La verdad es que un rato entretenido y adornado de escenarios decimonónicos me ha hecho pasar esta adaptación cinematográfica de la obra de Leopoldo Alas, La Regenta. El director, un tal Gonzalo Suárez y el año de rodaje pues no lo se porque no lo pone en la caja pero vamos, unos cuantos.
Llamativo el caso de la protagonista, una mujer casada de alta sociedad que sufre la desgracia de no ser correspondida por su marido (un tío muy majo) en el sacramento de lo carnal y claro, se puede decir que de su pozo de voluptuosidad emanaban aguas como para abastecer a la ciudad de Oviedo, por nombrar una vetusta capital de provincia. Y es aquí donde aparece el confesor de la buena mujer, el cual personifica el colmo de la hipocresía, lo canino y hortelano. Eso si, hace una fiera defensa de la honra monogámica intentando apartar a la regentada de la figura del apuesto Don Álvaro Mesía, de tal manera que hasta el propio marido ve excesivo el asunto. Pero como el amor termina abriéndose paso y si no el sexo, doña Ana Ozores (interpretada por la desaparecida Emma Penella; descanse en paz) consigue desfogarse gracias a las visitas nocturnas de su amante en el propio hogar conyugal. Bonita historia hasta el momento en el que todos consiguen ser felices (alguno gracias a la ignorancia) excepto el que ya se sabe que se podría servir de su habito y respetabilidad para ser feliz además de humano y no dejarse amargar por la figura psicótica de su madre. Contento se debió de quedar el buen pastor provocando, gracias al chivatazo de una empleada de hogar, que ese marido cariñoso, aunque no tanto como su mujer quisiera, conociese la existencia e identidad del querido. Y como las cosas entre caballeros entonces se resolvían así, traicionado y cornudo se va al hoyo con unos gramos de plomo en el cuerpo; cruel, puto y astado destino.
La verdad es que la obra de Clarín no me la he leído pero siempre he sido buen conocedor en el colegio e instituto de su existencia y en su momento vi algún fragmento de otra producción cinematográfica más reciente en la que de hacía de cura Carmelo Gómez. Buena historia con reflejos de la época: unos que pasan hambre, otros que no pasándola se las apañan para pasarla en otros sentidos a ver si así se ganan el reino de los cielos.; ¡Qué irónica realidad!.
Realista asunto y como último comentario sobre el filme, me agradó mucho la presencia, que no se porque pero me la esperaba, de Agustín González como el amigo del santo cornudo y poco fogoso. Gran personaje al cual le dedico este humilde y poco intelectual comentario sobre una película que tengo en DVD, perteneciente a una colección, la cual vi una tarde al llegar de la Universidad y me entretuvo.
