Hoy me levanté melancólico y llevo todo el día dándole vueltas al recuerdo de algo que pasó al recuerdo hace ya unos años.
El verano pasado, mi amigo Paco y yo nos fuimos de viaje al Valle de Alcudia. Tras escapar de unos atascos horrorosos y las mil y una trampas de la faraónica M-30, tomamos la autovía de Toledo. Pasada la capital visigoda, nos quedaba el resto de la provincia por la N-401 con dirección a Ciudad Real. El caso es que no habíamos comido y tras pasar un túnel bajo los Montes de Toledo, decidimos buscar un bar de mala muerte donde comprar bebida y cambiar el agua al canario. Así que nos desviamos al paso por el pueblo de Los Yébenes. De allí es natural El Pavón, un personaje que hace años me dio matemáticas y fue mi tutor de segundo de bachillerato en La Paloma. Otro día hablaré de él. El caso es que el pueblo estaba desierto y no atinamos con nada interesante, así que quisimos volver a la nacional citada anteriormente. Pero no acertamos bien y acabamos pasando por encima de ella a través de una comarcal dirección este. Había que buscar un sitio donde dar la vuelta. Justo donde parecía que podíamos hacerlo, se nos aparecieron dos viejos edificios, los cuales reconocí en seguida como instalaciones ferroviarias. Se trataba de la estación de Los Yébenes. Estación si, pero sin vías. Tomamos la decisión de quedarnos allí a comer.
El 3 de febrero de 1879 se inauguró el ferrocarril de Madrid a Ciudad Real, propiedad de la Compañía del Ferrocarril de Ciudad Real a Badajoz, con origen en la estación de Delicias, en Madrid y pasando por Parla. Éste camino de hierro formó parte de la hazaña técnica y económica del XIX, en un país atrasado y machacado por guerras civiles y un poder político deleznable. Dio comunicación y servicio a diversos pueblos que ocupaban las submeseta sur, como en el que acabamos mi amigo y yo. No voy a ponerme ahora a describir y estudiar la historia de esta línea (que me interesa y mucho) pero si decir que su fin llegó cuando España salía de su crisálida anacrónica. En 1992 se llevaron a cabo los Juegos Olímpicos de Barcelona, se celebró la Exposición Universal de Sevilla y además de otras cosas, se inauguró el tren de alta velocidad de Madrid a Sevilla; el AVE. Unos de los criterios técnicos que se tomaron para realizar tal obra civil, fue la de pisar parte del trazado de otros dos viejos ferrocarriles. Uno de ellos, ya desmantelado a finales de los 60, el Peñarroya-Puertollano. El otro, el ferrocarril de Madrid a Ciudad Real, desde Parla. Para ello sus vías fueron arrancadas, parte de su trazado ocupado por el nuevo y flamante tren de alta velocidad y sus instalaciones abandonadas. Hasta entonces, estaba activo y contaba servicio de viajeros.
Tras saciarnos Paco y yo con tortilla de patatas, lomo empanado y fiambre catalán, apoyados en la plataforma de lo que fue el muelle de carga, nos pusimos a investigar lo que habíamos encontrado. Todo totalmente destrozado, sucio y dejado. De por donde pasaban las vías ya casi no quedaba ni el aspecto. Balasto removido y andenes aniquilados. El techo de la construcción junto a la cual habíamos comido en parte derrumbado. Pero lo más tétrico vino al asomarnos al edificio de viajeros. Con espíritus o sin ellos, el mal rollo a la hora de meter el morro en lo que fue el vestíbulo, agobiaba. Las escalera que llevaba a la planta superior, donde solía estar la vivienda del jefe de estación se había derrumbado. El cadáver de una paloma colgando de un estribo del piso de arriba nos daba la bienvenida. Manchas de sangre (o lo parecían) en las paredes y pintadas hechas por fachuzos. El suelo lleno de escombros y porquería. La verdad es que no estuvimos mucho tiempo allí.
Aquella estación fue testigo del progreso y la decadencia. Por ella se vio pasar la vida y la muerte, la paz y la guerra, el hambre y el estraperlo. Largos trenes de vapor con correo, primera, segunda y tercera clase. Los primeros trenes internacionales en España que nos unieron con Portugal (en el XIX). El paso de la tracción de vapor a la diesel (esta línea nunca llegó a estar electrificada). Por Yébenes pasó mi madre la primera vez que de niña vino a Madrid a visitar a sus tíos o luego cuando lo hizo para buscarse la vida. Por el vestíbulo que nos dio mal pisto, anduvieron lugareños, estudiantes que volvían al pueblo por verano, mozos que se iban a la mili para regresar hechos hombres, novias y novios, despedidas y bienvenidas, abrazos y lágrimas. En ella me imagino a jóvenes ochenteros con sus pintillas, echándose un cigarro mientras esperaban al automotor diesel que les llevaría al seno del Madrid de la Movida. Historias y más historias, hasta que un día se ejecutó la orden de cierre y Yébenes pasó a formar parte de ellas. Además, el trazado del ave pasa a pocos metros por delante, haciéndola testigo del ir y venir, constante y veloz, del progreso que la condenó. Este viejo edificio, vive desde entonces llorando en el olvido.
El verano pasado, mi amigo Paco y yo nos fuimos de viaje al Valle de Alcudia. Tras escapar de unos atascos horrorosos y las mil y una trampas de la faraónica M-30, tomamos la autovía de Toledo. Pasada la capital visigoda, nos quedaba el resto de la provincia por la N-401 con dirección a Ciudad Real. El caso es que no habíamos comido y tras pasar un túnel bajo los Montes de Toledo, decidimos buscar un bar de mala muerte donde comprar bebida y cambiar el agua al canario. Así que nos desviamos al paso por el pueblo de Los Yébenes. De allí es natural El Pavón, un personaje que hace años me dio matemáticas y fue mi tutor de segundo de bachillerato en La Paloma. Otro día hablaré de él. El caso es que el pueblo estaba desierto y no atinamos con nada interesante, así que quisimos volver a la nacional citada anteriormente. Pero no acertamos bien y acabamos pasando por encima de ella a través de una comarcal dirección este. Había que buscar un sitio donde dar la vuelta. Justo donde parecía que podíamos hacerlo, se nos aparecieron dos viejos edificios, los cuales reconocí en seguida como instalaciones ferroviarias. Se trataba de la estación de Los Yébenes. Estación si, pero sin vías. Tomamos la decisión de quedarnos allí a comer.
El 3 de febrero de 1879 se inauguró el ferrocarril de Madrid a Ciudad Real, propiedad de la Compañía del Ferrocarril de Ciudad Real a Badajoz, con origen en la estación de Delicias, en Madrid y pasando por Parla. Éste camino de hierro formó parte de la hazaña técnica y económica del XIX, en un país atrasado y machacado por guerras civiles y un poder político deleznable. Dio comunicación y servicio a diversos pueblos que ocupaban las submeseta sur, como en el que acabamos mi amigo y yo. No voy a ponerme ahora a describir y estudiar la historia de esta línea (que me interesa y mucho) pero si decir que su fin llegó cuando España salía de su crisálida anacrónica. En 1992 se llevaron a cabo los Juegos Olímpicos de Barcelona, se celebró la Exposición Universal de Sevilla y además de otras cosas, se inauguró el tren de alta velocidad de Madrid a Sevilla; el AVE. Unos de los criterios técnicos que se tomaron para realizar tal obra civil, fue la de pisar parte del trazado de otros dos viejos ferrocarriles. Uno de ellos, ya desmantelado a finales de los 60, el Peñarroya-Puertollano. El otro, el ferrocarril de Madrid a Ciudad Real, desde Parla. Para ello sus vías fueron arrancadas, parte de su trazado ocupado por el nuevo y flamante tren de alta velocidad y sus instalaciones abandonadas. Hasta entonces, estaba activo y contaba servicio de viajeros.
Tras saciarnos Paco y yo con tortilla de patatas, lomo empanado y fiambre catalán, apoyados en la plataforma de lo que fue el muelle de carga, nos pusimos a investigar lo que habíamos encontrado. Todo totalmente destrozado, sucio y dejado. De por donde pasaban las vías ya casi no quedaba ni el aspecto. Balasto removido y andenes aniquilados. El techo de la construcción junto a la cual habíamos comido en parte derrumbado. Pero lo más tétrico vino al asomarnos al edificio de viajeros. Con espíritus o sin ellos, el mal rollo a la hora de meter el morro en lo que fue el vestíbulo, agobiaba. Las escalera que llevaba a la planta superior, donde solía estar la vivienda del jefe de estación se había derrumbado. El cadáver de una paloma colgando de un estribo del piso de arriba nos daba la bienvenida. Manchas de sangre (o lo parecían) en las paredes y pintadas hechas por fachuzos. El suelo lleno de escombros y porquería. La verdad es que no estuvimos mucho tiempo allí.
Aquella estación fue testigo del progreso y la decadencia. Por ella se vio pasar la vida y la muerte, la paz y la guerra, el hambre y el estraperlo. Largos trenes de vapor con correo, primera, segunda y tercera clase. Los primeros trenes internacionales en España que nos unieron con Portugal (en el XIX). El paso de la tracción de vapor a la diesel (esta línea nunca llegó a estar electrificada). Por Yébenes pasó mi madre la primera vez que de niña vino a Madrid a visitar a sus tíos o luego cuando lo hizo para buscarse la vida. Por el vestíbulo que nos dio mal pisto, anduvieron lugareños, estudiantes que volvían al pueblo por verano, mozos que se iban a la mili para regresar hechos hombres, novias y novios, despedidas y bienvenidas, abrazos y lágrimas. En ella me imagino a jóvenes ochenteros con sus pintillas, echándose un cigarro mientras esperaban al automotor diesel que les llevaría al seno del Madrid de la Movida. Historias y más historias, hasta que un día se ejecutó la orden de cierre y Yébenes pasó a formar parte de ellas. Además, el trazado del ave pasa a pocos metros por delante, haciéndola testigo del ir y venir, constante y veloz, del progreso que la condenó. Este viejo edificio, vive desde entonces llorando en el olvido.

1 comentario:
Una vergüenza, pero tenemos lo que nos merecemos.
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