martes, 20 de noviembre de 2007
domingo, 18 de noviembre de 2007
Café
Amargo como la vida o dulce como la muerte, el café está presente en mis rituales cotidianos. Lo suelo, bueno, siempre lo tomo solo, cargado o aguado, ya que mestizado me corta la digestión después de una buena pitanza y me provoca rezos y maldiciones en el escusado por las mañanas. En oveja negra me convierte tal preferencia en ambientes sociales, costumbristas del café con leche, buena o mala.
Hace años tenia la buena costumbre de levantarme, comer y tertuliar en compañía de infusiones como té o poleo no sin ellos quedar exento de los correspondientes y apropiados reproches por tomar “agua tísica”.
Ahora, por azares del destino y los gustos, mi paladar se deleita con ese oscuro y colombino néctar.
Oh! Que sensación, que inquietud, que angustia, que agobio, que nervios! La cafeína se va calando en los nervios hasta cristalizar y pinchar la moral. Terrible. Pero como bien dijo el fraile en una novela, en la mesura reside la virtud, a lo que yo añado: y en lo contrario la humanidad.
Hace años tenia la buena costumbre de levantarme, comer y tertuliar en compañía de infusiones como té o poleo no sin ellos quedar exento de los correspondientes y apropiados reproches por tomar “agua tísica”.
Ahora, por azares del destino y los gustos, mi paladar se deleita con ese oscuro y colombino néctar.
Oh! Que sensación, que inquietud, que angustia, que agobio, que nervios! La cafeína se va calando en los nervios hasta cristalizar y pinchar la moral. Terrible. Pero como bien dijo el fraile en una novela, en la mesura reside la virtud, a lo que yo añado: y en lo contrario la humanidad.
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