

Ayer tuve la tarde perruna, por lo que decidí proponerle a mi amigo Mijel quedar para zanganear y planear fechorías, pero esta vez por su barrio; es decir Fuenlabrada. Me pillé el cercanías en Atocha y en un momento estaba cruzando barrios chungos con destino al Madrid sureño.
Conocer Fuenlabrada me recordó al Móstoles en el que vivieron mis tíos y mis primos. En días de sábado íbamos a verles siguiendo el mismo ritual del transporte. Por la línea 1 del Metro descendíamos hasta la estación de Tribunal en un viejo tren clásico. Ruidoso y con poco confort pero con un gran encanto que nunca olvidare. Una vez apeados en Tribunal descendíamos por el conjunto de escaleras mecánicas hasta el andén del Suburbano. En aquel entonces la estación estaba seccionada por la mitad por un gran muro de carga como por ejemplo lo sigue siendo en la de Gran Vía de la línea 5. Un convoy de la serie 300 aparecía ofreciendo un chorro de luz desde las entrañas del túnel proviniendo de Alonso Martínez. Me encantaba cuando rumbo de Aluche llegábamos a Lago y se hacía la luz. Mañanas soleadas en la Casa de Campo. Frescura y oxígeno. Zoo, Parque de Atracciones y mesas para merendar. En aquella época muchos madrileños íbamos a pasar el día a la Casa de Campo. Tortillas de patata, lomo embuchado, coca cola y juegos. Luego llegó la edad posmoderna con sus chalets, viviendas en la playa e hipotecas y todo aquello calló en el olvido. Lo que le sucedió a partir de entonces a la casa de campo ya se conocer. El caso es que llegando a Aluche me encantaba mirar los talleres de Metro, con los viejos trenes clásicos o de la serie 1000 esperando revisión o desguace. En la moderna y dinámica estación de Aluche, sacábamos el billete para la RENFE. El olor a la creosota (especie de alquitrán con que impregna las traviesas para protegerla del agua y demás agentes externos) nos daba la bienvenida a la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles. En el andén había unas grandes básculas analógicas, como no, para pesarse, como no. También unas máquinas de chicles y chuches que se accionaban tirando de varillas. Los trenes que circulaban entonces eran de la seria 440. Maravillosos con sus asientos de skay, ventanas que se podían bajar, baños, y un motores de corriente continua con su peculiar modo de tracción. Disfrutaba mucho con todo aquel intercambio de medios de transporte. Cuando Metro de Madrid retiró los trenes clásicos de circulación, para mi fue un drama. No menos me pasó lo mismo cuando se sustituyeron los electrotrenes 440 de la C5 por los actuales 446, herméticos, en los que parece que uno viaja dentro de una nevera. Es una de las cosas que me confiere como un tío raro. No saboreo, en muchos casos, la modernidad y progreso tecnológico.
Fuenlabrada me ha recordado a aquel Móstoles joven y extremeño. El estilo de sus edificios con terraza en el salón y la cocina, la cuales luego fueron siendo cerradas con cubiertas de aluminio por sus moradores. Desde la casa de mis tíos me gustaba ver, al caer la noche, el paisaje de luces en las calles y los pisos. Cada ventana, una historia y una vida. Y entre los edificios la imagen serpenteante del tren de cercanías deslizándose entre Móstoles y El Soto. A lo lejos el campo, almacenes, fábricas y carreteras. No se por que, pero sentía un gusanillo. Un gusanillo de vivir, de hacerme adulto, de tener amigos y moverme, de conocer y descubrir. Tras la cena de rigor familiar, nos poníamos los abrigos y bajábamos a la calle para regresar a la estación con prisa de no perder el último tren. La entrada y el vestíbulo atestado de jóvenes con sus mejores galas, dispuestos a viajar hasta la capital y vivir su marcha nocturna. Chicas bellas con faldita y botas de traidora. Ahí aparecía otro gusanillo de querer vivir, conocer y experimentar.
Total, que ayer junto con Mijel, me relajé junto a un lago con patos, viendo la Luna y el gran mar de luces de Madrid sus urbes. Ayer recordé aquellos gusanillos y volví a sentir ganas de vivir, conocer y experimentar. De tomar trenes, viejos o modernos, al aire libre o subterráneos y sumergirme en la inmensidad del cielo. De Madrid al cielo.
Conocer Fuenlabrada me recordó al Móstoles en el que vivieron mis tíos y mis primos. En días de sábado íbamos a verles siguiendo el mismo ritual del transporte. Por la línea 1 del Metro descendíamos hasta la estación de Tribunal en un viejo tren clásico. Ruidoso y con poco confort pero con un gran encanto que nunca olvidare. Una vez apeados en Tribunal descendíamos por el conjunto de escaleras mecánicas hasta el andén del Suburbano. En aquel entonces la estación estaba seccionada por la mitad por un gran muro de carga como por ejemplo lo sigue siendo en la de Gran Vía de la línea 5. Un convoy de la serie 300 aparecía ofreciendo un chorro de luz desde las entrañas del túnel proviniendo de Alonso Martínez. Me encantaba cuando rumbo de Aluche llegábamos a Lago y se hacía la luz. Mañanas soleadas en la Casa de Campo. Frescura y oxígeno. Zoo, Parque de Atracciones y mesas para merendar. En aquella época muchos madrileños íbamos a pasar el día a la Casa de Campo. Tortillas de patata, lomo embuchado, coca cola y juegos. Luego llegó la edad posmoderna con sus chalets, viviendas en la playa e hipotecas y todo aquello calló en el olvido. Lo que le sucedió a partir de entonces a la casa de campo ya se conocer. El caso es que llegando a Aluche me encantaba mirar los talleres de Metro, con los viejos trenes clásicos o de la serie 1000 esperando revisión o desguace. En la moderna y dinámica estación de Aluche, sacábamos el billete para la RENFE. El olor a la creosota (especie de alquitrán con que impregna las traviesas para protegerla del agua y demás agentes externos) nos daba la bienvenida a la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles. En el andén había unas grandes básculas analógicas, como no, para pesarse, como no. También unas máquinas de chicles y chuches que se accionaban tirando de varillas. Los trenes que circulaban entonces eran de la seria 440. Maravillosos con sus asientos de skay, ventanas que se podían bajar, baños, y un motores de corriente continua con su peculiar modo de tracción. Disfrutaba mucho con todo aquel intercambio de medios de transporte. Cuando Metro de Madrid retiró los trenes clásicos de circulación, para mi fue un drama. No menos me pasó lo mismo cuando se sustituyeron los electrotrenes 440 de la C5 por los actuales 446, herméticos, en los que parece que uno viaja dentro de una nevera. Es una de las cosas que me confiere como un tío raro. No saboreo, en muchos casos, la modernidad y progreso tecnológico.
Fuenlabrada me ha recordado a aquel Móstoles joven y extremeño. El estilo de sus edificios con terraza en el salón y la cocina, la cuales luego fueron siendo cerradas con cubiertas de aluminio por sus moradores. Desde la casa de mis tíos me gustaba ver, al caer la noche, el paisaje de luces en las calles y los pisos. Cada ventana, una historia y una vida. Y entre los edificios la imagen serpenteante del tren de cercanías deslizándose entre Móstoles y El Soto. A lo lejos el campo, almacenes, fábricas y carreteras. No se por que, pero sentía un gusanillo. Un gusanillo de vivir, de hacerme adulto, de tener amigos y moverme, de conocer y descubrir. Tras la cena de rigor familiar, nos poníamos los abrigos y bajábamos a la calle para regresar a la estación con prisa de no perder el último tren. La entrada y el vestíbulo atestado de jóvenes con sus mejores galas, dispuestos a viajar hasta la capital y vivir su marcha nocturna. Chicas bellas con faldita y botas de traidora. Ahí aparecía otro gusanillo de querer vivir, conocer y experimentar.
Total, que ayer junto con Mijel, me relajé junto a un lago con patos, viendo la Luna y el gran mar de luces de Madrid sus urbes. Ayer recordé aquellos gusanillos y volví a sentir ganas de vivir, conocer y experimentar. De tomar trenes, viejos o modernos, al aire libre o subterráneos y sumergirme en la inmensidad del cielo. De Madrid al cielo.

2 comentarios:
Yo sí que disfruto mucho con los adelantos tecnológicos. Pero, como tú, con algunos no, de ninguna manera. Y eso desde luego me pasa con los trenes, autobuses...
El tren lleva asociada una cierta nostalgia, una forma de viajar y unos viajeros que ahora, en los modernísimos trenes, es casi imposible sentir. Casi...
En cuanto al metro, me llama mucho la atención allá dónde voy. Todos son iguales, y todos son distintos. En decoración, en profundidad, en accesos, en sistemas de información, en los propios vagones... Cuentan muchas historias los metros antiguos, aquéllos que fueron los primeros en ciudades entonces pioneras y ahora aún están ahí, viejos, incómodos y llenos de encanto.
Por lo demás tu historia me ha traído recuerdos comunes. La "excursión" de los domingos atravesando la ciudad para visitar a los tíos...
Las galerías en el salón, sí...que acababan "cerradas". Las lucecitas vistas desde ahí. Y éso que tú escribes y que tantas veces pienso, cada luz, una casa, unas vidas, unas historias...
Besos.
Un placer leerte.
Muchas gracias!
Seguiré contando historias de trenes viejos, lentos, ruidosos e inolvidables.
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