Amargo como la vida o dulce como la muerte, el café está presente en mis rituales cotidianos. Lo suelo, bueno, siempre lo tomo solo, cargado o aguado, ya que mestizado me corta la digestión después de una buena pitanza y me provoca rezos y maldiciones en el escusado por las mañanas. En oveja negra me convierte tal preferencia en ambientes sociales, costumbristas del café con leche, buena o mala.
Hace años tenia la buena costumbre de levantarme, comer y tertuliar en compañía de infusiones como té o poleo no sin ellos quedar exento de los correspondientes y apropiados reproches por tomar “agua tísica”.
Ahora, por azares del destino y los gustos, mi paladar se deleita con ese oscuro y colombino néctar.
Oh! Que sensación, que inquietud, que angustia, que agobio, que nervios! La cafeína se va calando en los nervios hasta cristalizar y pinchar la moral. Terrible. Pero como bien dijo el fraile en una novela, en la mesura reside la virtud, a lo que yo añado: y en lo contrario la humanidad.
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4 comentarios:
Bendita sea la mesura, y ese arte de las semanas donde lo humano y lo pagano juegan a compartir un café...
Algunas conversaciones no serían lo mismo sin un buen café entre las manos. A mí me gusta no sólo disfrutar su sabor, sino también el calor que emana de la taza y su característico olor. Lo suelo tomar cortado, menos si está recién hecho, entonces lo prefiero solo, sin leche ni azucar.
Me ha encantado este primer post. Saludos de una café-adicta.
Me encanta el café. Y sobre todo su aroma. Bienvenido al mundo del blog. Cotillearé de vez en cuando por aquí. Siempre se aprenden cosas y se puede conectar con gente interesante. Un saludo de Mos.
¿Hace un cafelito?
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