La última vez que estuve con Mijel, en cuerpo presente, terminamos la velada en un bar-cafetería de la calle de Arenal, poco antes de su partida al Perú.
Hablamos de varias cosas que no recuerdo a excepción de un tema sobre gatos. Y hablar de gatos es hablar de perros. La cosa comenzó con que mi amigo dijo que le gustaría tener un gato en su casa. Estar plácidamente en un sillón leyendo y ver al felino pasar, pararse, mirar a su dueño (un gato nuca tiene dueño) y seguir a lo suyo.
El gato siempre va a lo suyo. Su instinto es el de satisfacer sus necesidades arrimándose al sol que más caliente. Es pelota y falso. Es educado y decoroso. Hace sus cosas en su sitio, se mueve con sensualidad y siempre cae de pie.
A mi lo de tener animales en un piso no me va. Menos aún tener a un ser que está conmigo por interés y que si no le das lo que quiere me putea y luego pasa de mi culo. Además, guarda una mala leche tremenda y cuchillas afiladas en sus extremidades. Encima, exhibe una dentadura afilada y demoníaca. Siempre que miro a un gato veo en él a un pequeño demonio. El demonio siempre es sensual, mimoso y calentito.
Me viene a la memoria los innumerables métodos de ejecución y tortura que se llevaban a cabo, según me contó mi padre, en los pueblos de la España del pan y quesillo. Por nombrar uno, aquel en el que los mozalbetes uniformados de remiendos enterraban al animal dejando solo su cabeza en la superficie y jugaban a atizarle pedradas. Era cruel, sádico y crudo, pero era así. Antes de que cualquiera quiera conducirme a la hoguera, declaro que no me van esos rollos. Yo el gato ni lo acaricio (bueno, un poco si) ni lo torturo. Creo que Víctor Hugo escribió que Dios creó al gato para que el hombre pudiese acariciar a un tigre. Debe ser que también para que pudiese putearle.
El perro, en cambio, a pesar de sus malos modos, tosquedad o falta de decoro, es leal, cariñoso, noble y fiel. También es cierto que hay razas y razas. Depende de muchos factores la personalidad del can (educación, amo, experiencias,…) pero si no me equivoco es un animal con sentido de la manada y capaz de identificar a un humano como jefe de esa manada y su familia los miembros de esta. En su lealtad, el perro acompaña en riqueza o pobreza, en hogar o camino. El perro sufre junto a su dueño y siempre le espera en la distancia. Los perros pueden morir por estrés o pena. Le permiten al ser humano mucho más de lo que deberían.
Mis abuelos, (maternos) tuvieron una perra llamada Chica con la que crecí cada verano en aquel férreo pueblo del norte de Córdoba (Peñarroya). Cada vez que mi padre iba allí en vacaciones, la sacaba de paseo por campos, peñas y montes. Ella disfrutaba mucho ya que normalmente vivía recluida en el patio, de la casa de mis abuelos. Cuando la relación entre mis padres se había deteriorado lo suficiente, él dejó de ir a Peñarroya. Pero cada vez que íbamos mi madre, mis hermanos y yo. Ella se agitaba pensando que su señor había llegado. Pero al rato, con tristeza, veía que el no nos acompañaba. Hasta que murió, hace ya unos años, siempre le estuvo esperando con la lengua fuera y meneando el rabo. A veces parece que un perro puede tener alma.
Muchas veces en la vida hay que ser gato o perro. Yo, hace poco, con el ya mi exjefe, tuve que ser gato. Para salvar mis intereses necesité ser frío, directo (el gato es muy directo) y anunciarle mi interés en dejar su empresa. Si me da por ser perro, aún sigo allí y jodido. En cambio, si hay personas (las que menos) con las que se ha de ser perro, fiel y cariñoso. Eso nos hace ir teniendo alma.
En ocasiones parece que la mujer es felina y el hombre perruno. Luego, está el caniche, que como escribió Francisco Umbral, se trata del perro que quiso ser gato.
Hablamos de varias cosas que no recuerdo a excepción de un tema sobre gatos. Y hablar de gatos es hablar de perros. La cosa comenzó con que mi amigo dijo que le gustaría tener un gato en su casa. Estar plácidamente en un sillón leyendo y ver al felino pasar, pararse, mirar a su dueño (un gato nuca tiene dueño) y seguir a lo suyo.
El gato siempre va a lo suyo. Su instinto es el de satisfacer sus necesidades arrimándose al sol que más caliente. Es pelota y falso. Es educado y decoroso. Hace sus cosas en su sitio, se mueve con sensualidad y siempre cae de pie.
A mi lo de tener animales en un piso no me va. Menos aún tener a un ser que está conmigo por interés y que si no le das lo que quiere me putea y luego pasa de mi culo. Además, guarda una mala leche tremenda y cuchillas afiladas en sus extremidades. Encima, exhibe una dentadura afilada y demoníaca. Siempre que miro a un gato veo en él a un pequeño demonio. El demonio siempre es sensual, mimoso y calentito.
Me viene a la memoria los innumerables métodos de ejecución y tortura que se llevaban a cabo, según me contó mi padre, en los pueblos de la España del pan y quesillo. Por nombrar uno, aquel en el que los mozalbetes uniformados de remiendos enterraban al animal dejando solo su cabeza en la superficie y jugaban a atizarle pedradas. Era cruel, sádico y crudo, pero era así. Antes de que cualquiera quiera conducirme a la hoguera, declaro que no me van esos rollos. Yo el gato ni lo acaricio (bueno, un poco si) ni lo torturo. Creo que Víctor Hugo escribió que Dios creó al gato para que el hombre pudiese acariciar a un tigre. Debe ser que también para que pudiese putearle.
El perro, en cambio, a pesar de sus malos modos, tosquedad o falta de decoro, es leal, cariñoso, noble y fiel. También es cierto que hay razas y razas. Depende de muchos factores la personalidad del can (educación, amo, experiencias,…) pero si no me equivoco es un animal con sentido de la manada y capaz de identificar a un humano como jefe de esa manada y su familia los miembros de esta. En su lealtad, el perro acompaña en riqueza o pobreza, en hogar o camino. El perro sufre junto a su dueño y siempre le espera en la distancia. Los perros pueden morir por estrés o pena. Le permiten al ser humano mucho más de lo que deberían.
Mis abuelos, (maternos) tuvieron una perra llamada Chica con la que crecí cada verano en aquel férreo pueblo del norte de Córdoba (Peñarroya). Cada vez que mi padre iba allí en vacaciones, la sacaba de paseo por campos, peñas y montes. Ella disfrutaba mucho ya que normalmente vivía recluida en el patio, de la casa de mis abuelos. Cuando la relación entre mis padres se había deteriorado lo suficiente, él dejó de ir a Peñarroya. Pero cada vez que íbamos mi madre, mis hermanos y yo. Ella se agitaba pensando que su señor había llegado. Pero al rato, con tristeza, veía que el no nos acompañaba. Hasta que murió, hace ya unos años, siempre le estuvo esperando con la lengua fuera y meneando el rabo. A veces parece que un perro puede tener alma.
Muchas veces en la vida hay que ser gato o perro. Yo, hace poco, con el ya mi exjefe, tuve que ser gato. Para salvar mis intereses necesité ser frío, directo (el gato es muy directo) y anunciarle mi interés en dejar su empresa. Si me da por ser perro, aún sigo allí y jodido. En cambio, si hay personas (las que menos) con las que se ha de ser perro, fiel y cariñoso. Eso nos hace ir teniendo alma.
En ocasiones parece que la mujer es felina y el hombre perruno. Luego, está el caniche, que como escribió Francisco Umbral, se trata del perro que quiso ser gato.

3 comentarios:
Qué bueno el post, me gustó mucho.
Yo no sé si soy perra o gata, pero como animal en sí siempre me han ido más los gatos.
Un saludo!
Qué bueno... Pero buen amigo, los gatos son ateos, y los humanos no siempre. Me gustan los gatos y no me disgusta tener alma, me da una posición entre tanto animal sin propósito, pero por convicción, soy ateo. A decir de los gatos y del alma de los mismos, puede que no sea la mejor compañía cuando se necesita sentirse acompañado, pero cuando no, está siempre ahí, merodeando, estudiandote, siendo parte de su mundo.
Muy buen post, y volveremos al bar ese. Un abrazo y que dure siempre la escapada.
Muchas gracias a los dos!
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