sábado, 31 de octubre de 2009

BARRY LYNDON


El otro día me enteré, a través del periódico, que el gran proyecto que tuvo Stanley Kubrick fue una descomunal película titulada Napoleón. Pero al igual que le sucediera al europeo emperador, la dimensión de la empresa devoró al director de cine. Dos años dedicados a recabar imágenes y archivos, además de un guión de 185 páginas. Escenarios, uniformes, sentimientos, iras y lujurias del personaje configuraban el proyecto. Parece ser que incluso el neoyorquino cineasta llegó a contagiarse de la soberbia y ambición que en su momento dominaron al personaje histórico. Histórico y clásico cuadro psicológico.
Charlando ayer con mi amigo Mijel, surgió la figura del protagonista del film Barry Lyndon, el cual me encanta. En lo que llevo de vida he ido conociendo la historia de personajes que han empleado su vida en dominar, engañar y maltratar a los demás en pos de su interés personal y material. Este tipo de tipos y de tipas, llegan a un momento en su madurez en el cual que lo han conseguido todo: estabilidad económica, un hogar, carnaza sexual, descendencia, fama y reconocimiento social. Pero en varios casos he visto como, cuando menos se lo esperaban, por que creían que ya estaba todo hecho y apañado, les ha venido el palo. Ese golpe que ya creían vencido e inexistente. No se si siempre, pero en muchas ocasiones ser un cretino se termina pagando. Se recoge lo que se siembra y si la semilla ha sido el odio, se recogen tempestades terribles. No se si eso le pasaría a Stanley Kubrick (espero que el no fuese así) pero creo que si a Napoleón. Terminó sus días solo, amargado, preso de sus peores enemigos, con el cuerpo y el alma envenenados. Ese final distó mucho de la gloría imperial que persiguió y de la que se llegó a autoproclamar. Riquezas infinitas, poder absoluto y fama universal. Se sentía salvador de pueblos, naciones y verdades. Quién le diría en aquellos momentos de infinita victoria, cual sería su miserable final. Y todo a cambio de dejar un reguero de muerte y sufrimiento por toda Europa.
Dejo al criterio de los demás, si a pequeña escala, ese fue el caso del protagonista de Barry Lyndon.



viernes, 30 de octubre de 2009

domingo, 18 de octubre de 2009

viernes, 9 de octubre de 2009

YÉBENES




Hoy me levanté melancólico y llevo todo el día dándole vueltas al recuerdo de algo que pasó al recuerdo hace ya unos años.
El verano pasado, mi amigo Paco y yo nos fuimos de viaje al Valle de Alcudia. Tras escapar de unos atascos horrorosos y las mil y una trampas de la faraónica M-30, tomamos la autovía de Toledo. Pasada la capital visigoda, nos quedaba el resto de la provincia por la N-401 con dirección a Ciudad Real. El caso es que no habíamos comido y tras pasar un túnel bajo los Montes de Toledo, decidimos buscar un bar de mala muerte donde comprar bebida y cambiar el agua al canario. Así que nos desviamos al paso por el pueblo de Los Yébenes. De allí es natural El Pavón, un personaje que hace años me dio matemáticas y fue mi tutor de segundo de bachillerato en La Paloma. Otro día hablaré de él. El caso es que el pueblo estaba desierto y no atinamos con nada interesante, así que quisimos volver a la nacional citada anteriormente. Pero no acertamos bien y acabamos pasando por encima de ella a través de una comarcal dirección este. Había que buscar un sitio donde dar la vuelta. Justo donde parecía que podíamos hacerlo, se nos aparecieron dos viejos edificios, los cuales reconocí en seguida como instalaciones ferroviarias. Se trataba de la estación de Los Yébenes. Estación si, pero sin vías. Tomamos la decisión de quedarnos allí a comer.
El 3 de febrero de 1879 se inauguró el ferrocarril de Madrid a Ciudad Real, propiedad de la Compañía del Ferrocarril de Ciudad Real a Badajoz, con origen en la estación de Delicias, en Madrid y pasando por Parla. Éste camino de hierro formó parte de la hazaña técnica y económica del XIX, en un país atrasado y machacado por guerras civiles y un poder político deleznable. Dio comunicación y servicio a diversos pueblos que ocupaban las submeseta sur, como en el que acabamos mi amigo y yo. No voy a ponerme ahora a describir y estudiar la historia de esta línea (que me interesa y mucho) pero si decir que su fin llegó cuando España salía de su crisálida anacrónica. En 1992 se llevaron a cabo los Juegos Olímpicos de Barcelona, se celebró la Exposición Universal de Sevilla y además de otras cosas, se inauguró el tren de alta velocidad de Madrid a Sevilla; el AVE. Unos de los criterios técnicos que se tomaron para realizar tal obra civil, fue la de pisar parte del trazado de otros dos viejos ferrocarriles. Uno de ellos, ya desmantelado a finales de los 60, el Peñarroya-Puertollano. El otro, el ferrocarril de Madrid a Ciudad Real, desde Parla. Para ello sus vías fueron arrancadas, parte de su trazado ocupado por el nuevo y flamante tren de alta velocidad y sus instalaciones abandonadas. Hasta entonces, estaba activo y contaba servicio de viajeros.
Tras saciarnos Paco y yo con tortilla de patatas, lomo empanado y fiambre catalán, apoyados en la plataforma de lo que fue el muelle de carga, nos pusimos a investigar lo que habíamos encontrado. Todo totalmente destrozado, sucio y dejado. De por donde pasaban las vías ya casi no quedaba ni el aspecto. Balasto removido y andenes aniquilados. El techo de la construcción junto a la cual habíamos comido en parte derrumbado. Pero lo más tétrico vino al asomarnos al edificio de viajeros. Con espíritus o sin ellos, el mal rollo a la hora de meter el morro en lo que fue el vestíbulo, agobiaba. Las escalera que llevaba a la planta superior, donde solía estar la vivienda del jefe de estación se había derrumbado. El cadáver de una paloma colgando de un estribo del piso de arriba nos daba la bienvenida. Manchas de sangre (o lo parecían) en las paredes y pintadas hechas por fachuzos. El suelo lleno de escombros y porquería. La verdad es que no estuvimos mucho tiempo allí.
Aquella estación fue testigo del progreso y la decadencia. Por ella se vio pasar la vida y la muerte, la paz y la guerra, el hambre y el estraperlo. Largos trenes de vapor con correo, primera, segunda y tercera clase. Los primeros trenes internacionales en España que nos unieron con Portugal (en el XIX). El paso de la tracción de vapor a la diesel (esta línea nunca llegó a estar electrificada). Por Yébenes pasó mi madre la primera vez que de niña vino a Madrid a visitar a sus tíos o luego cuando lo hizo para buscarse la vida. Por el vestíbulo que nos dio mal pisto, anduvieron lugareños, estudiantes que volvían al pueblo por verano, mozos que se iban a la mili para regresar hechos hombres, novias y novios, despedidas y bienvenidas, abrazos y lágrimas. En ella me imagino a jóvenes ochenteros con sus pintillas, echándose un cigarro mientras esperaban al automotor diesel que les llevaría al seno del Madrid de la Movida. Historias y más historias, hasta que un día se ejecutó la orden de cierre y Yébenes pasó a formar parte de ellas. Además, el trazado del ave pasa a pocos metros por delante, haciéndola testigo del ir y venir, constante y veloz, del progreso que la condenó. Este viejo edificio, vive desde entonces llorando en el olvido.


lunes, 5 de octubre de 2009

LUNES


Día de sueño, pereza y tedio. El lunes es el azote de Cronos, el fin de Morfeo y la encarnación del mortal.
Uno no sabe como lo hace, o tal vez si, pero el domingo acaba acostándose a las tantas. Unas cañas, una película de acción o en mi caso un programa de parapsicología en el que se trataba el caso de una casa encantada; menudos encantos. Me fui a la cama, con el rabo entre las patas, dispuesto a oír ruidos extraños y susurros amargos. Por suerte, en mis sueños no fui objeto de la visita del coco, el tío Camuñas, Freddy Krueger, el coro de las caras de Belmez, el hombre del saco, la bruja Piruja y Hacienda. Las pesadillas más aterradoras las tengo siempre con Hacienda. Al Cesar lo que es del Cesar.
Con sueño me levanté, viví el ritual del café, negro como lo estaba el cielo, el del aseo personal e intransferible, la moda y pillar el metro para ir a la universidad. Mañana insulsa en un ambiente a caballo entre un colegio de curas y una versión barata (más si cabe) de Física o Química. Algebra o cálculo como digo yo. Por suerte en las dos peores horas (electrónica digital) disfruté de la compañía de un buen compañero y amigo. Además, las dos horas libres que me tocaban hoy las empleé en acercarme hasta una librería, por Goya, para hacerme con un libro titulado El Material Móvil del Metro de Madrid. Documento gráfico y técnico muy difícil de encontrar ya que, que yo sepa, no se publicó con el fin de distribuirlo comercialmente. Otra joyita de mi biblioteca ferroviaria. No todo han sido ascos este lunes. Al lunes es que le domina lo contrario al placer. Por suerte a estas horas ya sólo le queda un telediario.

domingo, 4 de octubre de 2009

REDESCUBRIR




Ayer tuve la tarde perruna, por lo que decidí proponerle a mi amigo Mijel quedar para zanganear y planear fechorías, pero esta vez por su barrio; es decir Fuenlabrada. Me pillé el cercanías en Atocha y en un momento estaba cruzando barrios chungos con destino al Madrid sureño.
Conocer Fuenlabrada me recordó al Móstoles en el que vivieron mis tíos y mis primos. En días de sábado íbamos a verles siguiendo el mismo ritual del transporte. Por la línea 1 del Metro descendíamos hasta la estación de Tribunal en un viejo tren clásico. Ruidoso y con poco confort pero con un gran encanto que nunca olvidare. Una vez apeados en Tribunal descendíamos por el conjunto de escaleras mecánicas hasta el andén del Suburbano. En aquel entonces la estación estaba seccionada por la mitad por un gran muro de carga como por ejemplo lo sigue siendo en la de Gran Vía de la línea 5. Un convoy de la serie 300 aparecía ofreciendo un chorro de luz desde las entrañas del túnel proviniendo de Alonso Martínez. Me encantaba cuando rumbo de Aluche llegábamos a Lago y se hacía la luz. Mañanas soleadas en la Casa de Campo. Frescura y oxígeno. Zoo, Parque de Atracciones y mesas para merendar. En aquella época muchos madrileños íbamos a pasar el día a la Casa de Campo. Tortillas de patata, lomo embuchado, coca cola y juegos. Luego llegó la edad posmoderna con sus chalets, viviendas en la playa e hipotecas y todo aquello calló en el olvido. Lo que le sucedió a partir de entonces a la casa de campo ya se conocer. El caso es que llegando a Aluche me encantaba mirar los talleres de Metro, con los viejos trenes clásicos o de la serie 1000 esperando revisión o desguace. En la moderna y dinámica estación de Aluche, sacábamos el billete para la RENFE. El olor a la creosota (especie de alquitrán con que impregna las traviesas para protegerla del agua y demás agentes externos) nos daba la bienvenida a la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles. En el andén había unas grandes básculas analógicas, como no, para pesarse, como no. También unas máquinas de chicles y chuches que se accionaban tirando de varillas. Los trenes que circulaban entonces eran de la seria 440. Maravillosos con sus asientos de skay, ventanas que se podían bajar, baños, y un motores de corriente continua con su peculiar modo de tracción. Disfrutaba mucho con todo aquel intercambio de medios de transporte. Cuando Metro de Madrid retiró los trenes clásicos de circulación, para mi fue un drama. No menos me pasó lo mismo cuando se sustituyeron los electrotrenes 440 de la C5 por los actuales 446, herméticos, en los que parece que uno viaja dentro de una nevera. Es una de las cosas que me confiere como un tío raro. No saboreo, en muchos casos, la modernidad y progreso tecnológico.
Fuenlabrada me ha recordado a aquel Móstoles joven y extremeño. El estilo de sus edificios con terraza en el salón y la cocina, la cuales luego fueron siendo cerradas con cubiertas de aluminio por sus moradores. Desde la casa de mis tíos me gustaba ver, al caer la noche, el paisaje de luces en las calles y los pisos. Cada ventana, una historia y una vida. Y entre los edificios la imagen serpenteante del tren de cercanías deslizándose entre Móstoles y El Soto. A lo lejos el campo, almacenes, fábricas y carreteras. No se por que, pero sentía un gusanillo. Un gusanillo de vivir, de hacerme adulto, de tener amigos y moverme, de conocer y descubrir. Tras la cena de rigor familiar, nos poníamos los abrigos y bajábamos a la calle para regresar a la estación con prisa de no perder el último tren. La entrada y el vestíbulo atestado de jóvenes con sus mejores galas, dispuestos a viajar hasta la capital y vivir su marcha nocturna. Chicas bellas con faldita y botas de traidora. Ahí aparecía otro gusanillo de querer vivir, conocer y experimentar.
Total, que ayer junto con Mijel, me relajé junto a un lago con patos, viendo la Luna y el gran mar de luces de Madrid sus urbes. Ayer recordé aquellos gusanillos y volví a sentir ganas de vivir, conocer y experimentar. De tomar trenes, viejos o modernos, al aire libre o subterráneos y sumergirme en la inmensidad del cielo. De Madrid al cielo.