viernes, 7 de diciembre de 2007

ÉPICO



Como bien dijo el poeta, todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Aunque inevitable es echar la vista atrás y acordarnos de épicas historias como la que ahora voy a relatar.
Corría el año 1998 de Nuestro Señor y una ociosa mañana de invierno paseando y zanganeando por el distrito, mi colega Rafa me contó el conjunto de movidas acontecidas en algún barrio del norte de Madrid y de las que él tenia constancia por su vecino y colega El Charly.
Había un bakaluti chungo de barrio, fuerte y noble como un toro conocido como El Javi. Nuestro personaje gozaba de respeto y pleitesía por parte de la juventud de la zona, no quedando exenta su novia La Vane, dos años menor que él, y sus colegas más íntimos. Todos ellos constituían una peña que cada fin de semana se movía en grupo hacia ostentosos botellones y marchosas veladas en la Radical o la Plastic. Todos se proporcionaban protección y buen cachondeo aderezado con canutos y pastillas. De una cuantas habían salido junto a sus hembras, salvando el pellejo y manteniendo el honor ante makokis de San Blas, Pan Bendito o La Uva. El Javi era el jefe y señor de la panda. Tal título, era un reconocimiento colectivo a sus actitudes belicosas desde la niñez contra los abusones del colegio, las palizas de su padre alcohólico y policía nacional y a la vez la magnificencia y buen trato con el personal. Admirado por los chavales de la zona y amado por las nenas. Es un arte hacerse respetar y El Javi lo ejecutaba bien. Partía una cara cuando era necesario (dejando impreso en el desdichado pómulo su sello de oro), mantenía a ralla a infames morillos (traficantes y rateros) y era pacífico con aquellos que le correspondían en el tratamiento, desde el resto de bakalas hasta los guarretes malasañeros y hevorros que moraban en su feudo.
Pero el ser humano resulta ser codicioso y su espíritu débil. El Toño era colega del grupo y vivía en el mismo bloque de edificios que el jefe de su tribu. Se conocían todos desde canijos y sus andanzas y líos siempre habían ido en común. El Toño estudiaba FP de electrónica en la Paloma (madrileño instituto), mientras que si no lo he comentado, EL Javi curraba en el mercado del distrito cargando mercancía, tras haber dejado los estudios de la ESO sin concluir, recién cumplidos los 18. El Toño siempre había sido su colega, pero en una parte de su corazón se albergaba la envidia. Y no es que tuviese más necesidades o carencias que el otro. Tenia una buena novia, La Jessy con la que llevaba desde los 16 (18 tenia el en ese momento), unos buenos estudios a punto de concluir que le iban a permitir meterse a trabajar con un tío suyo en una empresa de alarmas y una buena paga que le permitía suntuosos atuendos (botas Timberland, camisas Rottweiler... etc). Pero como he comentado antes, el corazón del hombre, muchas veces, es flojo y ruin. Y motivo de tal desazón eran el prestigio y poder de los que gozaba El Javi. Y como no podía faltar en toda historia de caballeros, la desdicha de haber sido rechazado varias veces en la pubertad por La Vane, hembra donde las haya, atractiva y seductora. El siempre estuvo enamorado de ella y se conocían desde pequeños ya que vivían en el mismo edificio. Esa fue una herida que nunca le cerró y supuraba al verles juntos besándose y metiéndose mano en los jardines del señorío. La felicidad de la pareja le hacía enfermar. Y el día en que a sus oídos llegó la noticia, confirmada y emitida por las mancebas amigas de la buena moza, de la pérdida de su virginidad a los 15 años con el real macho, su alma inspiró dolor, expiró odio.
EL Juanfran y EL Rober eran dos liantes y cabroncetes de mucho cuidado y tiempo llevaba queriéndosela liar a El Moja, un morillo legal, dentro de lo que cabe tratándose de un moro, protegido de El Javi y que llevaba años viviendo en el barrio. De niños, El Javi más de una vez le había protegido de los abusones del colegio y esas cosas un árabe siempre las sabe apreciar. El Moja se dedicaba a pasar hachís de buena calidad, vestía suntuosas cazadoras Alfa Industries y chinos Dockers. Además era educado y discreto y como he comentado gozaba de la protección y buen rollo de El Javi y sus colegas de los que también era proveedor.
El caso es que los dos capullos nombrados antes, EL Juanfran y EL Rober, necesitaban de alguno de confianza de El Moja. No vivían en el barrio pero por la relación en el Instituto se sabían los trapos sucios del personal. Así que le propusieron a EL Toño una alianza para enriquecerse fácilmente los tres y de paso burlarse de su señor. El negocio era sencillo, El Toño le haría un buen encargo al El Moja de hachís (7 talegos) y de paso un par de cazadoras Alfa Industries robadas además de algún disman. En tal sitio, a tal hora y en vez de aparecer El Toño, dos pavos en una Vespino, embozados y con navajas dispuestos a desplumar al magrebí. Así sucedió, y al pobre lo dejaron casi en gayumbos y con la cara hostiada. Indignado y maltrecho, el vasallo acudió a su señor a manifestarle su rabia y a insinuar que dejaba el barrio. A El Javi, el cabreo le desbordaba y no le hizo falta indagar mucho para darse cuenta del percal a través del relato de su siervo. A EL Juanfran y EL Rober se les dejó de ver el pelo y El Toño decía que tenia mucho que estudiar, hasta que al volver una noche de sus clases en la Paloma se topó de narices con El Javi en el portal de su casa. Agarrándole del cuello con la izquierda, apretó el puño derecho y El Toño se veía con hostias hasta en le carnet de identidad. Ahogado por el pánico pudo apreciar como en los ojos inyectados en sangre y furia del noble, se vislumbraban unos destellos húmedos, provenientes del dolor y la tristeza provocados por la traición. Le soltó, con pesar, con pena y se fue sin decir nada.
Aquella noche El Toño no pegó ni ojo y varios porros se tuvo que pinchar para empezar a conciliar el sueño al alba, abatido por el cansancio y los remordimientos. Esa misma mañana fue a buscar a El Javi al mercado. Le siguió por toda la galería implorándoles piedad y El Javi, que en buena hora ciñó bardeo, fue magnánimo y piadoso. Sin dejar de manifestarle su indignación, con dificultad, le perdonó. Eso si, debía de acompañarle a una gesta que tenia planeada.
Pocos días antes, la noche del sábado, un grupo de mancebos y mancebas del barrio celebraban alegremente un botellón en un parque, hasta que de forma inesperada se presentó una fragoneta llena de gitanos. Se bajaron tres gitanillos y dos gitanas adolescentes y con facilidad acojonaron al personal. Testimonios de vergüenza, ultraje y humillación quedaron de aquella noche. Los varones fueron desvalijados y agredidos y las infames gitanillas se entretuvieron en humillar a las cortesanas, en concreto a Irene, virginal y bella moza de 14 años, buena y bien educada. Varias bofetadas la pegaron y luego la sujetaron mientras los rateros de sus machos la sobaban y abrían la blusa de un tirón (su cazadora Ralph Lauren ya formaba parte del botín, junto con esclava, cadenas y pendientes). A punto de subirla a la fragoneta para llevársela a algún desconsolado paraje para violarla de no ser por un chavalillo que le echó cojones y rompiendo el culo de una botella de JB se enfrentó a aquellas sabandijas, haciéndolos desistir en su crimen y comenzar la huida en el destartalado vehículo. El susto que les quedó a todos y sobre todo a Irene era tremendo. Irene era prima hermana de El Javi y la quería mucho. Estaba furioso.
Así que lo que nuestro protagonista le propuso a su reconciliado vasallo era quedar esa misma tarde, irse los dos en su moto, una Yamaha Aerox, y ajustarles las cuentas a esos bárbaros seres. Se había estado informando a través de toxicómanos del barrio, supervivientes de La Movida. Los hijos de puta que buscaba se solían reunir junto a unos coches medio desguazados en el camino de entrada al poblado donde moraban y hacían sus asquerosas vidas. La cosa era sencilla: llegar, untarles a hostias de forma rápida además de eficiente y salir de allí. El Toño aceptó el reto que le proponía su señor con orgullo y honor. Así, a la hora acordada se vieron, el noble vistiendo su plumas Pedro Gómez y el vasallo su Igloo azul. Las armas serían la pitón de amarrar la moto, un bate de béisbol, sendos arneses para dar puñetazos y las navajas por si hacía falta. Los dos montados en el mecánico corcel y con los cascos colocados pusieron rumbo hacia aquellos siniestros y malditos lugares, en busca de la gloria.
Tardaron poco en divisar el poblado chabolista y tal y como le habían indicado sus desgraciados informadores, junto a un Renault 11, o lo que quedaba de él, se hallaban escuchando Camela en un radio casete los tres individuos y el que debía ser hermano de uno de ellos, deficiente mental y con brazos y piernas deformes. Sin dar mucho lugar a confusiones, fueron con la moto hacia ellos, se bajaron dejándola marcha (lo más inteligente) y se quitaron los cascos los dos aguerridos caballeros, mostrando así sus rostros al enemigo. El más chulito y gamba de los gitanillos, que no debía tener más de 15 años, se acercó pidiendo explicaciones de por que se habían presentado allí. Antes de que pudiera darse cuenta, un certero derechazo de El Javi, con la pitón le hizo dar con sus huesos en el suelo, sin sentido, con los dientes rotos, mandíbula fracturada y labios y encía machacados. Para cuando los otros dos quisieron sacar las navajas, El Toño ya le estaba cascando con el bate a uno en la cabeza. No obstante, llegó a sacar desenvainar el arma y El Toño tuvo que utilizar el casco como escudo. Pudo ver como el otro criminal se llevaba las manos a su cabeza sangrante y recibía una somanta de palos infligida por El Javi sobre su villano cuerpo. Así se vieron señor y vasallo reduciendo al segundo, a golpes y mientras uno le atacaba por el costado izquierdo el otro le atizaba con el casco y la mencionada cadena. Entre tanto, el hermano subnormal había salido corriendo, como su tullidez le permitía, hacia el poblado pidiendo auxilio como un cerdo a la vez que se cagaba y meaba. Aquello tuvo como consecuencia la imagen de una horda de gitanos saliendo en defensa de los suyos. Tocaba salir echando hostias en la moto sin darles apenas tiempo más que a colocarse los cascos en el codo izquierdo. Mientras daban la vuelta con el corcel de metal, pudieron ver a lo lejos el brillo de una escopeta y oír varias detonaciones más tarde. Pero la victoria ya era más que palpable y orgullosos salieron hacia su barrio. El Toño rebosaba de alegría. No solo había conseguido el perdón de su señor, sino que había tenido la oportunidad de servir junto a él en tan gloriosa y épica gesta.
Cuando habían dejado a lo lejos las flamencas hordas e invictos llegaban a su feudo, el exceso de velocidad y un bache inesperado les derribó de la moto dándose de cabeza contra el suelo.
El Toño, fatigado y dolorido abrió los ojos mientras una rubia y joven auxiliar de clínica le cambiaba las sabanas. Llevaba varios días en el hospital y tenia el cuerpo hecho polvo. Entre muchas lesiones, una rodilla rota y un traumatismo craneal. Lo primero que hizo al recuperar la consciencia fue preguntar por El Javi. ¿Qué habría sido de él? ¿Estaría bien?. El Javi yacía frío e inerte en una caja de madera. Descanse en paz. Carpe diem.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

FANTÁSTICO... me rio un montón, un cantar de neo-gesta... muy currado, si señor.

Unknown dijo...

Aburrido, falto de buena ortografía (existe corrector en el word si no eres muy hábil) y mucha letra, tanta letra para al final decir ahhhhh. Mas que currado: eterno.

Lalaith dijo...

Vaya manera más tonta de morir... que por otra parte y, tristemente, está a la orden del día.

Me ha gustado mucho este relato. Un saludo!

ALBA dijo...

Me ha gustado mucho, por un lado sentía nostalgía pero por el otro ´´vergüenza´´ de pertenecer al feudo del barrio (no por el barrio, si no por la jerarquía). Para que luego digan que no hace falta educación pra la ciudadanía. Felicidades. Besos.