miércoles, 30 de diciembre de 2009

INSURRECCIÓN

Recuerdo que aquel, fue un invierno muy frío. Frío en el mercurio y en mi alma. Se acerca Noche Vieja y aún me estremezco recordando la de aquel año.
A Maribel la conocí en una boda. Un evento precioso y civil, lleno de encanto y celebrado en un monasterio abandonado (pero debidamente restaurado). Como estaba en medio del campo, los novios alquilaron un autobús para llevarnos a los invitados hasta allí y luego volver. Durante la jornada nos fuimos conociendo y el regreso en el bus nos lo pasamos enrollándonos.
Ella era 7 años mayor que yo, con la carrera casi acabada (la misma que yo estudiaba y sigo estudiando) y el futuro profesional por delante. Por eso y otros motivos me mentalicé, o lo intenté, de que aquello no llegaría muy lejos. Pero ella me gustaba.
Pasaron los días y nos volvimos a ver. Incluso después de su viaje de una semana a Holanda. Yo ya no le daba esperanzas al asunto. Pensaba que conocería gente interesante con la que hacer cosas interesantes y se olvidaría de mí. Pero no fue así.
Aquel curso para mi fue un desastre. Me enfrentaba a asignaturas en las que estaba a dos velas, acababa de dejar de fumar y mi tío Manolo, mi padrino, se estaba muriendo de cáncer. Sentía una presión encima terrible y una impotencia peor aún. Fui sobrellevando la situación unas semanas. Pero terminé por caer.
Lo mío con Maribel seguía adelante, pero sin nombre. Nuestro primer encuentro en la cama me fascinó. Empezaba a sentirme pillado por ella.
Pero las cosas me iban mal. Estaba cada vez más nervioso y jodido. La situación se me iba de las manos. Tardé en recuperarme de los efectos secundarios provocados por dejar el tabaco. Mi tío cada día estaba peor, entrando y saliendo del hospital. Tenía 55 años y un cáncer de colon que se le había extendido al hígado, pulmón y demás órganos. Admito que no tuve la entereza suficiente y viví atormentado por ello. Me sentía muy frustrado de ver como me estancaba en los estudios. Pero además, ella lo percibió y comenzó a alejarse de mí. Las Navidades estaban encima y sabía que iban a ser duras. Yo no quería pedirla matrimonio ni limitar su libertad. Solo me bastaba con un poco de cariño y una voz amiga. Pero ella no quiso. Qué le íbamos a hacer. Lo que más me dolió fue que se evadía de quedar conmigo y los msn me los contestaba dos días después. Estaba en su derecho de hacerlo. Aunque si es un chico el que lo hace, es un cabrón. Si es una chica, es que es moderna y sofisticada. Fui deprimiéndome poco a poco.
Yo no quería tirar la toalla y me hice el propósito de, en aquellos días navideños, aprovechar para estudiar y ponerme al día en las asignaturas. No fui capaz. Cuando llegó Noche vieja, yo no tenía plan. Ella se había ido a su pueblo y de todas maneras mis planes ya no eran los suyos. Mis amigos tenían sus propias historias. Me volví a hacer el firme propósito de tomarme aquella noche como otra cualquiera y al día siguiente, con la fresca, enfrentarme a los apuntes; me hundí.
Ni me arrepiento ni volvería a hacerlo. Tras cenar con mi padre y regresar a mi casa en soledad, pensando en la felicidad que impregnaba al personal, mi corazón se envenenó. Me sentía muy impotente. No sabía que le había molestado o sentado mal. O simplemente le había dejado de gustar. Sentía una inseguridad aplastante. Veía en mi a la peor mierda que había sobre la Tierra. Y mi ego se encargaba de restregármelo. Busqué consuelo en una botella de whisky. Me la calcé casi entera y a morro. Vomité toda aquella cena, que mi padre había preparado con esmero y amor. Faltó poco para quedarme inconsciente y ahogarme con mi propio vómito. Una muerte roquera donde las haya.
Días después ella se empeñó en que quedásemos. Gilipollas de mi, accedí. Parece ser que necesitaba excusarse por no contestar mis mensajes o tratarme como un leproso. Las palabras se las podía haber metido por el culo, pero no tuve cojones a decírselo. Se justificó en que yo había llevado la relación más lejos de lo que para ella era una simple amistad especial. Y una mierda. Ella también tiró de la cuerda en su momento. Y si quería echar marcha atrás, no tenía nada más que haberlo dicho. Aquí cada uno es libre como el viento. Pero la incertidumbre es una hoja afilada y muy oxidada.
Yo la necesite, pero solo encontré silencio. El silencio es la voz del frío. El invierno seguía adelante y los días contaban. Mi tío fue degradándose más y más. Un día ingresó en el hospital para no volver a salir más. Cada vez estaba más esquelético. Su aparato digestivo había dejado de funcionar. Entre delirios de morfina decía que Dios y mi difunta abuela iban a buscarle. Una fría noche de sábado, exhaló su último aliento.
El rencor a los demás y uno mismo es una pesada bola de hierro que se arrastra. No merece la pena. No merece la pena el desconsuelo que tuve con Maribel o el castigo que me dediqué a mi mismo pensando que la podría haber sentado mal. Nada importa. Ni Yo ni ella.
Dame mi alma y déjame en paz. Hay una canción de El Último de la Fila que resume todo lo dicho.



sábado, 12 de diciembre de 2009

TRIBUNAL




Desde luego, el destino es caprichoso, muy caprichoso. Cuando esta mañana estaba a punto de salir por la puerta, me di cuenta que me dejaba documentos necesarios para el trabajo que estoy desempeñando como becario en el departamento de Física de mi escuela. Total, que a encender otra vez el ordenador y volcar papeles electrónicos en ese pequeño y simpático disco duro que es el pen drive. La operación no duró mucho, pero como ya iba con la hora pegada me retrasé unos 10 minutos. Escopetado salí a pillar el Metro. Al poco de llegar al andén, el convoy irrumpió en la estación cargado de gente. Me acomodé como pude y saqué el libro que ando leyéndome cuando viajo en el Metro: Los Metales Nocturnos de Francisco Umbral. Y como por arte de magia, al llegar a Tribunal y cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, entró Ana en mi mismo coche y por la misma puerta. Hacía mucho que no nos veíamos y reconociéndonos al instante, se acercó para darme dos besos. En lo poco que duró el trayecto hasta Sol, me contó para donde y hablamos lo que pudimos de nuestras vidas. Con cariño y felicitaciones por su trabajo me despedí de ella en las taquillas (robóticas y metálicas) del Cercanías de Sol. La encontré muy guapa y no se cuando volveré a verla en persona. El destino decidirá.
El 7 de febrero de 1997 para mí, fue una fecha grande. Era mi primer año de instituto y llevaba tiempo (toda la vida) con ganas de escapar de los confines de mi barrio en lo que a ocio de fin de semana se refería. Estaba cansado del tribalismo y la endogamia cultural que se cocían los personajes, compañeros del colegio, con los que me juntaba hasta entonces. Quería conocer y experimentar la noche madrileña, de la que tanto me había hablado mi hermano. El caso es que fui haciendo colegas nuevos y llegado el momento, mi amigo Tino me invitó a pasarme un sábado por el parque de Barceló, junto al Metro de Tribunal. El no iba a estar por motivos familiares, pero me convenció de que iba a haber gente del Fortuny con la que trabar conversación y cachondeó. También se pasaría por allí mi Edu el Negro. Llegó el momento, el día y la hora. Me arreglé aunque no en exceso y pillé el Metro, como lo hice hoy, pero para bajarme en Tribunal. Ya cuando el tren descendía la rampa que hay entre la citada estación y Bilbao, comencé a estar nervioso. No era miedo, era emoción. Era la primera vez que salía de verdad (así lo he considerado siempre), sólo y dispuesto a buscarme el plan. El coche iba hasta arriba de gente y una vez apeado, me dispuse a subir las escaleras mecánicas de salida al parque de Barceló. Aquellas escaleras también fueron una primera vez, ya que nunca había ascendido o descendido por ella, pero que conocía de mis viajes infantiles a casa de mis tíos en Móstoles, siempre preguntándome a donde conducían. Aquel día lo supe.
El parque de Barceló estaba atestado de gente, pero había buen rollo. No tardé en dar con compañeros del instituto, en concreto con Marco Krahe. Un tío cojonudo que me recibió sonriente. Me presentó a sus colegas y no tarde en ir perdiendo la vergüenza. Lo de Barceló no llegaba a ser un botellón como tal, o nunca lo llegué a vivir como tal. El alcohol y los porros eran un complemento y yo chupaba de la litrona y no ella de mí.
Cuando ya estaba relajado, sonriente y de buen pisto, mi mirada se cruzó con la de una chica. A la vez nos presentamos y auto confirmamos que éramos compañeros de institución. Se llamaba Ana Beatriz y fue una de mis primeras amigas. La verdad es que nuestra relación no fue muy profunda, pero fue.
Aquel día simboliza un punto de inflexión en mi vida, con todo aquello que lo compuso: Ana Beatriz, Marco Krahe, el viaje bajo tierra, las escaleras mecánicas de Tribunal, los litros de cerveza, el puro que me fumé, etc. Que asocie aquello a un cambio de signo en la derivada segunda, de la función que viene siendo mi vida, radica en el propio hecho del cambio. Se plasmó el paso del colegio a otra instancia superior. Con ilusiones (algún día estudiar ingeniería industrial) y luchas (en los días de diario tenía que utilizar un aparato ortopédico para curarme la espalda) hacia frente a la vida. Quería ser adulto. Quería dejar atrás lo vivido hasta entonces. Nunca me dio pena dejar el colegio y siempre lo vi como lo mejor que me podía haber pasado. Deseaba conocer gente y experimentar. Lamentablemente, con el paso del tiempo y la sazón de una seria de circunstancias, toda aquella ilusión, de luz y amor propio, se fue apagando. Cuantas veces me he acordado de aquello, de aquel parque y de Ana Beatriz. Creo que llegué a estar enamorado de ella un tiempo (pero poco y con poca intensidad).
Ahora, cuando voy camino de cumplir los 27 y el peso de los años me abate muchos días, vuelvo a sentir aquella sensación. Me sorprende a mi mismo e instintivamente intento negarlo, pero siento otra vez aquel hormigueo. Aquella fuerza visceral, de lucha y triunfo. Triunfo a golpe de esfuerzo y humildad. Tenía buenos motivos para ser humilde. Ya hablaré en otro momento de aquel aparato ortopédico, que lejos de odiarlo, como pensaba entonces que lo recordaría siempre, lo recuerdo con admiración. Admiración hacia mi mismo. Entonces tenía 15 años para 16 y a primera vista parece que todo ha cambiado mucho. Aunque hay cosas que no tanto y otras que, incluso, parece que vuelven del pasado. Aunque sea de una forma fugaz, como Ana Beatriz esta mañana. Además, mi amigo Andrés me comentó el otro día, que tiene planes de irse a vivir a Malasaña. Se que es una tontería, pero aquel gusanillo, urbanita y nocturno, vuelve a crecer en mi. Hasta fantaseo yo también con irme a vivir a un cuchitril por aquellas calles, con mil defectos y mil encantos ocultos bajo las farolas. La llamada de la bohemia y el placer.
Deseo volver a ver y saludar, en persona, a Ana, que ya no es Ana Beatriz. Cosas de fama y tele, me imagino. Deseo volver a levantarme cada mañana, dispuesto a ventilarme montañas de apuntes, salir por la noche, escuchar música (conocida y desconocida), conocer gente (incluidas mujeres), comprar ropa y fetiches en el rastro, …, volver a vivir. Otro dato de aquello: me gustaba mogollón Queen.


sábado, 5 de diciembre de 2009

CUANDO FUI SOLDADO II

Guste o no guste, la violencia forma parte de la vida. La naturaleza, en su injusta anatomía, se rige por actos de guerra. Depredadores y presas viven el arte de huir y cazar. También de la defensa y la ofensa. Los machos de una misma especie combaten por la supremacía de la manada y las hembras tres cuartos de lo mismo. Es una de esas cosas, que a mí, no me gusta de este mundo. En la concepción que tengo sobre el cielo, no está la guerra. Siempre me lo imagino como una gran orgía (sin condón, por supuesto) aderezada por la compañía de todos quienes han sido mis amigos y colegas, libres de toda culpa y mala leche, en un macro botellón, eterno y sin resacas ni enfermedades venéreas. This could be heaven for everyone cantaba Freddie Mercury con el billete de ida en la mano, esperando al último tren de su vida. Mucha razón tenía. Las personas toman el fruto prohibido. Violencia para aprovecharse de los demás y sentirse poderosos. El árbol prohibido da las manzanas del dolor. Suculento camino corto que provoca la expulsión del Edén. Hasta el momento es el sentido metafórico que he conseguido sacarle a la historia de Adán y Eva, a parte de que la mujer es mala y el hombre gilipollas.
De las peleas en el colegio recuerdo con amargura aquellas que no llegaron a ejecutarse. Considero que aguanté demasiados desagravios y ofensas sin levantar la mano. Me daba miedo hacerlo y me causaba dolor verme en aquella situación. Aunque también llegué a provocar situaciones parecidas. Ninguno estamos exentos de culpa. Otra vez la Biblia.
El otro día evocaba junto con mi amigo Andrés, la época en que salíamos de farra por Moncloa y el personaje clásico del malote. Tipos que salían cada fin de semana, engalanados para el combate. Con novia o sin ella alardeaban de fuerza, física y visual, buscando con la mirada candidatos para sus duelos de puños y patadas. Tipejos que sentían la necesidad de agredir por tan solo una supuesta mala mirada a él o no tan mala a su hembra. Toda una tribu de tribus, que merece ríos de tinta a parte. Ni a mi amigo, ni a mi, se nos pasaba por la cabeza andar por la calle con tales planes. Lo nuestro era un buen botellón y a tomar copas por los Bajos de Argüelles (durante una época). Aunque a mis coleguillas del barrio, de los que me faltó tiempo para dejar de verles, si les motivaba ese estereotipo del bakala desfasado, alucinado y cocainómano. Allá cada uno con sus mitos. Es cierto que el tiempo nos ha ido poniendo a cada uno en su sitio y yo ahora no me cambiaba el pellejo por el de ninguno de aquellos artistas. El éxtasis y la nieve han ido haciendo estragos y ya, compañeros míos del colegio, no valen ni para una mala sodomía. Y mira que nos lo avisaron.
Camino y caminaré con entre violencia. Más que la que había antes y menos de la que hay en muchos lugares. Estoicismo e inteligencia para evitar lo absurdo.