sábado, 12 de diciembre de 2009

TRIBUNAL




Desde luego, el destino es caprichoso, muy caprichoso. Cuando esta mañana estaba a punto de salir por la puerta, me di cuenta que me dejaba documentos necesarios para el trabajo que estoy desempeñando como becario en el departamento de Física de mi escuela. Total, que a encender otra vez el ordenador y volcar papeles electrónicos en ese pequeño y simpático disco duro que es el pen drive. La operación no duró mucho, pero como ya iba con la hora pegada me retrasé unos 10 minutos. Escopetado salí a pillar el Metro. Al poco de llegar al andén, el convoy irrumpió en la estación cargado de gente. Me acomodé como pude y saqué el libro que ando leyéndome cuando viajo en el Metro: Los Metales Nocturnos de Francisco Umbral. Y como por arte de magia, al llegar a Tribunal y cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, entró Ana en mi mismo coche y por la misma puerta. Hacía mucho que no nos veíamos y reconociéndonos al instante, se acercó para darme dos besos. En lo poco que duró el trayecto hasta Sol, me contó para donde y hablamos lo que pudimos de nuestras vidas. Con cariño y felicitaciones por su trabajo me despedí de ella en las taquillas (robóticas y metálicas) del Cercanías de Sol. La encontré muy guapa y no se cuando volveré a verla en persona. El destino decidirá.
El 7 de febrero de 1997 para mí, fue una fecha grande. Era mi primer año de instituto y llevaba tiempo (toda la vida) con ganas de escapar de los confines de mi barrio en lo que a ocio de fin de semana se refería. Estaba cansado del tribalismo y la endogamia cultural que se cocían los personajes, compañeros del colegio, con los que me juntaba hasta entonces. Quería conocer y experimentar la noche madrileña, de la que tanto me había hablado mi hermano. El caso es que fui haciendo colegas nuevos y llegado el momento, mi amigo Tino me invitó a pasarme un sábado por el parque de Barceló, junto al Metro de Tribunal. El no iba a estar por motivos familiares, pero me convenció de que iba a haber gente del Fortuny con la que trabar conversación y cachondeó. También se pasaría por allí mi Edu el Negro. Llegó el momento, el día y la hora. Me arreglé aunque no en exceso y pillé el Metro, como lo hice hoy, pero para bajarme en Tribunal. Ya cuando el tren descendía la rampa que hay entre la citada estación y Bilbao, comencé a estar nervioso. No era miedo, era emoción. Era la primera vez que salía de verdad (así lo he considerado siempre), sólo y dispuesto a buscarme el plan. El coche iba hasta arriba de gente y una vez apeado, me dispuse a subir las escaleras mecánicas de salida al parque de Barceló. Aquellas escaleras también fueron una primera vez, ya que nunca había ascendido o descendido por ella, pero que conocía de mis viajes infantiles a casa de mis tíos en Móstoles, siempre preguntándome a donde conducían. Aquel día lo supe.
El parque de Barceló estaba atestado de gente, pero había buen rollo. No tardé en dar con compañeros del instituto, en concreto con Marco Krahe. Un tío cojonudo que me recibió sonriente. Me presentó a sus colegas y no tarde en ir perdiendo la vergüenza. Lo de Barceló no llegaba a ser un botellón como tal, o nunca lo llegué a vivir como tal. El alcohol y los porros eran un complemento y yo chupaba de la litrona y no ella de mí.
Cuando ya estaba relajado, sonriente y de buen pisto, mi mirada se cruzó con la de una chica. A la vez nos presentamos y auto confirmamos que éramos compañeros de institución. Se llamaba Ana Beatriz y fue una de mis primeras amigas. La verdad es que nuestra relación no fue muy profunda, pero fue.
Aquel día simboliza un punto de inflexión en mi vida, con todo aquello que lo compuso: Ana Beatriz, Marco Krahe, el viaje bajo tierra, las escaleras mecánicas de Tribunal, los litros de cerveza, el puro que me fumé, etc. Que asocie aquello a un cambio de signo en la derivada segunda, de la función que viene siendo mi vida, radica en el propio hecho del cambio. Se plasmó el paso del colegio a otra instancia superior. Con ilusiones (algún día estudiar ingeniería industrial) y luchas (en los días de diario tenía que utilizar un aparato ortopédico para curarme la espalda) hacia frente a la vida. Quería ser adulto. Quería dejar atrás lo vivido hasta entonces. Nunca me dio pena dejar el colegio y siempre lo vi como lo mejor que me podía haber pasado. Deseaba conocer gente y experimentar. Lamentablemente, con el paso del tiempo y la sazón de una seria de circunstancias, toda aquella ilusión, de luz y amor propio, se fue apagando. Cuantas veces me he acordado de aquello, de aquel parque y de Ana Beatriz. Creo que llegué a estar enamorado de ella un tiempo (pero poco y con poca intensidad).
Ahora, cuando voy camino de cumplir los 27 y el peso de los años me abate muchos días, vuelvo a sentir aquella sensación. Me sorprende a mi mismo e instintivamente intento negarlo, pero siento otra vez aquel hormigueo. Aquella fuerza visceral, de lucha y triunfo. Triunfo a golpe de esfuerzo y humildad. Tenía buenos motivos para ser humilde. Ya hablaré en otro momento de aquel aparato ortopédico, que lejos de odiarlo, como pensaba entonces que lo recordaría siempre, lo recuerdo con admiración. Admiración hacia mi mismo. Entonces tenía 15 años para 16 y a primera vista parece que todo ha cambiado mucho. Aunque hay cosas que no tanto y otras que, incluso, parece que vuelven del pasado. Aunque sea de una forma fugaz, como Ana Beatriz esta mañana. Además, mi amigo Andrés me comentó el otro día, que tiene planes de irse a vivir a Malasaña. Se que es una tontería, pero aquel gusanillo, urbanita y nocturno, vuelve a crecer en mi. Hasta fantaseo yo también con irme a vivir a un cuchitril por aquellas calles, con mil defectos y mil encantos ocultos bajo las farolas. La llamada de la bohemia y el placer.
Deseo volver a ver y saludar, en persona, a Ana, que ya no es Ana Beatriz. Cosas de fama y tele, me imagino. Deseo volver a levantarme cada mañana, dispuesto a ventilarme montañas de apuntes, salir por la noche, escuchar música (conocida y desconocida), conocer gente (incluidas mujeres), comprar ropa y fetiches en el rastro, …, volver a vivir. Otro dato de aquello: me gustaba mogollón Queen.


8 comentarios:

CRISTINA dijo...

Para mí el instituto también fue algo grande, en el mejor sentido de la palabra. El cambio del colegio a él, el cambio de gentes, de zona, de ambientes... y comenzaron las "primeras veces".
La primera vez que salía sola al extranjero, la primera vez que iba a una fiesta "de mayores", la primera vez que volvía en la ciudad tarde, muy tarde a casa, de madrugada. El primer chico... Comenzaron los primeros libros elegidos, leídos, comentados, las primeras pelis en la filmoteca, los primeros cigarros y demás cosas que se fuman, la primera noche fuera de casa...
Aprendí mucho aquellos años. Aprendí algo de Historia y bastante más de Literatura. Aprendí muchas Matemáticas y Física y Dibujo Técnico. Y sobre todo aprendí de la gente que conocí y traté y quise durante aquél tiempo. Algunos todavía hoy son mis amigos. Y de los otros siempre guardo un recuerdo único.
Ojalá me encontrara a alguno de ellos mañana, al subir al bus, como tú a Ana.

Antonio dijo...

La verdad, lo que he relatado fue el comienzo de una época dorada, que duró poco. Problemas de salud, la separación de mis padres y un cambio de instituto me llevaron por la senda de la decadencia, apatía, decepción y depresión. Por todo eso nunca he guardado un buen recuerdo del instituto. Aunque llega un momento en el que es necesario reconciliarse con uno mismo y su historia. Dejar de reprocharme cosas y buscar, como en todo mineral que se precie, los trocitos de metal noble, entre la turba. Me refiero a que si hago memoria, hubo muchos momentos buenos. Incluso el cambio de instituto, que en principio fue algo negativo, supuso el conocer a mi amigo Paco, mi otro gran punto de inflexión.
El pasado fue y no volverá. Cuando se vuelve la vista atrás, se ve la senda que no se ha de volver a pisar. En nada cumplo 27 años, una edad maldita. Quero vivir el próximo año como si fuese el último (a veces temo que realmente lo sea).

Muchas gracias por leerme, y muchas más por el comentario en mi anterior post. Me alegra mucho que te haya gustado. Dejé fluir las palabras.

Un beso.

senses and nonsenses dijo...

recuerdo, recuerdos, recuerdos...

a mí me sigue gustando mucho Queen.
y es un placer escuchar su Bohemian Rapsody.

saludos.

senses and nonsenses dijo...

me encantan tus gustitos, desde Navajeros hasta Barry Lyndon o El Padrino.

un abrazo.

Girl From Lebanon dijo...

Empezar a ser independiente, y vivir todo por primera vez...esos sentimientos que reaparecen como por oleadas...de "lo cojo todo y le doy la vuelta"...y me doy la vuelta...me he sentido muy identificada...

un placer...

Bss!!!

Luna Méndez dijo...

Muchas gracias por pasarte Antonio!!


** A mí me sigue encantando Queen!!


:)

Lalaith dijo...

Vaya. Yo nunca viví ese gran cambio del colegio al instituto, porque por desgracia para mí me metieron en un colegio privado a los 10 años, y de allí salí con 18. Así que no hubo gran cambio porque cuando me tocaba ir al "instituto", yo seguía yendo al mismo colegio con los mismos compañeros. Para mí el gran cambio con el que esperaba que cambiara también mi vida fue el paso del colegio a la universidad. Y me pasó un poco como a tí: viví una breve época dorada, un año de conocer a mucha gente y salir mucho y pasármelo bastante bien. Lamentablemente aquellas personas se fueron quedando por el camino, la carrera se quedó a medias... hasta el edificio donde la estudié lo echaron abajo (o están a punto de hacerlo).

Es un poco deprimente tener esperanzas en el futuro e ir viendo como, una a una, se frustran. Pero digo yo que algún día la suerte cambiará, ¿no?

Me gustó tu relato, y verte de nuevo el otro día. Besos!

Antonio dijo...

Gracias a todos vosotros por leerme. Que tengáis una feliz Noche Vieja.