Recuerdo que aquel, fue un invierno muy frío. Frío en el mercurio y en mi alma. Se acerca Noche Vieja y aún me estremezco recordando la de aquel año.
A Maribel la conocí en una boda. Un evento precioso y civil, lleno de encanto y celebrado en un monasterio abandonado (pero debidamente restaurado). Como estaba en medio del campo, los novios alquilaron un autobús para llevarnos a los invitados hasta allí y luego volver. Durante la jornada nos fuimos conociendo y el regreso en el bus nos lo pasamos enrollándonos.
Ella era 7 años mayor que yo, con la carrera casi acabada (la misma que yo estudiaba y sigo estudiando) y el futuro profesional por delante. Por eso y otros motivos me mentalicé, o lo intenté, de que aquello no llegaría muy lejos. Pero ella me gustaba.
Pasaron los días y nos volvimos a ver. Incluso después de su viaje de una semana a Holanda. Yo ya no le daba esperanzas al asunto. Pensaba que conocería gente interesante con la que hacer cosas interesantes y se olvidaría de mí. Pero no fue así.
Aquel curso para mi fue un desastre. Me enfrentaba a asignaturas en las que estaba a dos velas, acababa de dejar de fumar y mi tío Manolo, mi padrino, se estaba muriendo de cáncer. Sentía una presión encima terrible y una impotencia peor aún. Fui sobrellevando la situación unas semanas. Pero terminé por caer.
Lo mío con Maribel seguía adelante, pero sin nombre. Nuestro primer encuentro en la cama me fascinó. Empezaba a sentirme pillado por ella.
Pero las cosas me iban mal. Estaba cada vez más nervioso y jodido. La situación se me iba de las manos. Tardé en recuperarme de los efectos secundarios provocados por dejar el tabaco. Mi tío cada día estaba peor, entrando y saliendo del hospital. Tenía 55 años y un cáncer de colon que se le había extendido al hígado, pulmón y demás órganos. Admito que no tuve la entereza suficiente y viví atormentado por ello. Me sentía muy frustrado de ver como me estancaba en los estudios. Pero además, ella lo percibió y comenzó a alejarse de mí. Las Navidades estaban encima y sabía que iban a ser duras. Yo no quería pedirla matrimonio ni limitar su libertad. Solo me bastaba con un poco de cariño y una voz amiga. Pero ella no quiso. Qué le íbamos a hacer. Lo que más me dolió fue que se evadía de quedar conmigo y los msn me los contestaba dos días después. Estaba en su derecho de hacerlo. Aunque si es un chico el que lo hace, es un cabrón. Si es una chica, es que es moderna y sofisticada. Fui deprimiéndome poco a poco.
Yo no quería tirar la toalla y me hice el propósito de, en aquellos días navideños, aprovechar para estudiar y ponerme al día en las asignaturas. No fui capaz. Cuando llegó Noche vieja, yo no tenía plan. Ella se había ido a su pueblo y de todas maneras mis planes ya no eran los suyos. Mis amigos tenían sus propias historias. Me volví a hacer el firme propósito de tomarme aquella noche como otra cualquiera y al día siguiente, con la fresca, enfrentarme a los apuntes; me hundí.
Ni me arrepiento ni volvería a hacerlo. Tras cenar con mi padre y regresar a mi casa en soledad, pensando en la felicidad que impregnaba al personal, mi corazón se envenenó. Me sentía muy impotente. No sabía que le había molestado o sentado mal. O simplemente le había dejado de gustar. Sentía una inseguridad aplastante. Veía en mi a la peor mierda que había sobre la Tierra. Y mi ego se encargaba de restregármelo. Busqué consuelo en una botella de whisky. Me la calcé casi entera y a morro. Vomité toda aquella cena, que mi padre había preparado con esmero y amor. Faltó poco para quedarme inconsciente y ahogarme con mi propio vómito. Una muerte roquera donde las haya.
Días después ella se empeñó en que quedásemos. Gilipollas de mi, accedí. Parece ser que necesitaba excusarse por no contestar mis mensajes o tratarme como un leproso. Las palabras se las podía haber metido por el culo, pero no tuve cojones a decírselo. Se justificó en que yo había llevado la relación más lejos de lo que para ella era una simple amistad especial. Y una mierda. Ella también tiró de la cuerda en su momento. Y si quería echar marcha atrás, no tenía nada más que haberlo dicho. Aquí cada uno es libre como el viento. Pero la incertidumbre es una hoja afilada y muy oxidada.
Yo la necesite, pero solo encontré silencio. El silencio es la voz del frío. El invierno seguía adelante y los días contaban. Mi tío fue degradándose más y más. Un día ingresó en el hospital para no volver a salir más. Cada vez estaba más esquelético. Su aparato digestivo había dejado de funcionar. Entre delirios de morfina decía que Dios y mi difunta abuela iban a buscarle. Una fría noche de sábado, exhaló su último aliento.
El rencor a los demás y uno mismo es una pesada bola de hierro que se arrastra. No merece la pena. No merece la pena el desconsuelo que tuve con Maribel o el castigo que me dediqué a mi mismo pensando que la podría haber sentado mal. Nada importa. Ni Yo ni ella.
Dame mi alma y déjame en paz. Hay una canción de El Último de la Fila que resume todo lo dicho.
A Maribel la conocí en una boda. Un evento precioso y civil, lleno de encanto y celebrado en un monasterio abandonado (pero debidamente restaurado). Como estaba en medio del campo, los novios alquilaron un autobús para llevarnos a los invitados hasta allí y luego volver. Durante la jornada nos fuimos conociendo y el regreso en el bus nos lo pasamos enrollándonos.
Ella era 7 años mayor que yo, con la carrera casi acabada (la misma que yo estudiaba y sigo estudiando) y el futuro profesional por delante. Por eso y otros motivos me mentalicé, o lo intenté, de que aquello no llegaría muy lejos. Pero ella me gustaba.
Pasaron los días y nos volvimos a ver. Incluso después de su viaje de una semana a Holanda. Yo ya no le daba esperanzas al asunto. Pensaba que conocería gente interesante con la que hacer cosas interesantes y se olvidaría de mí. Pero no fue así.
Aquel curso para mi fue un desastre. Me enfrentaba a asignaturas en las que estaba a dos velas, acababa de dejar de fumar y mi tío Manolo, mi padrino, se estaba muriendo de cáncer. Sentía una presión encima terrible y una impotencia peor aún. Fui sobrellevando la situación unas semanas. Pero terminé por caer.
Lo mío con Maribel seguía adelante, pero sin nombre. Nuestro primer encuentro en la cama me fascinó. Empezaba a sentirme pillado por ella.
Pero las cosas me iban mal. Estaba cada vez más nervioso y jodido. La situación se me iba de las manos. Tardé en recuperarme de los efectos secundarios provocados por dejar el tabaco. Mi tío cada día estaba peor, entrando y saliendo del hospital. Tenía 55 años y un cáncer de colon que se le había extendido al hígado, pulmón y demás órganos. Admito que no tuve la entereza suficiente y viví atormentado por ello. Me sentía muy frustrado de ver como me estancaba en los estudios. Pero además, ella lo percibió y comenzó a alejarse de mí. Las Navidades estaban encima y sabía que iban a ser duras. Yo no quería pedirla matrimonio ni limitar su libertad. Solo me bastaba con un poco de cariño y una voz amiga. Pero ella no quiso. Qué le íbamos a hacer. Lo que más me dolió fue que se evadía de quedar conmigo y los msn me los contestaba dos días después. Estaba en su derecho de hacerlo. Aunque si es un chico el que lo hace, es un cabrón. Si es una chica, es que es moderna y sofisticada. Fui deprimiéndome poco a poco.
Yo no quería tirar la toalla y me hice el propósito de, en aquellos días navideños, aprovechar para estudiar y ponerme al día en las asignaturas. No fui capaz. Cuando llegó Noche vieja, yo no tenía plan. Ella se había ido a su pueblo y de todas maneras mis planes ya no eran los suyos. Mis amigos tenían sus propias historias. Me volví a hacer el firme propósito de tomarme aquella noche como otra cualquiera y al día siguiente, con la fresca, enfrentarme a los apuntes; me hundí.
Ni me arrepiento ni volvería a hacerlo. Tras cenar con mi padre y regresar a mi casa en soledad, pensando en la felicidad que impregnaba al personal, mi corazón se envenenó. Me sentía muy impotente. No sabía que le había molestado o sentado mal. O simplemente le había dejado de gustar. Sentía una inseguridad aplastante. Veía en mi a la peor mierda que había sobre la Tierra. Y mi ego se encargaba de restregármelo. Busqué consuelo en una botella de whisky. Me la calcé casi entera y a morro. Vomité toda aquella cena, que mi padre había preparado con esmero y amor. Faltó poco para quedarme inconsciente y ahogarme con mi propio vómito. Una muerte roquera donde las haya.
Días después ella se empeñó en que quedásemos. Gilipollas de mi, accedí. Parece ser que necesitaba excusarse por no contestar mis mensajes o tratarme como un leproso. Las palabras se las podía haber metido por el culo, pero no tuve cojones a decírselo. Se justificó en que yo había llevado la relación más lejos de lo que para ella era una simple amistad especial. Y una mierda. Ella también tiró de la cuerda en su momento. Y si quería echar marcha atrás, no tenía nada más que haberlo dicho. Aquí cada uno es libre como el viento. Pero la incertidumbre es una hoja afilada y muy oxidada.
Yo la necesite, pero solo encontré silencio. El silencio es la voz del frío. El invierno seguía adelante y los días contaban. Mi tío fue degradándose más y más. Un día ingresó en el hospital para no volver a salir más. Cada vez estaba más esquelético. Su aparato digestivo había dejado de funcionar. Entre delirios de morfina decía que Dios y mi difunta abuela iban a buscarle. Una fría noche de sábado, exhaló su último aliento.
El rencor a los demás y uno mismo es una pesada bola de hierro que se arrastra. No merece la pena. No merece la pena el desconsuelo que tuve con Maribel o el castigo que me dediqué a mi mismo pensando que la podría haber sentado mal. Nada importa. Ni Yo ni ella.
Dame mi alma y déjame en paz. Hay una canción de El Último de la Fila que resume todo lo dicho.

