jueves, 20 de agosto de 2009

EL FIN


Ayer por la noche haciendo zapping di con Eduardo Punset en el programa Cara a Cara de CNN+. Dejé de dispara con el mando y me detuve a escuchar a tan agradable divulgador científico. Hablaba de sus experiencias y aprendizajes sobre la ciencia.
Una de las cosas que comentó es que el ser humano, como casi todos los monicacos, presenta una gran dificultad a cambiar de opinión sobre algo o incluso simplemente cambiar. La misma idea de dejar de ser quien somos nos aterra. Eso explica muchas conductas estúpidas y que no benefician a nadie. Rectificar es de sabios y hay que hacer el esfuerzo de abrirse a nuevas visiones o conductas.
Cuando surgió el concepto de felicidad, Eduardo Punset la definió como la ausencia de miedo. Estoy de acuerdo. En el momento en que existe miedo por algo no se está a gusto. Uno se vuelve siervo de las malas ideas, rabias y angustias. Recuerdo que en una de las pelis de Star Wars un maestro de esos con espada de las que queman, proclamaba que el miedo conduce a la ira, la ira al odio y el odio al sufrimiento. Creo que era en este orden y si no es así, por favor, que algún entendido en la materia me corrija. Está claro que con sufrimiento no se es feliz. Por felicidad se pueden entender muchas cosas, algunas más reales que otras. Hay para quien se trata de un estado continuo de orgasmo virtuoso y algodonado. Luego viene la rehabilitación. Yo opino algo parecido a Punset. Se trata de una ausencia de miedo o al menos en cierta magnitud. Siempre hay problemas y preocupaciones, pero cuanto menos mejor. También lo asocio a la paz. La falta de conflicto endulza y se puede tener por fuera o por dentro. Muchas veces, las peores guerras son las que se libran dentro de uno mismo. Es una victoria conseguir estar en paz con uno mismo. Ramiro Calle señala que el sufrimiento sólo lo debe de provocar la enfermedad, propia o de los seres queridos y las acciones de personas aviesas y moralmente desviadas. Por lo demás, sobra estar jodido.
Punset también comentó que a veces la felicidad se encuentra en la antesala de la felicidad. Hace tiempo que me he ido dando cuenta de que el fin en sí mismo no debe ser el pilar del bienestar. Hay que hacer por disfrutar del camino, la ruta o el sendero. Tomarlo a las malas y andar cargándose uno mismo de piedras sólo conduce a un sufrimiento extra o incluso a no poder llegar al destino deseado. No es fácil y ello constituye el arte de vivir; la ética. Yo, por ejemplo, me enfrento a la continuación de un camino largo, para acabar la carrera (Ingeniería Técnica Industrial) a costa de esfuerzo, concentración, dedicación, sacrificio y constancia. Tengo un amigo, a quien quiero mucho, que simboliza, en cierto modo, el fin. Trabaja, está casado, tiene casa, coche, ahorros, etc. Si pienso en todo eso, que no tengo, pues llego a sentir frustración. Pero así no se va a ningún lado. Como dicen los viejos, ya habrá tiempo. Ahora me toca esforzarme y disfrutar de la vida según se me presente, por paupérrima que pueda parecer. Tampoco me falta una cama cómoda, casa (la de mi madre), comida, agua caliente, calefacción, medicamentos, servicio médico, etc. Por no descontar el cariño de mis seres queridos (amigos y algunos familiares). Es en esto en lo que Ramiro Calle se refiere con la historia de un hombre que hizo un viaje largo (meses caminando por montañas) hacia un templo en busca de la plenitud espiritual. Al llegar, el sabio monje que le atendió le dijo que todo aquello fue innecesario. Esa plenitud la tenemos en cualquier momento con nosotros mismos. Es cuestión de saber alcanzarla. Sin duda unas veces de manera más fácil y otras mucho más difícil. En todo esto la humildad es la mejor de las posturas.
A Ramiro Calle también le conocí en una edición de Cara a Cara. La televisión no sólo ofrece basura.

miércoles, 12 de agosto de 2009

COMO EL GATO Y EL PERRO

La última vez que estuve con Mijel, en cuerpo presente, terminamos la velada en un bar-cafetería de la calle de Arenal, poco antes de su partida al Perú.
Hablamos de varias cosas que no recuerdo a excepción de un tema sobre gatos. Y hablar de gatos es hablar de perros. La cosa comenzó con que mi amigo dijo que le gustaría tener un gato en su casa. Estar plácidamente en un sillón leyendo y ver al felino pasar, pararse, mirar a su dueño (un gato nuca tiene dueño) y seguir a lo suyo.
El gato siempre va a lo suyo. Su instinto es el de satisfacer sus necesidades arrimándose al sol que más caliente. Es pelota y falso. Es educado y decoroso. Hace sus cosas en su sitio, se mueve con sensualidad y siempre cae de pie.
A mi lo de tener animales en un piso no me va. Menos aún tener a un ser que está conmigo por interés y que si no le das lo que quiere me putea y luego pasa de mi culo. Además, guarda una mala leche tremenda y cuchillas afiladas en sus extremidades. Encima, exhibe una dentadura afilada y demoníaca. Siempre que miro a un gato veo en él a un pequeño demonio. El demonio siempre es sensual, mimoso y calentito.
Me viene a la memoria los innumerables métodos de ejecución y tortura que se llevaban a cabo, según me contó mi padre, en los pueblos de la España del pan y quesillo. Por nombrar uno, aquel en el que los mozalbetes uniformados de remiendos enterraban al animal dejando solo su cabeza en la superficie y jugaban a atizarle pedradas. Era cruel, sádico y crudo, pero era así. Antes de que cualquiera quiera conducirme a la hoguera, declaro que no me van esos rollos. Yo el gato ni lo acaricio (bueno, un poco si) ni lo torturo. Creo que Víctor Hugo escribió que Dios creó al gato para que el hombre pudiese acariciar a un tigre. Debe ser que también para que pudiese putearle.
El perro, en cambio, a pesar de sus malos modos, tosquedad o falta de decoro, es leal, cariñoso, noble y fiel. También es cierto que hay razas y razas. Depende de muchos factores la personalidad del can (educación, amo, experiencias,…) pero si no me equivoco es un animal con sentido de la manada y capaz de identificar a un humano como jefe de esa manada y su familia los miembros de esta. En su lealtad, el perro acompaña en riqueza o pobreza, en hogar o camino. El perro sufre junto a su dueño y siempre le espera en la distancia. Los perros pueden morir por estrés o pena. Le permiten al ser humano mucho más de lo que deberían.
Mis abuelos, (maternos) tuvieron una perra llamada Chica con la que crecí cada verano en aquel férreo pueblo del norte de Córdoba (Peñarroya). Cada vez que mi padre iba allí en vacaciones, la sacaba de paseo por campos, peñas y montes. Ella disfrutaba mucho ya que normalmente vivía recluida en el patio, de la casa de mis abuelos. Cuando la relación entre mis padres se había deteriorado lo suficiente, él dejó de ir a Peñarroya. Pero cada vez que íbamos mi madre, mis hermanos y yo. Ella se agitaba pensando que su señor había llegado. Pero al rato, con tristeza, veía que el no nos acompañaba. Hasta que murió, hace ya unos años, siempre le estuvo esperando con la lengua fuera y meneando el rabo. A veces parece que un perro puede tener alma.
Muchas veces en la vida hay que ser gato o perro. Yo, hace poco, con el ya mi exjefe, tuve que ser gato. Para salvar mis intereses necesité ser frío, directo (el gato es muy directo) y anunciarle mi interés en dejar su empresa. Si me da por ser perro, aún sigo allí y jodido. En cambio, si hay personas (las que menos) con las que se ha de ser perro, fiel y cariñoso. Eso nos hace ir teniendo alma.
En ocasiones parece que la mujer es felina y el hombre perruno. Luego, está el caniche, que como escribió Francisco Umbral, se trata del perro que quiso ser gato.