Hace más de 10 años que sucedió y muchas veces (tampoco demasiadas) he pensado en la estupidez que supuso, pero tampoco me he arrepentido.
No recuerdo bien si fue a la salida del instituto o en el parque del barrio, cuando un colega (me parece que Rafa) me habló del desagravio que unos mendas habían perpetrado contra los nuestros y que se estaba planeando tener movida. Me dio a entender que se contaba conmigo para ir a la guerra. Yo le di algunas vueltas a la cabeza e incluso no llegué a confirmar mi asistencia. Pero si me enteré bien del sitio, día y hora.
Llegado el momento, asumí mi destino, como un acto de vasallaje. Con estoicidad me preparé para el evento. Unos vaqueros, camiseta, sudadera y un plumas del estilo Verlac, el cual creí apropiado por lo mullidito de las plumas, consciente de que me podía caer alguna hostia. De calzado, me puse unas botas de montaña de mi hermano, duras y pesadas, ideales para dar patadas. Aunque para tal menester lo mejor siempre son unas Dr. Martens con punta de acero. Entonces estábamos en casa muy paupérrimos y no tenia para esos caprichos. Por último, busqué y busqué por cajones hasta que di con un llavín de metal, el cual, empuñado podía servir como arma. Habíamos terminado de comer y le dije a mi madre que me bajaba a dar una vuelta. Resignado descendí los escalones de mi edificio, de mi castillo. Mientras caminaba hacia el parque, no paraba de imaginarme como se sucederían los acontecimientos. Sentía miedo y no quería hacer daño a nadie. El motivo de la bronca era una auténtica gilipollez. Tres miradas malas y una burla, según me contaban los propios vejados. Tal vez sería también una cuestión de territorialidad y demostración de poder.
Mis colegas celebraron verme aparecer, con abrazos y halagos. Junto con ellos, había refuerzos. Un menda del instituto se había traído un bate de béisbol camuflado en la manga de su ALPHA Industries además de un amigo suyo que con el tiempo resultó ser retrasado mental. Otro aportaba un lebrel, mezcla entre pastor alemán y chucho común. Era un perro nacido para el combate. Había más gente pero ya no los recuerdo. Mientras lo porros rulaban, se fijaban los objetivos y la estrategia. Se manejaban informaciones sobre la ubicación de los infames enemigos; a unas pocas calles de donde nos encontrábamos. Intenté calmar los ánimos, pero no tuve éxito. Decididos, partimos hacia la batalla, bajo la bendición de Marte.
Poco antes de llegar, mi nerviosismo iba en aumento. Sentía por dentro un frío desconsolado. Le pregunté Rafa si iba armado y me dijo que no. Le ofrecí mi llavín de metal y con agradecimiento lo cogió. Creo que pretendí despojarme de él.
No tuvimos que andar demasiado. En una callejuela dimos con tres chicos y sus hembras (parte del botín en las guerras). Les rodeamos y mi mente se quedó en blanco. Ya no había vuelta atrás y cuando llegase el momento de cargar contra el contrario, ira y fuego. Los nobles subnormales que capitaneaban mi milicia se encararon con ellos y preguntaron por sus oficiales. Aquellos chavales mantuvieron el tipo, afirmaron no tener mucha idea de que pasaba y se disculparon de todas formas. Dieron explicaciones y rindieron humildad. La paz triunfó.
Sin demasiados comentaros regresamos a nuestro feudo. Yo empecé a darme cuenta de verdad de la gravedad del asunto y de lo que podía haber pasado. De la suerte que podía haber corrido bajo el fragor de la batalla y de la responsabilidad de la agresión a otro. Aunque ahora, analizándolo bien, como era menor de edad, poca responsabilidad. Cuando Rafa me devolvió aquella especie de puño americano que le había prestado, la amargura se intensificó.
Del resto del día no recuerdo gran cosa. Prácticamente nada. Ni festejos, ni cachondeos ni mozas recibiéndonos como héroes. No me perdonaba lo que había sucedido. Más tarde si lo hice. Aquel día fui soldado, por que puse mi integridad física y moral al servicio de una colectividad, jerárquica e injusta. No llevaba ni uniforme ni insignias. Ni siquiera la estética skin head con la que un tiempo después coquetee, pero sin llegar a pertenecer nunca a tan sádicos grupos, ni ponerle la mano encima a nadie y sin definirme como anarquista o nacional socialista. Aquello debió de ser una simpatía por el diablo. Pero a pesar de la falta de atuendo, fui soldado.
A pesar de todo lo que he expuesto, lo recuerdo como algo por lo que tenía que pasar y enfrentarme. Me refiero esa sensación fría, tacto de la muerte, previa a la pelea, el combate y el sabor de la sangre. Puede que por otros motivos, si hubiera merecido aquella acción, dejando de lado la moral y la legalidad. Tal vez una falta verdadera al honor, propio o de un amigo, hubiera sido motivo para ir a armar una buena bronca. Quien sabe si en el futuro tendré que volver a vivirlo, armado con un simple llavín de metal o un fusil de asalto. Que Dios nos pille confesados.
No recuerdo bien si fue a la salida del instituto o en el parque del barrio, cuando un colega (me parece que Rafa) me habló del desagravio que unos mendas habían perpetrado contra los nuestros y que se estaba planeando tener movida. Me dio a entender que se contaba conmigo para ir a la guerra. Yo le di algunas vueltas a la cabeza e incluso no llegué a confirmar mi asistencia. Pero si me enteré bien del sitio, día y hora.
Llegado el momento, asumí mi destino, como un acto de vasallaje. Con estoicidad me preparé para el evento. Unos vaqueros, camiseta, sudadera y un plumas del estilo Verlac, el cual creí apropiado por lo mullidito de las plumas, consciente de que me podía caer alguna hostia. De calzado, me puse unas botas de montaña de mi hermano, duras y pesadas, ideales para dar patadas. Aunque para tal menester lo mejor siempre son unas Dr. Martens con punta de acero. Entonces estábamos en casa muy paupérrimos y no tenia para esos caprichos. Por último, busqué y busqué por cajones hasta que di con un llavín de metal, el cual, empuñado podía servir como arma. Habíamos terminado de comer y le dije a mi madre que me bajaba a dar una vuelta. Resignado descendí los escalones de mi edificio, de mi castillo. Mientras caminaba hacia el parque, no paraba de imaginarme como se sucederían los acontecimientos. Sentía miedo y no quería hacer daño a nadie. El motivo de la bronca era una auténtica gilipollez. Tres miradas malas y una burla, según me contaban los propios vejados. Tal vez sería también una cuestión de territorialidad y demostración de poder.
Mis colegas celebraron verme aparecer, con abrazos y halagos. Junto con ellos, había refuerzos. Un menda del instituto se había traído un bate de béisbol camuflado en la manga de su ALPHA Industries además de un amigo suyo que con el tiempo resultó ser retrasado mental. Otro aportaba un lebrel, mezcla entre pastor alemán y chucho común. Era un perro nacido para el combate. Había más gente pero ya no los recuerdo. Mientras lo porros rulaban, se fijaban los objetivos y la estrategia. Se manejaban informaciones sobre la ubicación de los infames enemigos; a unas pocas calles de donde nos encontrábamos. Intenté calmar los ánimos, pero no tuve éxito. Decididos, partimos hacia la batalla, bajo la bendición de Marte.
Poco antes de llegar, mi nerviosismo iba en aumento. Sentía por dentro un frío desconsolado. Le pregunté Rafa si iba armado y me dijo que no. Le ofrecí mi llavín de metal y con agradecimiento lo cogió. Creo que pretendí despojarme de él.
No tuvimos que andar demasiado. En una callejuela dimos con tres chicos y sus hembras (parte del botín en las guerras). Les rodeamos y mi mente se quedó en blanco. Ya no había vuelta atrás y cuando llegase el momento de cargar contra el contrario, ira y fuego. Los nobles subnormales que capitaneaban mi milicia se encararon con ellos y preguntaron por sus oficiales. Aquellos chavales mantuvieron el tipo, afirmaron no tener mucha idea de que pasaba y se disculparon de todas formas. Dieron explicaciones y rindieron humildad. La paz triunfó.
Sin demasiados comentaros regresamos a nuestro feudo. Yo empecé a darme cuenta de verdad de la gravedad del asunto y de lo que podía haber pasado. De la suerte que podía haber corrido bajo el fragor de la batalla y de la responsabilidad de la agresión a otro. Aunque ahora, analizándolo bien, como era menor de edad, poca responsabilidad. Cuando Rafa me devolvió aquella especie de puño americano que le había prestado, la amargura se intensificó.
Del resto del día no recuerdo gran cosa. Prácticamente nada. Ni festejos, ni cachondeos ni mozas recibiéndonos como héroes. No me perdonaba lo que había sucedido. Más tarde si lo hice. Aquel día fui soldado, por que puse mi integridad física y moral al servicio de una colectividad, jerárquica e injusta. No llevaba ni uniforme ni insignias. Ni siquiera la estética skin head con la que un tiempo después coquetee, pero sin llegar a pertenecer nunca a tan sádicos grupos, ni ponerle la mano encima a nadie y sin definirme como anarquista o nacional socialista. Aquello debió de ser una simpatía por el diablo. Pero a pesar de la falta de atuendo, fui soldado.
A pesar de todo lo que he expuesto, lo recuerdo como algo por lo que tenía que pasar y enfrentarme. Me refiero esa sensación fría, tacto de la muerte, previa a la pelea, el combate y el sabor de la sangre. Puede que por otros motivos, si hubiera merecido aquella acción, dejando de lado la moral y la legalidad. Tal vez una falta verdadera al honor, propio o de un amigo, hubiera sido motivo para ir a armar una buena bronca. Quien sabe si en el futuro tendré que volver a vivirlo, armado con un simple llavín de metal o un fusil de asalto. Que Dios nos pille confesados.

2 comentarios:
Amigo Antonio, leyendo este tu último post, recuerdo una tarde-noche, de verano u otoño, cerca del Faro de Moncloa, en la que vivimos un trance similar en lo peliagudo.
Rodeados como estábamos de litronas, bakalas, algún porro y 2 ó 3 suburb-girls, al final nos salvó el más macarra. Grande y nombrado como tú, pero con los brazos de Popeye y especialista en ninjitsu (o algo así).
Menudo percal, con lo a gusto que se está en casa viendo la tele...
Ciertamente aquello fue épico, tanto por el contexto tribal y salvaje como por la coña que tuvimos, consistente en que el jefe de los orcos había sido compañero vuestro en el instituto. A mano teníamos litronas, dispuestas para morir con ellas en la mano, intentando llevarnos a alguno de aquellos por delante, el supuesto de haber llegado a ser atacados. Recuerda que vimos como meneaban una farola del alumbrado municipal, hasta que la desmembraron y derribaron. Menudo atajo de bárbaros. Luego se cumplió lo de a buenas horas mangas verdes, cuando aparecieron dos jovenzuelos policías secretas en un SEAT Ibiza verde oscuro, investigando el crimen de la farola. Los chungos ya se habían pirado.
Nos vemos en los parques.
Un abrazo.
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