sábado, 21 de noviembre de 2009

CUANDO FUI SOLDADO


Hace más de 10 años que sucedió y muchas veces (tampoco demasiadas) he pensado en la estupidez que supuso, pero tampoco me he arrepentido.
No recuerdo bien si fue a la salida del instituto o en el parque del barrio, cuando un colega (me parece que Rafa) me habló del desagravio que unos mendas habían perpetrado contra los nuestros y que se estaba planeando tener movida. Me dio a entender que se contaba conmigo para ir a la guerra. Yo le di algunas vueltas a la cabeza e incluso no llegué a confirmar mi asistencia. Pero si me enteré bien del sitio, día y hora.
Llegado el momento, asumí mi destino, como un acto de vasallaje. Con estoicidad me preparé para el evento. Unos vaqueros, camiseta, sudadera y un plumas del estilo Verlac, el cual creí apropiado por lo mullidito de las plumas, consciente de que me podía caer alguna hostia. De calzado, me puse unas botas de montaña de mi hermano, duras y pesadas, ideales para dar patadas. Aunque para tal menester lo mejor siempre son unas Dr. Martens con punta de acero. Entonces estábamos en casa muy paupérrimos y no tenia para esos caprichos. Por último, busqué y busqué por cajones hasta que di con un llavín de metal, el cual, empuñado podía servir como arma. Habíamos terminado de comer y le dije a mi madre que me bajaba a dar una vuelta. Resignado descendí los escalones de mi edificio, de mi castillo. Mientras caminaba hacia el parque, no paraba de imaginarme como se sucederían los acontecimientos. Sentía miedo y no quería hacer daño a nadie. El motivo de la bronca era una auténtica gilipollez. Tres miradas malas y una burla, según me contaban los propios vejados. Tal vez sería también una cuestión de territorialidad y demostración de poder.
Mis colegas celebraron verme aparecer, con abrazos y halagos. Junto con ellos, había refuerzos. Un menda del instituto se había traído un bate de béisbol camuflado en la manga de su ALPHA Industries además de un amigo suyo que con el tiempo resultó ser retrasado mental. Otro aportaba un lebrel, mezcla entre pastor alemán y chucho común. Era un perro nacido para el combate. Había más gente pero ya no los recuerdo. Mientras lo porros rulaban, se fijaban los objetivos y la estrategia. Se manejaban informaciones sobre la ubicación de los infames enemigos; a unas pocas calles de donde nos encontrábamos. Intenté calmar los ánimos, pero no tuve éxito. Decididos, partimos hacia la batalla, bajo la bendición de Marte.
Poco antes de llegar, mi nerviosismo iba en aumento. Sentía por dentro un frío desconsolado. Le pregunté Rafa si iba armado y me dijo que no. Le ofrecí mi llavín de metal y con agradecimiento lo cogió. Creo que pretendí despojarme de él.
No tuvimos que andar demasiado. En una callejuela dimos con tres chicos y sus hembras (parte del botín en las guerras). Les rodeamos y mi mente se quedó en blanco. Ya no había vuelta atrás y cuando llegase el momento de cargar contra el contrario, ira y fuego. Los nobles subnormales que capitaneaban mi milicia se encararon con ellos y preguntaron por sus oficiales. Aquellos chavales mantuvieron el tipo, afirmaron no tener mucha idea de que pasaba y se disculparon de todas formas. Dieron explicaciones y rindieron humildad. La paz triunfó.
Sin demasiados comentaros regresamos a nuestro feudo. Yo empecé a darme cuenta de verdad de la gravedad del asunto y de lo que podía haber pasado. De la suerte que podía haber corrido bajo el fragor de la batalla y de la responsabilidad de la agresión a otro. Aunque ahora, analizándolo bien, como era menor de edad, poca responsabilidad. Cuando Rafa me devolvió aquella especie de puño americano que le había prestado, la amargura se intensificó.
Del resto del día no recuerdo gran cosa. Prácticamente nada. Ni festejos, ni cachondeos ni mozas recibiéndonos como héroes. No me perdonaba lo que había sucedido. Más tarde si lo hice. Aquel día fui soldado, por que puse mi integridad física y moral al servicio de una colectividad, jerárquica e injusta. No llevaba ni uniforme ni insignias. Ni siquiera la estética skin head con la que un tiempo después coquetee, pero sin llegar a pertenecer nunca a tan sádicos grupos, ni ponerle la mano encima a nadie y sin definirme como anarquista o nacional socialista. Aquello debió de ser una simpatía por el diablo. Pero a pesar de la falta de atuendo, fui soldado.
A pesar de todo lo que he expuesto, lo recuerdo como algo por lo que tenía que pasar y enfrentarme. Me refiero esa sensación fría, tacto de la muerte, previa a la pelea, el combate y el sabor de la sangre. Puede que por otros motivos, si hubiera merecido aquella acción, dejando de lado la moral y la legalidad. Tal vez una falta verdadera al honor, propio o de un amigo, hubiera sido motivo para ir a armar una buena bronca. Quien sabe si en el futuro tendré que volver a vivirlo, armado con un simple llavín de metal o un fusil de asalto. Que Dios nos pille confesados.






jueves, 12 de noviembre de 2009

ABAJO EL TELÓN



Yo tenía 6 años y no comprendía por que tanta gente se lanzaba como loca a derribar un muro con simples herramientas de mano, enloquecidas de alegría y eufóricas. O tal vez si. Tumbaban algo que las había hecho infelices y causado mucho miedo. Cada vez que una tajada de muro sucumbía a los golpes y cortes hechos con radiales, la celebración era máxima. Algo pasaba en Alemania y por ello nos acordábamos de Franca. La recuerdo como alguien de mi familia que venia a vernos una vez cada dos años. Siempre traía pasteles y sidra y se quedaba a dormir en nuestra casa. Me impresionaba su acento y facciones germanas: mujer alta, fuerte y rubia. Años atrás, antes de que yo naciera, ella fue una joven estudiante de castellano, huésped en el piso que mis padres tenían para alquilar. Acabó siendo una amiga que regresaba siempre que podía para visitar, con mucho cariño, a su familia española. Pensábamos en ella, pero con tranquilidad porque Franca era de la República Federal Alemana. Por eso estábamos tranquilos y por eso ella pudo venir a España a conocernos.
Que a un ciudadano se le imponga el sistema político y ecónomo bajo el cual tiene que desarrollar su vida y disfrutarla (en la medida de lo posible) es jodido. Más aun, desde mi punto de vista, si ese sistema es el comunista. Pero ya la puntilla es que uno se tenga que quedar por la fuerza en el territorio que es objeto de tal soberanía. Imposición que me recuerda a la de los campesinos, en la Edad Media, bajo servidumbre de los señores feudales. Aquellos desgraciados, no solo tenían que padecer las inclemencias de una economía precaria y sin capacidad de progreso, como era la feudal, sino que también los abusos de tan nobles dirigentes. Pues además se les tenía prohibido abandonar los terruños, bajo aplicación de sufrir penas muy severas. Creo que de ahí, a la esclavitud, quedaba poco. Una cosa es ser ciudadano y otra ser súbdito o siervo.
Parece ser que en la República Democrática Alemana la gente no andaba muy contenta. Sin entrar en analizar los pormenores de su economía, en un lugar donde hay un espía por cada 70 ciudadanos, con el fin de controlar e informar hasta del papel higiénico que gastan, no se debe de estar demasiado bien. Más aún cuando detrás de la información llega la ejecución de condenas y castigos para todo aquel que se salga del tiesto. No quiero ni pensar lo que debe ser vivir rodeado de semejante panda de hijos de mala madre, como según sus víctimas, fueron por voluntad y autoridad concedida los agentes de la Stasi.
Ahora que se conmemora y celebra el 20 aniversario del derribo del Muro de Berlín, se emiten reportajes sobre el suceso en la caja tonta. Entre otras cosas, se visionan las diversas formas que ingeniaron súbditos de la República Democrática Alemana para largarse. Me conmovió el caso de un señor que se construyó un globo casero, pero cuando consiguió elevarse hacia el cielo, por no ir suficientemente abrigado, empezó a congelarse y desesperado saltó. Se mató en el intento. Tres meses después el muro fue derribado. Desde luego que, lo que se hayan encontrado los alemanes tras la caída del cerco socialista, no habrá sido gran cosa. Pero seguro que mucho mejor que vivir dominado por un poder político, omnipresente, omnipotente y por lo tanto, terriblemente corrupto y tirano


domingo, 8 de noviembre de 2009

PATRIMONIO NACIONAL




Hoy es domingo, la semana muere y con ella una esencia de la España en la que he crecido. Mirando la caja tonta, vi como José Luis López Vázquez, a través de películas y series, iba interpretando al español medio, alto y bajo. Voz, gestos y una calva característica de un personaje característico. Por que eso era la suyo; interpretar personajes. Y es ahí donde opino que radica la profesionalidad del actor. Está claro que siempre hay un toque personal que se va transmitiendo en los diversos papeles, pero como sucede en todo acto artístico. En el caso de José Luis López Vázquez era algo muy notable en las películas de humor. Pero ello no le impidió hacer drama. Ejemplo son La Prima Angélica y el Jardín de las Delicias de Carlos Saura. También Mi Querida Señorita de Jaime de Armiñán, que aunque no la he visto, si he escuchado a Isabel Coixet, en la radio, decir que si la película llega a ser estadounidense, a José Luis López Vázquez le hubiera caído un Oscar.
Este señor ha sido un ejemplo de éxito. Pero éxito alcanzado a golpe de trabajo y más trabajo. Hablo de más de 200 películas. Casi nada, sobre todo hoy día, en que se tiene la fe ciega de que el triunfo ha de estar a la vuelta de la esquina, de forma bonita y barata. Cosas de la generación del microondas y el DVD. José Luis López Vázquez era niño cuando la guerra y tuvo necesidades. Empezó como dibujante y un día tuvo la oportunidad de ser actor. Y eso consistió en empezar, esforzarse, luchar y tirar hacia delante. Unas películas podían ser mejores que otras, pero la profesionalidad exige coger el toro por los cuernos, hacer lo que se pueda, lo mejor que se pueda y saber estar. Creo que el lo demostró.
Vivió en mi barrio (Chamberí) y siempre le recordaré como un señor discreto y elegante. Pero sobre todo por el patrimonio cultural que ha labrado. La cultura y el arte son el rostro o la tarjeta de visita de una nación. España tiene el suyo. Es algo que cambia y evoluciona para mejor o peor. En nuestro caso, hubo una generación que prácticamente ha desaparecido. Fernando Fernán Gómez, Agustín González, Francisco Umbral, Lola Flores, Rocío Jurado, etc. Pero en el arte reside la inmortalidad y es a donde, en esta semana que se muere, ha ido a parar José Luis López Vázquez.