viernes, 19 de marzo de 2010

SUEÑO DE UNA NOCHE DE INVIERNO

A través de los cristales helados y ahumados de la ventana de mi habitación miro el cielo despejado y nocturno. Veo tejados en penumbra y algunas estrellas.
Hace un rato que fueron las doce, pero no puedo dormirme. Veo el cielo como antes he estado mirando el techo. Siento deseo y angustia. Necesito salir a buscarla.
Me visto, apago las luces de mi casa y desciendo por la escalera. Escapo por mi portal y me zambullo en la oscura noche madrileña. El suelo está mojado, todo está mojado. Ha estado lloviendo todo el día, igual que ayer y antes de ayer. Pero hace un rato que dejó de caer agua y ahora el cielo está claro y cristalino. Es un cielo municipal con pocas estrellas (cosas de la contaminación lumínica) y una Luna grande y señorial. Hace frío, muchísimo frío, pero me siento conformado dentro de mi viejo abrigo del ejército alemán, el cual es largo, mullido y pesado. Hundo mis manos en mis bolsillos y decidido, camino a paso ligero.
Santa Engracia es una calle amplia, larga y viva, pero a estas horas yace solitaria. No hay ni un alma. Bajo la mirada de edificios, me voy deslizando hacia el centro de Madrid. Poco a poco, las distancias se van alejando y busco sin saber donde. Apenas me cruzo con nadie: alguna pareja bien agarrada, barrenderos armados con mangueras y cepillos y espectros solitarios. Paso por delante de tabernas y mesones de los que emanan bullicios hogareños y vapores etílicos. Así, atravieso la glorieta de Bilbao. Mi deseo se hace cada vez mayor y tan sólo me dejo guiar por él.
Me desvío por la calle de Velarde y desciendo hacia la Plaza del Dos de Mayo. Una moto de gran cilindrada descansa junto a la puerta del NUEVA VISIÓN, grande y potente como su dueño. Dentro suenan los RAMONES. Camino por Malasaña y oigo los rumores de las tribus. Siento como las tinieblas me envuelven y el miedo me droga como un fármaco caducado. Acelero el paso ante la visión de figuras hostiles, exhibiendo cabezas rapadas o con cresta, bajo el halo guerrero de no se que mierda de ideología. Y cuando quiero darme cuenta, cruzo la calle de San Bernardo, justo delante de la estrecha y entrañable boca del metro de Noviciado, envuelta en esa niebla fría y húmeda que va helando mi corazón. Pero el deseo es más fuerte. No se dónde está ella, pero se que está.
Testigos de mis pasos son edificios, unos que sobrevivieron a la guerra y otros que se hicieron con los cascotes de los que sucumbieron a las bombas y obuses. Ya he dejado atrás el peligro, pero no se por donde caminar. Me siento cansado y empiezo a creer que todo es una ilusión. Mi paso ya no es decidido y dudo. Desisto y empiezo el regreso a casa. Es entonces cuando veo el portal, de uno de esos viejos edificios construidos a base de cascotes, abierto. La voluntad regresa a mi de golpe y casi sin darme cuenta, penetro en el inmueble. Asciendo por la vieja escalera de madera, apenas alumbrada por débiles bombillas. Crujen como si estuviesen vivas y la oxidada barandillas cede a mis envistes. La noche penetra a través de las ventanas de los rellanos y puedo ver abajo, un patio breve, adornado con arbustos y macetas, que alberga viejos columbios de acero. A medida que agoto los últimos escalones, siento su presencia.
La puerta abierta me ofrece aquello que esconde. Es el único piso de aquella última planta. La luz esta encendida. Ando por sus estancias. Me recibe un salón pequeño y acogedor, que hace las veces de despacho. Las paredes están cubiertas de estanterías con libros. Un viejo sofá de dos plazas, verde, hace compañía a un escritorio que alberga papeles. Hay textos en castellano y lo que, dentro de mi ignorancia, adivino que es francés. Junto a los papeles, un viejo ordenador Macintosh, libros abiertos, una pluma negra y un baso, medio lleno de agua, con una hermosa mancha de carmín, impresa por unos bellos labios. Sin pensarlo, me lo llevo a la boca, justo por el lado de la mancha, tanto por la sequedad de mi garganta como por saborear el rastro de su boca.
No hay nadie. Busco y miro desesperado. En la cocina, sencilla y con bombona, el baño y el dormitorio. Todo está ordenado, pulcro y limpio. Pero no hay nadie. Regreso al salón que hace las veces de despacho y me siento en el viejo sofá verde. Empiezo a encontrarme muy cansado, abatido y seco. Pienso que ha sido todo una ilusión. Que ella no existe. Tan sólo es una ilusión erótica y espiritual. Estoy solo. Y así, hundiéndome en las tinieblas, me tumbo en el viejo sofá verde, acurrucado, dentro de mi viejo abrigo del ejército alemán. Un sueño oscuro y pesado cae sobre mí.
Cuando todo parece haber desaparecido, siento que se sienta a mi lado. Me abraza y me besa. Su calido y fresco tacto me rescata del pozo en el que me estaba hundiendo. La siento. Es real. Intento abrir mis ojos pero no veo nada. A pesar de ello, la luz me impregna. La tengo a ella a mi lado. La quiero y es verdad. Nos fundimos.
El radio despertador se impone en mi cuarto. Son las siete de la mañana y es lunes. Tengo por delante un día desolador de clases y laboratorios. De frío y de cansancio. Resignado me levanto de mi cama. Todo ha sido un sueño. Enciendo el radiador del baño y me echo un café en la cocina. Regreso a la cama y me tomo el negro caldo mientras escucho las noticias en la radio. Me ducho, me visto y dispongo todo para marcharme. No paro de repetirme que ha sido todo un jodido sueño. Que cómo iba a ser verdad. Tanta luz no podía ser posible y menos que alguien como ella pueda existir. Soñar con ángeles es lo que tiene.
Justo voy a salir de mi habitación, ya con mi viejo abrigo del ejército alemán puesto y la mochila al hombro, reparo en algo. El vaso de agua que habita todas las noches en mi cómoda está medio lleno. Tiene impresa una bella y femenina marca de carmín.

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