y se disculparon de todas formas. Dieron explicaciones y rindieron humildad. La paz triunfó.
Sin demasiados comentaros regresamos a nuestro feudo. Yo empecé a darme cuenta de verdad de la gravedad del asunto y de lo que podía haber pasado. De la suerte que podía haber corrido bajo el fragor de la batalla y de la responsabilidad de la agresión a otro. Aunque ahora, analizándolo bien, como era menor de edad, poca responsabilidad. Cuando Rafa me devolvió aquella especie de puño americano que le había prestado, la amargura se intensificó.
Del resto del día no recuerdo gran cosa. Prácticamente nada. Ni festejos, ni cachondeos ni mozas recibiéndonos como héroes. No me perdonaba lo que había sucedido. Más tarde si lo hice. Aquel día fui soldado, por que puse mi integridad física y moral al servicio de una colectividad, jerárquica e injusta. No llevaba ni uniforme ni insignias. Ni siquiera la estética skin head con la que un tiempo después coquetee, pero sin llegar a pertenecer nunca a tan sádicos grupos, ni ponerle la mano encima a nadie y sin definirme como anarquista o nacional socialista. Aquello debió de ser una simpatía por el diablo. Pero a pesar de la falta de atuendo, fui soldado.
A pesar de todo lo que he expuesto, lo recuerdo como algo por lo que tenía que pasar y enfrentarme. Me refiero esa sensación fría, tacto de la muerte, previa a la pelea, el combate y el sabor de la sangre. Puede que por otros motivos, si hubiera merecido aquella acción, dejando de lado la moral y la legalidad. Tal vez una falta verdadera al honor, propio o de un amigo, hubiera sido motivo para ir a armar una buena bronca. Quien sabe si en el futuro tendré que volver a vivirlo, armado con un simple llavín de metal o un fusil de asalto. Que Dios nos pille confesados.






jueves, 12 de noviembre de 2009

ABAJO EL TELÓN



Yo tenía 6 años y no comprendía por que tanta gente se lanzaba como loca a derribar un muro con simples herramientas de mano, enloquecidas de alegría y eufóricas. O tal vez si. Tumbaban algo que las había hecho infelices y causado mucho miedo. Cada vez que una tajada de muro sucumbía a los golpes y cortes hechos con radiales, la celebración era máxima. Algo pasaba en Alemania y por ello nos acordábamos de Franca. La recuerdo como alguien de mi familia que venia a vernos una vez cada dos años. Siempre traía pasteles y sidra y se quedaba a dormir en nuestra casa. Me impresionaba su acento y facciones germanas: mujer alta, fuerte y rubia. Años atrás, antes de que yo naciera, ella fue una joven estudiante de castellano, huésped en el piso que mis padres tenían para alquilar. Acabó siendo una amiga que regresaba siempre que podía para visitar, con mucho cariño, a su familia española. Pensábamos en ella, pero con tranquilidad porque Franca era de la República Federal Alemana. Por eso estábamos tranquilos y por eso ella pudo venir a España a conocernos.
Que a un ciudadano se le imponga el sistema político y ecónomo bajo el cual tiene que desarrollar su vida y disfrutarla (en la medida de lo posible) es jodido. Más aun, desde mi punto de vista, si ese sistema es el comunista. Pero ya la puntilla es que uno se tenga que quedar por la fuerza en el territorio que es objeto de tal soberanía. Imposición que me recuerda a la de los campesinos, en la Edad Media, bajo servidumbre de los señores feudales. Aquellos desgraciados, no solo tenían que padecer las inclemencias de una economía precaria y sin capacidad de progreso, como era la feudal, sino que también los abusos de tan nobles dirigentes. Pues además se les tenía prohibido abandonar los terruños, bajo aplicación de sufrir penas muy severas. Creo que de ahí, a la esclavitud, quedaba poco. Una cosa es ser ciudadano y otra ser súbdito o siervo.
Parece ser que en la República Democrática Alemana la gente no andaba muy contenta. Sin entrar en analizar los pormenores de su economía, en un lugar donde hay un espía por cada 70 ciudadanos, con el fin de controlar e informar hasta del papel higiénico que gastan, no se debe de estar demasiado bien. Más aún cuando detrás de la información llega la ejecución de condenas y castigos para todo aquel que se salga del tiesto. No quiero ni pensar lo que debe ser vivir rodeado de semejante panda de hijos de mala madre, como según sus víctimas, fueron por voluntad y autoridad concedida los agentes de la Stasi.
Ahora que se conmemora y celebra el 20 aniversario del derribo del Muro de Berlín, se emiten reportajes sobre el suceso en la caja tonta. Entre otras cosas, se visionan las diversas formas que ingeniaron súbditos de la República Democrática Alemana para largarse. Me conmovió el caso de un señor que se construyó un globo casero, pero cuando consiguió elevarse hacia el cielo, por no ir suficientemente abrigado, empezó a congelarse y desesperado saltó. Se mató en el intento. Tres meses después el muro fue derribado. Desde luego que, lo que se hayan encontrado los alemanes tras la caída del cerco socialista, no habrá sido gran cosa. Pero seguro que mucho mejor que vivir dominado por un poder político, omnipresente, omnipotente y por lo tanto, terriblemente corrupto y tirano


domingo, 8 de noviembre de 2009

PATRIMONIO NACIONAL




Hoy es domingo, la semana muere y con ella una esencia de la España en la que he crecido. Mirando la caja tonta, vi como José Luis López Vázquez, a través de películas y series, iba interpretando al español medio, alto y bajo. Voz, gestos y una calva característica de un personaje característico. Por que eso era la suyo; interpretar personajes. Y es ahí donde opino que radica la profesionalidad del actor. Está claro que siempre hay un toque personal que se va transmitiendo en los diversos papeles, pero como sucede en todo acto artístico. En el caso de José Luis López Vázquez era algo muy notable en las películas de humor. Pero ello no le impidió hacer drama. Ejemplo son La Prima Angélica y el Jardín de las Delicias de Carlos Saura. También Mi Querida Señorita de Jaime de Armiñán, que aunque no la he visto, si he escuchado a Isabel Coixet, en la radio, decir que si la película llega a ser estadounidense, a José Luis López Vázquez le hubiera caído un Oscar.
Este señor ha sido un ejemplo de éxito. Pero éxito alcanzado a golpe de trabajo y más trabajo. Hablo de más de 200 películas. Casi nada, sobre todo hoy día, en que se tiene la fe ciega de que el triunfo ha de estar a la vuelta de la esquina, de forma bonita y barata. Cosas de la generación del microondas y el DVD. José Luis López Vázquez era niño cuando la guerra y tuvo necesidades. Empezó como dibujante y un día tuvo la oportunidad de ser actor. Y eso consistió en empezar, esforzarse, luchar y tirar hacia delante. Unas películas podían ser mejores que otras, pero la profesionalidad exige coger el toro por los cuernos, hacer lo que se pueda, lo mejor que se pueda y saber estar. Creo que el lo demostró.
Vivió en mi barrio (Chamberí) y siempre le recordaré como un señor discreto y elegante. Pero sobre todo por el patrimonio cultural que ha labrado. La cultura y el arte son el rostro o la tarjeta de visita de una nación. España tiene el suyo. Es algo que cambia y evoluciona para mejor o peor. En nuestro caso, hubo una generación que prácticamente ha desaparecido. Fernando Fernán Gómez, Agustín González, Francisco Umbral, Lola Flores, Rocío Jurado, etc. Pero en el arte reside la inmortalidad y es a donde, en esta semana que se muere, ha ido a parar José Luis López Vázquez.

sábado, 31 de octubre de 2009

BARRY LYNDON


El otro día me enteré, a través del periódico, que el gran proyecto que tuvo Stanley Kubrick fue una descomunal película titulada Napoleón. Pero al igual que le sucediera al europeo emperador, la dimensión de la empresa devoró al director de cine. Dos años dedicados a recabar imágenes y archivos, además de un guión de 185 páginas. Escenarios, uniformes, sentimientos, iras y lujurias del personaje configuraban el proyecto. Parece ser que incluso el neoyorquino cineasta llegó a contagiarse de la soberbia y ambición que en su momento dominaron al personaje histórico. Histórico y clásico cuadro psicológico.
Charlando ayer con mi amigo Mijel, surgió la figura del protagonista del film Barry Lyndon, el cual me encanta. En lo que llevo de vida he ido conociendo la historia de personajes que han empleado su vida en dominar, engañar y maltratar a los demás en pos de su interés personal y material. Este tipo de tipos y de tipas, llegan a un momento en su madurez en el cual que lo han conseguido todo: estabilidad económica, un hogar, carnaza sexual, descendencia, fama y reconocimiento social. Pero en varios casos he visto como, cuando menos se lo esperaban, por que creían que ya estaba todo hecho y apañado, les ha venido el palo. Ese golpe que ya creían vencido e inexistente. No se si siempre, pero en muchas ocasiones ser un cretino se termina pagando. Se recoge lo que se siembra y si la semilla ha sido el odio, se recogen tempestades terribles. No se si eso le pasaría a Stanley Kubrick (espero que el no fuese así) pero creo que si a Napoleón. Terminó sus días solo, amargado, preso de sus peores enemigos, con el cuerpo y el alma envenenados. Ese final distó mucho de la gloría imperial que persiguió y de la que se llegó a autoproclamar. Riquezas infinitas, poder absoluto y fama universal. Se sentía salvador de pueblos, naciones y verdades. Quién le diría en aquellos momentos de infinita victoria, cual sería su miserable final. Y todo a cambio de dejar un reguero de muerte y sufrimiento por toda Europa.
Dejo al criterio de los demás, si a pequeña escala, ese fue el caso del protagonista de Barry Lyndon.



viernes, 30 de octubre de 2009

domingo, 18 de octubre de 2009

viernes, 9 de octubre de 2009

YÉBENES




Hoy me levanté melancólico y llevo todo el día dándole vueltas al recuerdo de algo que pasó al recuerdo hace ya unos años.
El verano pasado, mi amigo Paco y yo nos fuimos de viaje al Valle de Alcudia. Tras escapar de unos atascos horrorosos y las mil y una trampas de la faraónica M-30, tomamos la autovía de Toledo. Pasada la capital visigoda, nos quedaba el resto de la provincia por la N-401 con dirección a Ciudad Real. El caso es que no habíamos comido y tras pasar un túnel bajo los Montes de Toledo, decidimos buscar un bar de mala muerte donde comprar bebida y cambiar el agua al canario. Así que nos desviamos al paso por el pueblo de Los Yébenes. De allí es natural El Pavón, un personaje que hace años me dio matemáticas y fue mi tutor de segundo de bachillerato en La Paloma. Otro día hablaré de él. El caso es que el pueblo estaba desierto y no atinamos con nada interesante, así que quisimos volver a la nacional citada anteriormente. Pero no acertamos bien y acabamos pasando por encima de ella a través de una comarcal dirección este. Había que buscar un sitio donde dar la vuelta. Justo donde parecía que podíamos hacerlo, se nos aparecieron dos viejos edificios, los cuales reconocí en seguida como instalaciones ferroviarias. Se trataba de la estación de Los Yébenes. Estación si, pero sin vías. Tomamos la decisión de quedarnos allí a comer.
El 3 de febrero de 1879 se inauguró el ferrocarril de Madrid a Ciudad Real, propiedad de la Compañía del Ferrocarril de Ciudad Real a Badajoz, con origen en la estación de Delicias, en Madrid y pasando por Parla. Éste camino de hierro formó parte de la hazaña técnica y económica del XIX, en un país atrasado y machacado por guerras civiles y un poder político deleznable. Dio comunicación y servicio a diversos pueblos que ocupaban las submeseta sur, como en el que acabamos mi amigo y yo. No voy a ponerme ahora a describir y estudiar la historia de esta línea (que me interesa y mucho) pero si decir que su fin llegó cuando España salía de su crisálida anacrónica. En 1992 se llevaron a cabo los Juegos Olímpicos de Barcelona, se celebró la Exposición Universal de Sevilla y además de otras cosas, se inauguró el tren de alta velocidad de Madrid a Sevilla; el AVE. Unos de los criterios técnicos que se tomaron para realizar tal obra civil, fue la de pisar parte del trazado de otros dos viejos ferrocarriles. Uno de ellos, ya desmantelado a finales de los 60, el Peñarroya-Puertollano. El otro, el ferrocarril de Madrid a Ciudad Real, desde Parla. Para ello sus vías fueron arrancadas, parte de su trazado ocupado por el nuevo y flamante tren de alta velocidad y sus instalaciones abandonadas. Hasta entonces, estaba activo y contaba servicio de viajeros.
Tras saciarnos Paco y yo con tortilla de patatas, lomo empanado y fiambre catalán, apoyados en la plataforma de lo que fue el muelle de carga, nos pusimos a investigar lo que habíamos encontrado. Todo totalmente destrozado, sucio y dejado. De por donde pasaban las vías ya casi no quedaba ni el aspecto. Balasto removido y andenes aniquilados. El techo de la construcción junto a la cual habíamos comido en parte derrumbado. Pero lo más tétrico vino al asomarnos al edificio de viajeros. Con espíritus o sin ellos, el mal rollo a la hora de meter el morro en lo que fue el vestíbulo, agobiaba. Las escalera que llevaba a la planta superior, donde solía estar la vivienda del jefe de estación se había derrumbado. El cadáver de una paloma colgando de un estribo del piso de arriba nos daba la bienvenida. Manchas de sangre (o lo parecían) en las paredes y pintadas hechas por fachuzos. El suelo lleno de escombros y porquería. La verdad es que no estuvimos mucho tiempo allí.
Aquella estación fue testigo del progreso y la decadencia. Por ella se vio pasar la vida y la muerte, la paz y la guerra, el hambre y el estraperlo. Largos trenes de vapor con correo, primera, segunda y tercera clase. Los primeros trenes internacionales en España que nos unieron con Portugal (en el XIX). El paso de la tracción de vapor a la diesel (esta línea nunca llegó a estar electrificada). Por Yébenes pasó mi madre la primera vez que de niña vino a Madrid a visitar a sus tíos o luego cuando lo hizo para buscarse la vida. Por el vestíbulo que nos dio mal pisto, anduvieron lugareños, estudiantes que volvían al pueblo por verano, mozos que se iban a la mili para regresar hechos hombres, novias y novios, despedidas y bienvenidas, abrazos y lágrimas. En ella me imagino a jóvenes ochenteros con sus pintillas, echándose un cigarro mientras esperaban al automotor diesel que les llevaría al seno del Madrid de la Movida. Historias y más historias, hasta que un día se ejecutó la orden de cierre y Yébenes pasó a formar parte de ellas. Además, el trazado del ave pasa a pocos metros por delante, haciéndola testigo del ir y venir, constante y veloz, del progreso que la condenó. Este viejo edificio, vive desde entonces llorando en el olvido.


lunes, 5 de octubre de 2009

LUNES


Día de sueño, pereza y tedio. El lunes es el azote de Cronos, el fin de Morfeo y la encarnación del mortal.
Uno no sabe como lo hace, o tal vez si, pero el domingo acaba acostándose a las tantas. Unas cañas, una película de acción o en mi caso un programa de parapsicología en el que se trataba el caso de una casa encantada; menudos encantos. Me fui a la cama, con el rabo entre las patas, dispuesto a oír ruidos extraños y susurros amargos. Por suerte, en mis sueños no fui objeto de la visita del coco, el tío Camuñas, Freddy Krueger, el coro de las caras de Belmez, el hombre del saco, la bruja Piruja y Hacienda. Las pesadillas más aterradoras las tengo siempre con Hacienda. Al Cesar lo que es del Cesar.
Con sueño me levanté, viví el ritual del café, negro como lo estaba el cielo, el del aseo personal e intransferible, la moda y pillar el metro para ir a la universidad. Mañana insulsa en un ambiente a caballo entre un colegio de curas y una versión barata (más si cabe) de Física o Química. Algebra o cálculo como digo yo. Por suerte en las dos peores horas (electrónica digital) disfruté de la compañía de un buen compañero y amigo. Además, las dos horas libres que me tocaban hoy las empleé en acercarme hasta una librería, por Goya, para hacerme con un libro titulado El Material Móvil del Metro de Madrid. Documento gráfico y técnico muy difícil de encontrar ya que, que yo sepa, no se publicó con el fin de distribuirlo comercialmente. Otra joyita de mi biblioteca ferroviaria. No todo han sido ascos este lunes. Al lunes es que le domina lo contrario al placer. Por suerte a estas horas ya sólo le queda un telediario.

domingo, 4 de octubre de 2009

REDESCUBRIR




Ayer tuve la tarde perruna, por lo que decidí proponerle a mi amigo Mijel quedar para zanganear y planear fechorías, pero esta vez por su barrio; es decir Fuenlabrada. Me pillé el cercanías en Atocha y en un momento estaba cruzando barrios chungos con destino al Madrid sureño.
Conocer Fuenlabrada me recordó al Móstoles en el que vivieron mis tíos y mis primos. En días de sábado íbamos a verles siguiendo el mismo ritual del transporte. Por la línea 1 del Metro descendíamos hasta la estación de Tribunal en un viejo tren clásico. Ruidoso y con poco confort pero con un gran encanto que nunca olvidare. Una vez apeados en Tribunal descendíamos por el conjunto de escaleras mecánicas hasta el andén del Suburbano. En aquel entonces la estación estaba seccionada por la mitad por un gran muro de carga como por ejemplo lo sigue siendo en la de Gran Vía de la línea 5. Un convoy de la serie 300 aparecía ofreciendo un chorro de luz desde las entrañas del túnel proviniendo de Alonso Martínez. Me encantaba cuando rumbo de Aluche llegábamos a Lago y se hacía la luz. Mañanas soleadas en la Casa de Campo. Frescura y oxígeno. Zoo, Parque de Atracciones y mesas para merendar. En aquella época muchos madrileños íbamos a pasar el día a la Casa de Campo. Tortillas de patata, lomo embuchado, coca cola y juegos. Luego llegó la edad posmoderna con sus chalets, viviendas en la playa e hipotecas y todo aquello calló en el olvido. Lo que le sucedió a partir de entonces a la casa de campo ya se conocer. El caso es que llegando a Aluche me encantaba mirar los talleres de Metro, con los viejos trenes clásicos o de la serie 1000 esperando revisión o desguace. En la moderna y dinámica estación de Aluche, sacábamos el billete para la RENFE. El olor a la creosota (especie de alquitrán con que impregna las traviesas para protegerla del agua y demás agentes externos) nos daba la bienvenida a la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles. En el andén había unas grandes básculas analógicas, como no, para pesarse, como no. También unas máquinas de chicles y chuches que se accionaban tirando de varillas. Los trenes que circulaban entonces eran de la seria 440. Maravillosos con sus asientos de skay, ventanas que se podían bajar, baños, y un motores de corriente continua con su peculiar modo de tracción. Disfrutaba mucho con todo aquel intercambio de medios de transporte. Cuando Metro de Madrid retiró los trenes clásicos de circulación, para mi fue un drama. No menos me pasó lo mismo cuando se sustituyeron los electrotrenes 440 de la C5 por los actuales 446, herméticos, en los que parece que uno viaja dentro de una nevera. Es una de las cosas que me confiere como un tío raro. No saboreo, en muchos casos, la modernidad y progreso tecnológico.
Fuenlabrada me ha recordado a aquel Móstoles joven y extremeño. El estilo de sus edificios con terraza en el salón y la cocina, la cuales luego fueron siendo cerradas con cubiertas de aluminio por sus moradores. Desde la casa de mis tíos me gustaba ver, al caer la noche, el paisaje de luces en las calles y los pisos. Cada ventana, una historia y una vida. Y entre los edificios la imagen serpenteante del tren de cercanías deslizándose entre Móstoles y El Soto. A lo lejos el campo, almacenes, fábricas y carreteras. No se por que, pero sentía un gusanillo. Un gusanillo de vivir, de hacerme adulto, de tener amigos y moverme, de conocer y descubrir. Tras la cena de rigor familiar, nos poníamos los abrigos y bajábamos a la calle para regresar a la estación con prisa de no perder el último tren. La entrada y el vestíbulo atestado de jóvenes con sus mejores galas, dispuestos a viajar hasta la capital y vivir su marcha nocturna. Chicas bellas con faldita y botas de traidora. Ahí aparecía otro gusanillo de querer vivir, conocer y experimentar.
Total, que ayer junto con Mijel, me relajé junto a un lago con patos, viendo la Luna y el gran mar de luces de Madrid sus urbes. Ayer recordé aquellos gusanillos y volví a sentir ganas de vivir, conocer y experimentar. De tomar trenes, viejos o modernos, al aire libre o subterráneos y sumergirme en la inmensidad del cielo. De Madrid al cielo.

jueves, 20 de agosto de 2009

EL FIN


Ayer por la noche haciendo zapping di con Eduardo Punset en el programa Cara a Cara de CNN+. Dejé de dispara con el mando y me detuve a escuchar a tan agradable divulgador científico. Hablaba de sus experiencias y aprendizajes sobre la ciencia.
Una de las cosas que comentó es que el ser humano, como casi todos los monicacos, presenta una gran dificultad a cambiar de opinión sobre algo o incluso simplemente cambiar. La misma idea de dejar de ser quien somos nos aterra. Eso explica muchas conductas estúpidas y que no benefician a nadie. Rectificar es de sabios y hay que hacer el esfuerzo de abrirse a nuevas visiones o conductas.
Cuando surgió el concepto de felicidad, Eduardo Punset la definió como la ausencia de miedo. Estoy de acuerdo. En el momento en que existe miedo por algo no se está a gusto. Uno se vuelve siervo de las malas ideas, rabias y angustias. Recuerdo que en una de las pelis de Star Wars un maestro de esos con espada de las que queman, proclamaba que el miedo conduce a la ira, la ira al odio y el odio al sufrimiento. Creo que era en este orden y si no es así, por favor, que algún entendido en la materia me corrija. Está claro que con sufrimiento no se es feliz. Por felicidad se pueden entender muchas cosas, algunas más reales que otras. Hay para quien se trata de un estado continuo de orgasmo virtuoso y algodonado. Luego viene la rehabilitación. Yo opino algo parecido a Punset. Se trata de una ausencia de miedo o al menos en cierta magnitud. Siempre hay problemas y preocupaciones, pero cuanto menos mejor. También lo asocio a la paz. La falta de conflicto endulza y se puede tener por fuera o por dentro. Muchas veces, las peores guerras son las que se libran dentro de uno mismo. Es una victoria conseguir estar en paz con uno mismo. Ramiro Calle señala que el sufrimiento sólo lo debe de provocar la enfermedad, propia o de los seres queridos y las acciones de personas aviesas y moralmente desviadas. Por lo demás, sobra estar jodido.
Punset también comentó que a veces la felicidad se encuentra en la antesala de la felicidad. Hace tiempo que me he ido dando cuenta de que el fin en sí mismo no debe ser el pilar del bienestar. Hay que hacer por disfrutar del camino, la ruta o el sendero. Tomarlo a las malas y andar cargándose uno mismo de piedras sólo conduce a un sufrimiento extra o incluso a no poder llegar al destino deseado. No es fácil y ello constituye el arte de vivir; la ética. Yo, por ejemplo, me enfrento a la continuación de un camino largo, para acabar la carrera (Ingeniería Técnica Industrial) a costa de esfuerzo, concentración, dedicación, sacrificio y constancia. Tengo un amigo, a quien quiero mucho, que simboliza, en cierto modo, el fin. Trabaja, está casado, tiene casa, coche, ahorros, etc. Si pienso en todo eso, que no tengo, pues llego a sentir frustración. Pero así no se va a ningún lado. Como dicen los viejos, ya habrá tiempo. Ahora me toca esforzarme y disfrutar de la vida según se me presente, por paupérrima que pueda parecer. Tampoco me falta una cama cómoda, casa (la de mi madre), comida, agua caliente, calefacción, medicamentos, servicio médico, etc. Por no descontar el cariño de mis seres queridos (amigos y algunos familiares). Es en esto en lo que Ramiro Calle se refiere con la historia de un hombre que hizo un viaje largo (meses caminando por montañas) hacia un templo en busca de la plenitud espiritual. Al llegar, el sabio monje que le atendió le dijo que todo aquello fue innecesario. Esa plenitud la tenemos en cualquier momento con nosotros mismos. Es cuestión de saber alcanzarla. Sin duda unas veces de manera más fácil y otras mucho más difícil. En todo esto la humildad es la mejor de las posturas.
A Ramiro Calle también le conocí en una edición de Cara a Cara. La televisión no sólo ofrece basura.

miércoles, 12 de agosto de 2009

COMO EL GATO Y EL PERRO

La última vez que estuve con Mijel, en cuerpo presente, terminamos la velada en un bar-cafetería de la calle de Arenal, poco antes de su partida al Perú.
Hablamos de varias cosas que no recuerdo a excepción de un tema sobre gatos. Y hablar de gatos es hablar de perros. La cosa comenzó con que mi amigo dijo que le gustaría tener un gato en su casa. Estar plácidamente en un sillón leyendo y ver al felino pasar, pararse, mirar a su dueño (un gato nuca tiene dueño) y seguir a lo suyo.
El gato siempre va a lo suyo. Su instinto es el de satisfacer sus necesidades arrimándose al sol que más caliente. Es pelota y falso. Es educado y decoroso. Hace sus cosas en su sitio, se mueve con sensualidad y siempre cae de pie.
A mi lo de tener animales en un piso no me va. Menos aún tener a un ser que está conmigo por interés y que si no le das lo que quiere me putea y luego pasa de mi culo. Además, guarda una mala leche tremenda y cuchillas afiladas en sus extremidades. Encima, exhibe una dentadura afilada y demoníaca. Siempre que miro a un gato veo en él a un pequeño demonio. El demonio siempre es sensual, mimoso y calentito.
Me viene a la memoria los innumerables métodos de ejecución y tortura que se llevaban a cabo, según me contó mi padre, en los pueblos de la España del pan y quesillo. Por nombrar uno, aquel en el que los mozalbetes uniformados de remiendos enterraban al animal dejando solo su cabeza en la superficie y jugaban a atizarle pedradas. Era cruel, sádico y crudo, pero era así. Antes de que cualquiera quiera conducirme a la hoguera, declaro que no me van esos rollos. Yo el gato ni lo acaricio (bueno, un poco si) ni lo torturo. Creo que Víctor Hugo escribió que Dios creó al gato para que el hombre pudiese acariciar a un tigre. Debe ser que también para que pudiese putearle.
El perro, en cambio, a pesar de sus malos modos, tosquedad o falta de decoro, es leal, cariñoso, noble y fiel. También es cierto que hay razas y razas. Depende de muchos factores la personalidad del can (educación, amo, experiencias,…) pero si no me equivoco es un animal con sentido de la manada y capaz de identificar a un humano como jefe de esa manada y su familia los miembros de esta. En su lealtad, el perro acompaña en riqueza o pobreza, en hogar o camino. El perro sufre junto a su dueño y siempre le espera en la distancia. Los perros pueden morir por estrés o pena. Le permiten al ser humano mucho más de lo que deberían.
Mis abuelos, (maternos) tuvieron una perra llamada Chica con la que crecí cada verano en aquel férreo pueblo del norte de Córdoba (Peñarroya). Cada vez que mi padre iba allí en vacaciones, la sacaba de paseo por campos, peñas y montes. Ella disfrutaba mucho ya que normalmente vivía recluida en el patio, de la casa de mis abuelos. Cuando la relación entre mis padres se había deteriorado lo suficiente, él dejó de ir a Peñarroya. Pero cada vez que íbamos mi madre, mis hermanos y yo. Ella se agitaba pensando que su señor había llegado. Pero al rato, con tristeza, veía que el no nos acompañaba. Hasta que murió, hace ya unos años, siempre le estuvo esperando con la lengua fuera y meneando el rabo. A veces parece que un perro puede tener alma.
Muchas veces en la vida hay que ser gato o perro. Yo, hace poco, con el ya mi exjefe, tuve que ser gato. Para salvar mis intereses necesité ser frío, directo (el gato es muy directo) y anunciarle mi interés en dejar su empresa. Si me da por ser perro, aún sigo allí y jodido. En cambio, si hay personas (las que menos) con las que se ha de ser perro, fiel y cariñoso. Eso nos hace ir teniendo alma.
En ocasiones parece que la mujer es felina y el hombre perruno. Luego, está el caniche, que como escribió Francisco Umbral, se trata del perro que quiso ser gato.

lunes, 27 de julio de 2009

SERGEY BRATKOV


Un día que acababa de salir de la universidad y con la cabeza como un bombo, me crucé por un pasillo del Metro con un cartel anunciando una exposición fotográfica. En dicho anuncio posaban tres mozalbetes de tez eslava juveniles, sensuales y desenfadados con trajes de marinerito. Una imagen de esas que a uno le pueden hacer replantearse su heterosexualidad.
La exposición, Glory Days, se encuentra de forma temporal en la antigua torre de presión del Canal de Isabel II en la calle de Santa Engracia y tiene como protagonistas las instantáneas de un señor nacido en Ucrania.
Lo ruso siempre me ha causado cierta fascinación y una mezcla de admiración y compasión por las perrerías, fríos y malas uvas pasadas por ese pueblo. Meterse entre las obras de Sergey Bratkov es hacer un recorrido por la Rusia casi actual y sus elementos. Elementos de los que forman parte los iconos occidentales en niños fumando, alusiones a la prostitución y la mala vida (Princesas y Luchadores sin reglas) y ese dolor que siempre me ha llamado la atención, expuesto en un video: La vida es dolor. Y es que siempre que se oye hablar a los rusos parece que están de mala leche.
Hay una serie de fotografías titulada Niños, delicia de pedófilos y denuncia de la pederastia por la que he leído que el autor tuvo que dar cuentas ante un tribunal. No se le declaró culpable de nada y el alegó que los propios padres habían llevado a los chiquillos a la sesión vestidos así. Desde luego, verlo a uno no lo deja indiferente. Y en la línea infantil, Adictos al pegamento es un viaje a través de la demencia, locura y delirio en cerebros demasiado jóvenes. Impacta verlos. Risa, tristeza y ensueño. Cuentos para dormir invita al surrealismo y la pesadilla. Aunque me reí con una foto en la que se hace alusión al nazismo.
Rusia no es Rusia sin su ejército y sin sus mujeres. De ello da muestra un par de imágenes: Chichas del ejército. También podemos ver a un niño con lo que debe ser un traje de comunión soviético.
En Mi Moscú se aprecia desde la llegada del sueño americano (tema que merece un exhaustivo tratamiento a parte) hasta la nostalgia por el anterior régimen pasando por las fiestas en los parques, el ocio y comercio, los rusos de raza asiática caminado por su capital, los iconos, muñecas, forzudos peleones y la diversión en pareja o familia (que sobrevivió al comunismo).
Marineros me causa especial atención. La vida ya vivida de hombres que sirvieron a la madre patria. Fieles a sus compañeros. ¿Sus vidas fueron buenas, malas, satisfactorias, penosas, mediocres, felices, amargadas? Solo ellos lo saben.
Por último Vulcanoides me hace pensar que al margen de las circunstancias, la felicidad puede emanar.
Bueno, me despido dejando lo que más me ha gustado. Será por que son mujeres, será por que son bellas, será por que representan por un lado la Rusia poderosa, marcial, capaz de dejar al mundo sin aliento, altiva, grandiosa y por otro la Rusia humilde, sencilla, pobre, sufrida y bonita.

sábado, 20 de junio de 2009

MUERE UN SANTO

Una profesora mía nos definió una vez el ser ingeniero como alguien que busca soluciones a los problemas. Y eso es algo que se puede ser con título universitario o sin él. Hay quien tiene el papel enmarcado de ingeniería y de ello poco es y hay quien al revés. Ese debió ser el caso de Vicente Ferrer. Él pensaba que no había milagro que esperar, sino que había que salir a buscarlo y que era una locura, pero había que intentarlo.
Nació en 1920 en Barcelona y se crió en sus calles. Estuvo en el frente del Ebro, durante la Guerra Civil española en el bando republicano y sin pegar ni un solo tiro. Antes de ingresar en la Compañía de Jesús estuvo un tiempo en el campo de concentración de Betanzos. Estudió en un monasterio cerca del Moncayo y de ahí a la India como misionero.
Lo suyo no era orar y callar. Así poco se solucionaba ante tanta miseria como encontró. También consideró que había otras prioridades antes que hablar de Dios a los lugareños. De lo primero que hizo fue construir un pequeño hospital con sus propias manos y poco a poco fue progresando.
Este señor dio el concepto de dignidad a las gentes de las “castas” más miserables. Les hizo ver que podían aspirar al bienestar o incluso, por que no, a la felicidad. Eso si, con esfuerzo, sacrificio y lucha. Les enseñó a pescar. Fue la continuación del mensaje de Cristo. Los hombres son iguales e hijos de Dios, por encima de imperios, estamentos y “castas”.
Como era de esperar, fue expulsado de la Compañía de Jesús (mejor para él). Incluso tuvo que ausentarse un tiempo de la India y volver pero a un lugar diferente, por la REVOLUCIÓN (de sudor, no de sangre) social que había montado. En 1969 creó el Consorcio para el Desarrollo Rural. Como fruto de su iniciativa se han construido 39000 viviendas, tres hospitales generales, un centro de planificación familiar, 14 clínicas rurales, 1696 centros educativos y un centro para enfermos terminales de sida, entre otras muchas cosas más. Se excavaron miles de pozos y unos 2300 embalses hacen florecer cosechas donde antes sólo había polvo.
Con él se hizo realidad el milagro de los panes y los peces. También promovió un plan de control de la natalidad con lo que se mejoró la calidad de vida de muchas mujeres.
Insisto en que podemos ver una gran evocación de los milagros de Jesús de Nazaret en la vida de este catalán. Además, como he comentado, la revolución de sus palabras. Ha sido un santo sin martirio.
Descanse en paz quien fue un hombre de paz.

jueves, 18 de junio de 2009

LA MESA

-Ni un día sin línea, ni un día sin periódicos, ni un día sin pan, ni un día sin amor-

Comentábamos el sábado pasado, durante una cena familiar, sobre el mal hábito de masticar con la boca abierta. Vino a cuento la figura de un pariente que lo hace como si pretendiese que uno le vea los empastes o las anginas. Y como no, su padre hace lo mismo.
Lo dije y lo digo. En la vida, se puede ser poco versado en gramática, solfeo, historia clásica o termodinámica. Pero hay un mínimo de cultura. Comportarse con mínima corrección en la mesa es cultura, definida como el conjunto de creaciones del hombre en general o de una sociedad determinada. Por ello, creo que se es más culto por el hecho de saber masticar con la boca cerrada, tomar la sopa sin absorber, usar los cubiertos y no emitir sonidos de cuadra que dominar el pentagrama o el derecho mercantil.
Recuerdo que en Kill Bill, cuando la protagonista se veía incapaz de coger el arroz con los palillos (tenía las manos machacadas de dar hostias a un tablón de madera)y recurría a hacerlo con los dedos, su cruel maestro oriental tiraba el alimento al suelo y le indicaba que si iba a comer como un animal, lo haría en el suelo como los animales y sí quería comer como las personas, en la mesa, lo haría como persona. Ella, haciendo un esfuerzo tremendo, conseguía llevarse el arroz a la boca (con los palillos).
En la mesa se puede ser pobre y tener un solo plato para cinco (mis abuelos y padres los vieron), pero tener la misma dignidad que el rico, no solo por nacimiento sino por acto. La educación nos hace humanos. Nadie nace sabiendo y lamentablemente hoy día muchos padres no inculcan o transmiten a sus hijos las formas mínimas de educación y comportamiento. Además, mucha gente al darse cuenta de su defecto, reaccionan con burla y regocijo en su error; algo muy español. La soberbia es el rostro de la mediocridad. Allá cada uno.

martes, 16 de junio de 2009

DEPORTE

Una costumbre que perdí hace años y de lo que me lamento, fue la de hacer deporte. Cuando me entrenaba al baloncesto por mi cuenta, con el ánimo de presentarme a pruebas de ingreso en equipos me sentía vivo. Luego, por una serie de motivos como una operación de rodilla y otras historias lo dejé totalmente y fue una pena (me di al alcohol y la mala vida). El caso es que el pasado hay que analizarlos lo justo y necesario.
Hace ya unas semanas que me dedico a correr unos 3 kilómetros cada mañana y la verdad es que me encuentro mucho mejor anímicamente, además de algo más ágil. Me gusta hacerlo y me he prometido a mi mismo no dejar de hacerlo. Es más, pienso complementarlo con ir un rato a la piscina a nadar.
Lo del deporte lo veo una actividad esencial en la salud física y mental del ser humano (o yo por lo menos). Aporta fuerza, agilidad y espíritu de lucha. Pero lamentablemente, esta actividad se ve obstaculizada por la falta de tiempo o de equipamientos donde realizarla.
El tener o no tener tiempo es un tema difícil y delicado. Menos mal que ya se inventó la bicicleta estática.
Los equipamientos públicos debe ser un objetivo primordial por parte de las administraciones, pero siempre con el fin de utilidad por parte del ciudadano llano. De nada me sirve estadios descomunales si solamente van a servir para ver a figurines dando saltos por la tele. Es por ello, por lo que yo soy muy escéptico con el rollo del Madrid olímpico. Si tales inversiones solo van a servir para entretenimientos de tardes, paso del tema. Mejor que nos gastemos el dinero en otra cosa. A mi es que lo de ver gente haciendo deporte y competiciones por la tele nunca me ha ido.
Al igual que me arrepiento un poco de haber perdido la disciplina hace años, también me alegro de no haber llegado a formar parte de ningún equipo juvenil donde me hubiera dedicado a dar mi tiempo, esfuerzo, dedicación, sacrificio y libertad a cambio de los intereses de un entrenador y un club deportivo, bajo riego de lesiones. Una cosa es mejorarse la vida a uno mismo y otra hacer el gilipollas. También es cierto que nunca, nunca, nunca he tenido la fantasía de ser deportista profesional.

sábado, 9 de mayo de 2009


Había también una estación de ferrocarril, un pequeño ferrocarril de vía estrecha que recorría campos de trigo y cruzaba ríos secos, y allá abajo estaban, como juguetes de mi infancia, las máquinas románticas (hay un romanticismo férreo e industrial), los vagones olvidados en las vías cruzadas de hierba, y por un momento temí que el tren ya no funcionase, pero de pronto apareció por detrás de la montaña una locomotora presurosa y humeante, arrastrando un tren de mercancías y viajeros, con el sol brillando en las ventanillas o dando botes en el metal de los grandes bidones que transportaba, y me fue cómica y emocionante aquella aparición, divertida y tierna, de modo que me conmoví, y el tren que me había fascinado de niño, el tren de película aventurera que iba como por libre, buscando caminos a capricho, era ahora un pequeño tren de recorrido breve, un tren que moriría pronto, según había leído yo en los periódicos de la ciudad, un afanoso e inútil viaje dentro de los límites cortos de mi propia vida.


Fancisco Umbral


Las Ninfas

miércoles, 22 de abril de 2009

NO SOS VOS, SON ELLOS

Tras cinco días posvacacionales, dominados por la incertidumbre y el tedio, mi jefe me comunicó en su despacho, que habiendo cerrado el trato con lo que iba a ser mi nuevo espacio profesional, yo quedaba fuera de él. Me explicó, que mi compañero y yo le gustamos mucho al responsable técnico del departamento y quería que nos uniésemos al equipo, pero, el responsable de la parte económica se negó (la cosa esta muy mala) y solamente han pillado al otro becario.
Durante días me había estado haciendo a la idea de trabajar cuarenta horas a la semana y de cómo iba a compaginarlo con la carrera. También me ví currando en el diseño e instalación de enclavamientos ferroviarios, algo que me llenaba de ilusión y perspectivas de futuro. Siempre me han gustado el mundo del ferrocarril y de alguna manera siempre he pretendido trabajar en él. Más aún, cuando las competencias de la empresa llegan a líneas de nueva construcción (alta velocidad en su mayoría) como trazados e instalaciones decimonónicas.
El disgusto que me llevé, la verdad, es que fue grande. Mi jefe insistió en que voy a seguir como estaba (media jornada) y que el hecho de que el responsable técnico estuviese interesado en contratarme me da puntos a favor. Me contó que piensa insistir otra vez dentro de unos meses y me dio ánimos.
El derrotero de lo negativo conduce por bosques inmundos apestados de arañas que envenenan el alma. Ganas tuve de deprimirme, divagar y auto compadecerme, pero ojala todos los dramas en esta vida sean así. Sigo como hasta ahora y mi objetivo es aprobar tres asignaturas en junio y así, poco a poco, algún día ser ingeniero (técnico o de Bolonia) industrial.
Las cosas siguen su curso y en España vuelve a amanecer.

lunes, 6 de abril de 2009

CAMBIOS

Es lunes laborable de Semana Santa y tras un fin de semana de amigos y bricolage casero (he estado pintando la casa) me preparo para irme a estudiar con mi amigo Requis a alguna biblioteca de Ciudad Universitaria.
El miércoles mi jefe me instó a acudir a una entrevista con un posible cliente con el fin de conseguir un contrato para trabajar con ellos en su oficina. Se trata de una empresa francesa de ingeniería la cual tiene un departamento en el que se dedican a diseñar e instalar enclavamientos ferroviarios (sistema que acciona y controla los elementos de vía como cambios de agujas, semáforos, etc.). Lo chungo del asunto es que éramos cuatro candidatos de mi empresa y un puesto vacante, motivado por una baja maternal. También me explicó que lo que buscaban no era un simple delineante, sino alguien que supiese desarrollar el trabajo desde una perspectiva de ingeniería. Además, siempre me ha gustado el mundo del ferrocarril.
La entrevista tuvo lugar al día siguiente y el viernes ya tuve la noticia: les hemos gustado tanto que quieren que trabajemos allí yo y otro compañero. Este asunto me ilusiona mucho y me abre una perspectiva tremenda de ampliar experiencia laboral en un campo que siempre me ha encantado. Además, tanto mi jefe como el responsable técnico de mi nuevo destino, han insistido en que no quieren que deje la carrera y tenga la aspiración a largo plazo de formar parte del equipo de Ingenieros Técnicos.
El gran cambio viene motivado por que es un trabajo de 40 horas semanales en jornada partida y flexible. Como es un asunto de entregar proyectos se incluye echar horas extra hasta tener todo bajo fecha. Esto implica menos horas para el estudio y apenas asomar el morro por la escuela, pero en el fondo es un cambio que me apetece mucho.
Así que como por deseo personal y también empresarial no voy a dejar la carrera, me voy a dar una ducha y a prepararme para echar una buena jornada de estudio.

viernes, 20 de febrero de 2009

VICTORIA


Hace ya una semana que terminé los exámenes y el finde padecí el sinsabor de la espera de los resultados. El lunes supe que había aprobado Centrales Eléctricas I y el martes llegó el gran momento: Cálculo Infinitesimal aprobado.
Hace años, cuando estaba en bachillerato las cosas no me iban nada bien. Estaba desanimado, deprimido, con problemas en casa y pasaba las horas en un instituto que me asqueaba. En cambio, tenia claro que quería estudiar ingeniería, porque era y es lo que me gusta. Recuerdo que Don Jesús García Delso, mi profesor de Fundamentos de Electrónica, un día fuera de clase me dijo que lo mío, según él, era meterme a Ingeniería Industrial en electrónica o electricidad. Ahora bien, también añadió que me iba a costar mucho.
Pasó el tiempo y a selectividad fui por ir. Las cosas me iban de culo y la gran deficiencia que tenia en aquella preparación para la carrera eran, como no, las matemáticas. Pasó un verano que dediqué a alguien que no merecía la pena y me matriculé en un ciclo de formación profesional superior. Desarrollo de proyectos mecánicos, que es algo así como lo que antiguamente era delineante industrial. Lo terminé en tiempo y forma y tomé la decisión, cuando estaba de prácticas, de aprovechar el acceso de FP superior a las ingeniería técnicas y matricularme en la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Industrial de Madrid.
El reto ha sido muy importante y desde el principio ha habido gente que me ha desanimado alegando lo difícil que es una carrera de ese pelaje. Recuerdo concretamente a cierto desgraciado (no por lo que me dijo sino por como era y seguirá siendo) que también estudió FP superior y tuvo la duda (optó por el camino laboral), que me pregunto si no me daba miedo enfrentarme a asignaturas como Cálculo Infinitesimal. Le conteste que sería cuestión de enfrentarse a ello.
Han pasado los años y he recibido palos para parar un tren, de fuera e interiores. Me he enfrentado a sinsabores, asqueamientos y desplantes. También he aprendido el concepto de sobrevivir, esfuerzo, dedicación, constancia y sacrificio. He padecido la falta de apoyo por parte de los demás. Apoyo que nunca debí de esperar de muchos y que en el caso de otros, en verdad nunca lo perdí. Simplemente que al verme hundido preferían que hiciese otra cosa, que por no tener una carrera iba a ser menos para ellos y que no merece la pena echar la vida por el fregadero por una aspiración académica. De hecho, llegó un momento en el cual tuve que asumir que probablemente nunca llegase a ser Ingeniero Técnico y con ello estar en paz conmigo mismo. Asimilar que el hecho de no lograr un objetivo no podía significar vivir moralmente enfermo, y prisionero de mi ego. Aquello, que sucedió después de un verano entero estudiando Teoría de Circuitos I para luego encontrarme una putada de examen, el cual aprobó un solo alumno de 65 que nos presentamos, me dio fuerzas para volver a matricularme de asignaturas y continuar con la guerra.
Calculo Infinitesimal es una asignatura de la cual, ahora que he logrado vencerla, me doy cuenta, que cuando comencé la carrera no tenia ni puñetera idea. Sobre las matemáticas no tenía lagunas; tenía el Plan Badajoz. Pero antes que dejarlo y ponerme con otra cosa, tuve el empeño de adquirir esa base que me faltaba. Porque simplemente me apetecía y parecía interesante. El camino no fue nada fácil.
Tras intentarlo por mi cuenta (terminaba por aburrirme y no ir a clase) fue a una academia, en la cual, el estafador que llevaba la asignatura y que era dueño del negocio me puteó con los horarios. Empecé en un grupo por que era el que me interesaba, pero como no le era rentable lo cerró a las dos semanas y me jodió. Intenté seguir hiendo a otras horas, pero la versatibilidad de horario que el aseguraba empezó a incumplirse ya que tan pronto daba mucho temario en uno, como se arrascaba las criadillas en el otro. Total, que no supe estar a la altura de las circunstancias por lo que no me enteré de nada y perdí el dinero. Además, su método de enseñanza era muy gitano y basado en argucias y chanchullos matemáticos.
Volvía a intentarlo por mi cuenta y la cosa seguía sin funcionar. No era capaz de seguir la evaluación continua y me comía los mocos en clase. Se pasaban los días, las semanas y ni siquiera me presentaba a los exámenes.
Ya hace un par de veranos, fui a otra a academia. La cosa empezó a cambiar. Con mucho esfuerzo y dedicación empecé a forjar esa base que no tenía poco a poco fui demostrándome que era capaz de enfrentarme a cuestiones referentes a números complejos o análisis de funciones en una variable. Lo intenté dos veces más pero me quedé cerca del aprobado.
El día 12 de febrero de este año de Nuestro Señor, con nervios y miedo me volví a enfrentar a la bestia. Hubo un momento que veía la derrota, con ganas de llorar al tener que derivar una función, que con todo el respeto, parecía que la había puesto el hijo de la Charito. Salí del examen exhausto pero con el sabor de la lucha y el combate; 5.3
Durante todo este tiempo, de estudiante mal parado, nunca he tenido la intención de aprovecharme de nadie ni vivir del cuento, sino de simplemente lograr un objetivo noble (a mi parecer) y como me expresó un amigo: hacer lo que he creído que debía de hacer, lo que me dictaba el corazón, el instinto y el arte.

Dedicado a Ana, con todo el cariño.

viernes, 6 de febrero de 2009

lunes, 19 de enero de 2009

MURIÓ


Ha sido un fiel compañero desde hace 5 o 6 veranos. Me costó como unas 15000 pelas y recurrí a él cuando su a su predecesor se le atrofió la batería. Como había trabajado de portero haciendo una sustitución en el número 31 de mi calle, pude darme el gusto de pagarlo de mi bolsillo. No buscaba lujo ni ostentación, por lo que rechacé el modelo siguiente que tenía pantalla en color y politono. De hecho, era el último que quedaba en la tienda. Quería algo que sirviese para llamar ser llamado, enviar, recibir mensaje y disponer de despertador.
La marca la tenia ya fichada por las características que le deba a sus productos y la verdad nunca me arrepentí de la elección.
Pero todo muere y últimamente iba haciendo cosas raras y durando la carga de la batería cada vez menos. En Navidad derramé por accidente una jarra de agua y se le metió el fluido hasta en las conexiones de alimentación. Sobrevivió al percance pero ya hace dos o tres semanas falleció mientras me acompañaba en el hacer cotidiano por la universidad.
Ya le he buscado sustituto (uno de las misma marca, que está muy bien y me han prestado) y a primeros de febrero que acogeré a una promoción que tengo pendiente comprar otro.
Descanse en paz mi fiel compañero durante estos años, testigo de alegrías, disgustos, excitaciones, sinsabores y estupideces.

domingo, 11 de enero de 2009

NIEVE




Hace ya años, creo que unos 10, que no ha caído una nevada tan intensa y con efecto tan perdurables como la de este viernes. Y la verdad es que ha sido un gustito, ya que no deja de ser en el Madrid posmoderno en el cual me he criado, un fenómeno mitológico como mitológicos son los tranvías. Por ello, no pude resistir la tentación de que después de un ratito de estudio matinal, pillar las cámaras de fotos (la mía y la de mi madre que es más moderna y graba mejores videos) y darme el paseo con mi padre en metro hasta Pinar de Chamartín a cazar unas instantáneas del ser mitológico por su nevado feudo. Así de paso pude horrorizarme con los encantos de la arquitectura contemporánea y seguir valorando y apreciando lo tradicional.
El fin de semana me lo he pasado metido en casa preparando el examen que tengo este lunes de cálculo infinitesimal. Y la verdad está siendo un gusto contemplar el paso del coloso siberiano en compañía de mi radiador mientras reflexiono y medito sobre el maravilloso mundo de la integración indefinida, series de potencia, aproximación local y representación de funciones. Y la verdad es que con todo esto no he tenido el gusto de catar los encantos del colapso general de carreteras y aeropuerto. Tampoco quiero opinar sobre si las administraciones públicas no han actuado correctamente. Desconozco ahora mismo los medios de que se dispone para semejante situación y si es lícito que el aeropuerto de Barajas estuviese cerrado 6 horas. No voy a entrar a juzgarlo. Al menos, doy gracias de que la red eléctrica ha resistido el embiste y ninguna subestación de Madrid se ha achicharrado.
Continuaré esta tarde de domingo, tras la dar cuenta de un buen plato de cordero con verduras y patas fritas, instruyéndome en el cálculo en compañía de mi radiador y suspirando por un viaje en un viejo tranvía por una ciudad nevada.




jueves, 8 de enero de 2009

VUELTA AL RUEDO


Llevo días sintiendo la agonía del regreso a la rutina cruda y peluda tras las fiestas de Navidad. Es una sensación molesta que empaña los buenos momentos de ocio y cariño. Es una especia de bestia lista para salir al ruedo de la vida justo cuando yo también lo haga. Una bestia brava y temible, ante la cual, si se quiere vivir la vida, no queda más remedio que exponerse.
Si salgo corriendo me va a pillar igual y la muerte va a ser semejante. Queda la opción de plantar cara y convertir el drama en arte y experiencia. Sudor y temple como rebeldía ante el miedo y la holgazanería; son las únicas alternativas. Capa, espada y a lidiar.
Hoy ya he empezado a enfrentarme, de nuevo, a las bestias: exámenes, entrega de memorias de laboratorio, horas de vuelo con el programa de diseño del trabajo, etc. Y la verdad, es que no es para tanto. La alegría que llega a generar el enfrentarse a los problemas. Incluso a costa de recibir cornadas, revolcones y pisadas; paradojas de la muerte. A veces se vive más recibiendo golpes que huyendo de ellos.
Así que con esto y un bizcocho hasta mañana a las ocho.