sábado, 9 de mayo de 2009


Había también una estación de ferrocarril, un pequeño ferrocarril de vía estrecha que recorría campos de trigo y cruzaba ríos secos, y allá abajo estaban, como juguetes de mi infancia, las máquinas románticas (hay un romanticismo férreo e industrial), los vagones olvidados en las vías cruzadas de hierba, y por un momento temí que el tren ya no funcionase, pero de pronto apareció por detrás de la montaña una locomotora presurosa y humeante, arrastrando un tren de mercancías y viajeros, con el sol brillando en las ventanillas o dando botes en el metal de los grandes bidones que transportaba, y me fue cómica y emocionante aquella aparición, divertida y tierna, de modo que me conmoví, y el tren que me había fascinado de niño, el tren de película aventurera que iba como por libre, buscando caminos a capricho, era ahora un pequeño tren de recorrido breve, un tren que moriría pronto, según había leído yo en los periódicos de la ciudad, un afanoso e inútil viaje dentro de los límites cortos de mi propia vida.


Fancisco Umbral


Las Ninfas