martes, 6 de abril de 2010

MIMI E IVEN

Era el verano de 1998 y a mediados de julio me iban a operar de la rodilla. Como quien se enfrenta a su última hora, me hice una lista de cosas que hacer antes del momento final.
De toda la vida, mi amigo Jaime había tenido su segunda residencia en un camping en la Sierra de Madrid. El sitio en cuestión estaba situado en el término municipal de Cabanillas de la Sierra. Allí se había criado durante los veranos, puentes y fines de semana (de buen tiempo) de toda su vida. Y yo desde hacía tiempo estaba invitado a pasar allí unos días. Así, que antes de la operación, por si la cosas salía mal y tenía que ponerme a disposición del santísimo, accedí a pasar un fin de semana allí. Yo pensaba que aquello sería un periodo de tiempo dedicado a la naturaleza y la vida sana. Nada más lejos de mi imaginación.
Recuerdo que fue una de las veces, si no la que más, porros fumé por unidad de tiempo. La familia tenía una caravana apostada en una parcela del mencionado camping. El vehículo era básicamente un dormitorio con ruedas. Una casita prefabricada lo complementaba, haciendo las veces de salón de estar o dormitorio adicional. Llegamos, Jaime, su padre y yo, un viernes por la tarde. La madre ya estaba allí. Era ama de casa. Tras bajar del coche y merendar algo, nos despedimos de sus progenitores con la finalidad de irnos con sus amigos. El plan era sencillo. Irnos a la entrada del camping a sentarnos sobre el muro bajo de piedra y cemento que lo rodeaba y pasar el rato. El rollo que el personal se traía allí era ese.
A eso nos dedicamos todo el fin de semana. A estar sentados o de pie, según el hormigueo de nuestros culos mandase, hablar sobre cosas superficiales y fumar porros. Muchos porros. Con suerte, de lo más interesante que se hablaba, para mí, era de mujeres.
El mejor amigo de Jaime era el Juli. El Juli no se perdía ningún fin de semana en aquel camping, hiciese frío o calor. El Juli tenía nariz respingona y ojos rojizos del fumao que se gastaba siempre. Llevaba gafas de bakala y presumía de haberse comprado un bañador rojo como el del tío de los vigilantes de la playa. El Juli era hermano del Lute. Al tal Lute me contaron que le llamaban así, por que de pequeño hizo de extra en la película sobre el famoso kinki.
La noche del sábado nos fuimos a un pueblo cercano. Jaime y yo lo hacíamos a escondidas, montados fugazmente en los asientos de atrás del coche de alguno de los mayores. En el pueblo de al lado, el personal se dedicaba a hacer un juego consistente en tirar monedas dentro de vasos y beber mucha, mucha cerveza y kalimotxo. Eso incluía a los conductores. Y aquella fue la noche en que conocí a Mimi y a Iven entre otros personajes de la España desfasada.
Recuerdo que se les encaprichó coca y en la moto de Iven, se montaron él y el Juli. Por el tiempo que les estuvimos esperando, aburridos como ostras, en la plazucha de aquél pueblo, fue creíble que se vinieron desde allí, a Madrid, a por el preciado polvo blanco. Se dieron un paseo de narices, entre otras cosas, por que la moto era una Yamaha de 80 cm^3. Tardaron un buen rato. Llegaron y se prepararon las rayas. Lo último que recuerdo es que alguien nos acercó a Jaime y a mí al camping. Menudo aburrimiento fue todo. Lo que siempre me inquietó de aquel panorama es que se trataba de gente de nivel social medio.
Mimi e Iven curraban con una vespino llevando componentes, por encargo, a los talleres mecánicos. Vivían con sus padres y dedicaban el sueldo a beber y meterse algo. Lo último que supe de ellos fue que Iven, se quemó vivo dentro de un coche, tras estrellarse con él. Escapaba de un control de la Guardia Civil.

viernes, 19 de marzo de 2010

SUEÑO DE UNA NOCHE DE INVIERNO

A través de los cristales helados y ahumados de la ventana de mi habitación miro el cielo despejado y nocturno. Veo tejados en penumbra y algunas estrellas.
Hace un rato que fueron las doce, pero no puedo dormirme. Veo el cielo como antes he estado mirando el techo. Siento deseo y angustia. Necesito salir a buscarla.
Me visto, apago las luces de mi casa y desciendo por la escalera. Escapo por mi portal y me zambullo en la oscura noche madrileña. El suelo está mojado, todo está mojado. Ha estado lloviendo todo el día, igual que ayer y antes de ayer. Pero hace un rato que dejó de caer agua y ahora el cielo está claro y cristalino. Es un cielo municipal con pocas estrellas (cosas de la contaminación lumínica) y una Luna grande y señorial. Hace frío, muchísimo frío, pero me siento conformado dentro de mi viejo abrigo del ejército alemán, el cual es largo, mullido y pesado. Hundo mis manos en mis bolsillos y decidido, camino a paso ligero.
Santa Engracia es una calle amplia, larga y viva, pero a estas horas yace solitaria. No hay ni un alma. Bajo la mirada de edificios, me voy deslizando hacia el centro de Madrid. Poco a poco, las distancias se van alejando y busco sin saber donde. Apenas me cruzo con nadie: alguna pareja bien agarrada, barrenderos armados con mangueras y cepillos y espectros solitarios. Paso por delante de tabernas y mesones de los que emanan bullicios hogareños y vapores etílicos. Así, atravieso la glorieta de Bilbao. Mi deseo se hace cada vez mayor y tan sólo me dejo guiar por él.
Me desvío por la calle de Velarde y desciendo hacia la Plaza del Dos de Mayo. Una moto de gran cilindrada descansa junto a la puerta del NUEVA VISIÓN, grande y potente como su dueño. Dentro suenan los RAMONES. Camino por Malasaña y oigo los rumores de las tribus. Siento como las tinieblas me envuelven y el miedo me droga como un fármaco caducado. Acelero el paso ante la visión de figuras hostiles, exhibiendo cabezas rapadas o con cresta, bajo el halo guerrero de no se que mierda de ideología. Y cuando quiero darme cuenta, cruzo la calle de San Bernardo, justo delante de la estrecha y entrañable boca del metro de Noviciado, envuelta en esa niebla fría y húmeda que va helando mi corazón. Pero el deseo es más fuerte. No se dónde está ella, pero se que está.
Testigos de mis pasos son edificios, unos que sobrevivieron a la guerra y otros que se hicieron con los cascotes de los que sucumbieron a las bombas y obuses. Ya he dejado atrás el peligro, pero no se por donde caminar. Me siento cansado y empiezo a creer que todo es una ilusión. Mi paso ya no es decidido y dudo. Desisto y empiezo el regreso a casa. Es entonces cuando veo el portal, de uno de esos viejos edificios construidos a base de cascotes, abierto. La voluntad regresa a mi de golpe y casi sin darme cuenta, penetro en el inmueble. Asciendo por la vieja escalera de madera, apenas alumbrada por débiles bombillas. Crujen como si estuviesen vivas y la oxidada barandillas cede a mis envistes. La noche penetra a través de las ventanas de los rellanos y puedo ver abajo, un patio breve, adornado con arbustos y macetas, que alberga viejos columbios de acero. A medida que agoto los últimos escalones, siento su presencia.
La puerta abierta me ofrece aquello que esconde. Es el único piso de aquella última planta. La luz esta encendida. Ando por sus estancias. Me recibe un salón pequeño y acogedor, que hace las veces de despacho. Las paredes están cubiertas de estanterías con libros. Un viejo sofá de dos plazas, verde, hace compañía a un escritorio que alberga papeles. Hay textos en castellano y lo que, dentro de mi ignorancia, adivino que es francés. Junto a los papeles, un viejo ordenador Macintosh, libros abiertos, una pluma negra y un baso, medio lleno de agua, con una hermosa mancha de carmín, impresa por unos bellos labios. Sin pensarlo, me lo llevo a la boca, justo por el lado de la mancha, tanto por la sequedad de mi garganta como por saborear el rastro de su boca.
No hay nadie. Busco y miro desesperado. En la cocina, sencilla y con bombona, el baño y el dormitorio. Todo está ordenado, pulcro y limpio. Pero no hay nadie. Regreso al salón que hace las veces de despacho y me siento en el viejo sofá verde. Empiezo a encontrarme muy cansado, abatido y seco. Pienso que ha sido todo una ilusión. Que ella no existe. Tan sólo es una ilusión erótica y espiritual. Estoy solo. Y así, hundiéndome en las tinieblas, me tumbo en el viejo sofá verde, acurrucado, dentro de mi viejo abrigo del ejército alemán. Un sueño oscuro y pesado cae sobre mí.
Cuando todo parece haber desaparecido, siento que se sienta a mi lado. Me abraza y me besa. Su calido y fresco tacto me rescata del pozo en el que me estaba hundiendo. La siento. Es real. Intento abrir mis ojos pero no veo nada. A pesar de ello, la luz me impregna. La tengo a ella a mi lado. La quiero y es verdad. Nos fundimos.
El radio despertador se impone en mi cuarto. Son las siete de la mañana y es lunes. Tengo por delante un día desolador de clases y laboratorios. De frío y de cansancio. Resignado me levanto de mi cama. Todo ha sido un sueño. Enciendo el radiador del baño y me echo un café en la cocina. Regreso a la cama y me tomo el negro caldo mientras escucho las noticias en la radio. Me ducho, me visto y dispongo todo para marcharme. No paro de repetirme que ha sido todo un jodido sueño. Que cómo iba a ser verdad. Tanta luz no podía ser posible y menos que alguien como ella pueda existir. Soñar con ángeles es lo que tiene.
Justo voy a salir de mi habitación, ya con mi viejo abrigo del ejército alemán puesto y la mochila al hombro, reparo en algo. El vaso de agua que habita todas las noches en mi cómoda está medio lleno. Tiene impresa una bella y femenina marca de carmín.

viernes, 12 de marzo de 2010

DESIERTO

En lo que llevamos de año no he escrito nada. Ahora me replanteo si realmente mereció la pena tener este blog. Me siento desganado y vacío. Constantemente mi cabeza está inundada de historias y reflexiones, pero a la hora de plasmarlas sobre el teclado, me siento falto de fuerzas. No se si se deberá a las circunstancias o a la propia configuración de mi persona. En fin.
Para quién lea esto, simplemente decirle que ha sido un placer. Lamento que todo se acerca a su fin. No encuentro mi sitio en la propia vida. He dejado de sentir mi propia identidad, si es que alguna vez la he sentido o tenido. Creo que he jugado a ser un intelectual y el tiro me ha salido por la culata. Esto sólo es para gente que ha estudiado carreras de letras, han hecho el interrail y tienen padres que son profesores de instituto o algo parecido. Ese no es mi caso. Si algo he ido aprendiendo hasta el momento es que uno debe de estar conforme con la clase social y vital que le ha tocado. Y así deberé de proceder a partir de ahora. Se acabaron los sueños.
Los próximos días decidirán.